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Los mundos fugitivos [The Fugitive Worlds - es]

Электронная книга - «Los mundos fugitivos [The Fugitive Worlds - es]». Краткое содержание книги:

Al inicio de Los mundos fugitivos, Toller Maraquine II, nieto del protagonista de Los astronautas harapientos y Las astronaves de madera, lamenta el hecho de que la vida en los gemelos Land y Overland es demasiado tediosa y plácida comparada con los acontecimientos excitantes de la época en que vivió su ilustre antepasado. Entonces, mientras volaba en globo entre mundos, hizo su asombroso descubrimiento: un disco de cristal enorme, con miles de millas de extensión, crecía rápidamente, creando una barrera entre ellos. Impulsado por razones personales a investigar el enigmático fenómeno, Toller, sin más armas que su espada y su valor ilimitado, llegó a ser una figura destacada en los sucesos que decidirían el futuro de los planetas y sus civilizaciones.
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—Nuestro amigo el «augurio» parece un auténtico gigante —dijo Steenameert—. Tal vez tengamos dificultades para evitarlo.

Deseando poder contar con los simples instrumentos de navegación de que disponía hasta la más humilde de las aeronaves, Toller mantuvo la mirada fija en el borde oriental del gran círculo, anhelando que descendiese y evidenciase así que la nave avanzaba significativamente.

Estaba empezando a convencerse de que se apreciaba un cambio en el ángulo fatal, cuando la capa resplandeciente fue barrida por unas olas de colores centelleantes. Pasaron a una velocidad pasmosa, cruzando todo el disco en cuestión de segundos, silenciando el corazón de Toller con su mensaje de que estaban ocurriendo acontecimientos cósmicos, recordándole qué insignificantes eran los asuntos de la humanidad cuando se comparaban con la grandeza del universo. El sol, ya oculto por la pared de hielo, se estaba escondiendo progresivamente por detrás de Overland. En cuanto las bandas de color, creadas por la refracción de la luz del sol en la atmósfera de Overland, desaparecieron hacia el infinito, toda la luminosidad del disco comenzó a disminuir. La noche se estaba acercando a la zona de ingravidez.

Aquí, tan cerca del plano de referencia, los términos «noche» y «noche breve» ya no tenían ninguna importancia. Cada ciclo diurno estaba interrumpido por dos períodos de oscuridad de duración aproximadamente similar, y Toller sabía que pasarían cuatro horas antes de que el sol reapareciese. La pausa no podía haber llegado en momento más inoportuno.

—¿Señor?

Steenameert, que parecía una pirámide de ropas en la luz decreciente, no tuvo necesidad de hacer la pregunta completa.

—Sigue, pero reduce el ritmo a uno y seis —ordenó Toller—. Siempre podremos apagar del todo los propulsores si vemos que nos es imposible mantener nuestro rumbo. Y asegúrate de que el globo se mantenga bien hinchado.

Agradecido por la eficacia de Steenameert, Toller permaneció en la baranda observando el disco. La luz del sol aún era reflejada por Land —que ahora estaba justo debajo—, de modo que la pared de hielo seguía visible, y con el cambio de iluminación comenzó a ver rasgos de su estructura interna. Había un trazado de color violeta muy pálido, dispuesto como ríos que se divisaban hasta desaparecer, perdidos en reflejos distantes.

«Son como venas», pensó Toller. «Venas de un gigantesco ojo…»

A medida que Land fue envuelto por la sombra de Overland, el disco se fue oscureciendo hasta quedar casi totalmente negro, pero su borde se definía claramente sobre el fondo cósmico. El resto del cielo estaba ahora radiante, con su acostumbrada profusión de galaxias —unos remolinos resplandecientes cuyas formas iban desde el círculo a la más aplastada elipse—, además de informes franjas de luz, infinidad de estrellas, cometas y meteoros fugaces. Sobre aquel derroche de luminosidad, el disco se veía aún más misterioso que antes; un pozo indeterminado de oscuridad que no tenía derecho a existir en un universo racional.

Otorgando de vez en cuando un ligero movimiento pendular a la nave, Toller podía mirar hacia arriba para comprobar que se dirigía al borde occidental del disco. A medida que fueron transcurriendo las horas, el aire se fue enrareciendo progresivamente y se volvió menos beneficioso para los pulmones, señal de que la nave espacial ya estaba lejos del centro del invisible puente que unía los dos mundos. Aunque el comisionado Kettoran no expresó ninguna queja, su respiración se hizo claramente audible. Había diluido un poco de sal de fuego en agua dentro de una bolsa de pergamino, y se le podía oír cómo inhalaba a intervalos frecuentes.

Cuando al fin volvió la luz del día, anunciada por una claridad del borde occidental del disco, Toller descubrió que podía ver el borde sin necesidad de inclinar la nave. La perspectiva volvió; la geometría era de nuevo un arma útil.

—Estamos a poco más de un kilómetro del borde —anunció, para tranquilizar a Steenameert y Kettoran—. En pocos minutos podremos eludirlo y dirigirnos de nuevo al aire bueno.

—¡Ya era hora! —la cara encapuchada de Kettoran apareció por encima del tabique del compartimento de pasajeros—. ¿Cuánto nos hemos desviado?

—Habremos hecho unos cuarenta y cinco kilómetros de lado respecto al rumbo ideal — Toller miró a Steenameert y éste lo confirmó con la cabeza—, lo que significa que estamos ante un lago, o más bien un mar de hielo de unos noventa kilómetros de diámetro. Me cuesta dar crédito a lo que digo, y eso que lo estoy viendo con mis propios ojos. Nadie va a creernos en Prad.

—Puede que tengamos una confirmación.

—¿Por telescopio?

—Por tu amiga, la condesa Vantara —Kettoran se secó una gota de humedad de la punta de la nariz—. Su nave partió pocos días antes que la nuestra.

—Tiene razón, por supuesto… —Toller se sorprendió al comprender que se había olvidado de Vantara durante varias horas—. El hielo… la barrera… lo que sea, quizás ya estaba cuando ella pasó. Será algo que tendremos que confrontar con detalle.

Tras obtener un retazo inesperado de satisfacción ante la perspectiva de la discusión —una razón indiscutible para buscar a Vantara, dondequiera que estuviese—, Toller volvió a concentrarse en la tarea de conducir la nave fuera del disco. La maniobra en teoría no era difícil. Lo único que tenía que hacer era sobrepasar el borde occidental a poca distancia, llevar a cabo una sencilla inversión e iniciar el descenso por el aire más denso del centro del puente atmosférico.

Conservando a Steenameert a cargo de los mandos, permaneció en la baranda para tener un punto de vista más favorable y dar detalladas instrucciones sobre el manejo. La nave se movía muy despacio al ir acercándose al borde, probablemente a poco más que la velocidad de un hombre andando; pero después de varios minutos, a Toller le pareció que estaban tardando más de lo que esperaba en llegar al límite de la pared de hielo.

Repentinamente suspicaz, dirigió sus prismáticos hacia el borde. El sol estaba cerca del lugar al que apuntó, proyectando millones de agujas de radiación a sus ojos, lo que le dificultaba la visión; sin embargo, finalmente consiguió ver con claridad el límite del hielo. Ahora estaban a unos doscientos metros, y la imagen en los potentes gemelos aún le acercó más.

Toller emitió un gruñido de sorpresa: el borde de la capa de hielo estaba vivo.

En vez de lo que esperaba —agua congelada inerte—, había una especie de efervescencia cristalina. Prismas vítreos, puntas y prolongaciones, tan altos como hombres, brotaban en el borde con una rapidez sobrenatural. Iban ampliando el límite de la capa como humo empujado por el viento, cada uno penetrando en el aire géligo y resplandeciendo a la luz del sol durante un momento antes de ser alcanzado por otros y ser asimilado por la masa vítrea y centelleante.

Toller contempló atónito el fenómeno, extasiado, con su mente inundada por la inesperada e increíble belleza, y pareció pasar un buen rato hasta que le acudió un nuevo pensamiento coherente: el borde de la barrera se estaba desplazando casi a la misma velocidad que la nave…

—¡Aumenta la velocidad! —gritó a Steenameert, con una voz tensa por la crudeza del frío y la naturaleza hostil del aire enrarecido—. ¡De otra forma, no esperes ver tu casa nunca más!

El comisionado Kettoran —que casi parecía un hombre sano durante el paso por la zona de ingravidez— había sufrido un nuevo ataque unos pocos cientos de metros antes de llegar a la superficie de Overland. Estaba de pie en la baranda con Toller, señalando los rasgos conocidos del paisaje de abajo, y de repente tuvo que tumbarse, con los ojos alarmados y asustados, pareciendo una inteligencia atrapada dentro de una máquina que ya no respondía a las órdenes de su dueño. Toller lo había llevado a su nido de edredones, le había secado la espumosa saliva de las comisuras de la boca, y había extraído inmediatamente el luminógrafo de su estuche de cuero.

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