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Los mundos fugitivos [The Fugitive Worlds - es]

Электронная книга - «Los mundos fugitivos [The Fugitive Worlds - es]». Краткое содержание книги:

Al inicio de Los mundos fugitivos, Toller Maraquine II, nieto del protagonista de Los astronautas harapientos y Las astronaves de madera, lamenta el hecho de que la vida en los gemelos Land y Overland es demasiado tediosa y plácida comparada con los acontecimientos excitantes de la época en que vivió su ilustre antepasado. Entonces, mientras volaba en globo entre mundos, hizo su asombroso descubrimiento: un disco de cristal enorme, con miles de millas de extensión, crecía rápidamente, creando una barrera entre ellos. Impulsado por razones personales a investigar el enigmático fenómeno, Toller, sin más armas que su espada y su valor ilimitado, llegó a ser una figura destacada en los sucesos que decidirían el futuro de los planetas y sus civilizaciones.
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—Eso espero —Divivvidiv volvió su atención a asuntos de naturaleza más práctica—. Dime una cosa, ¿se han dado cuenta los hombres primitivos de que tú eres una clase de objeto que es totalmente ajeno a su experiencia previa?

—¿Objeto? ¿Has dicho objeto?

—Ser. Debí haber dicho ser, desde luego. ¿Cómo te perciben ellos?

—Como un fenómeno natural —dijo el Xa—. Una capa de hielo, o de alguna otra materia cristalina.

—Estupendo. Eso reduce la posibilidad de que causen daño, y al mismo tiempo nos facilitará su captura.

Divivvidiv desplazó su pensamiento al cerebro superior para excluir al Xa de sus deliberaciones. Obtener especímenes de los primitivos para el estudio personal del director Zunnunun era en cierto modo una frivolidad, algo bastante ajeno al gran proyecto; y si el Xa se dañaba por esa causa, los castigos serían terribles. Divivvidiv probablemente sería sometido a una modificación personal como castigo por distraerse de sus obligaciones. Después de todo, el proyecto era el más importante llevado a cabo en la historia de su pueblo. El futuro de toda la raza…

—¡Amado Creador! —la llamada del Xa fue una intrusión inesperada—. Tengo que hacer una pregunta.

—¿Cuál? —preguntó Divivvidiv, esperando que el Xa no reanudase su cansino interrogatorio sobre su futuro.

El Xa no hubiera sido capaz de construirse a sí mismo si no hubiera estado provisto de una poderosa inteligencia artificial; pero sus diseñadores —allá en los remotos pisos altos del Palacio de los Números— no habían previsto el desarrollo de una conciencia.

—Dígame, Amado Creador —dijo el Xa—, ¿qué es una Cuerda?

El efecto de la pregunta fue tan fuerte, tan repentino, que Divivvidiv experimentó un momentáneo vahído y un peligroso debilitamiento de su control mental. Durante un vulnerable instante casi dio acceso al Xa a todos los circuitos del cerebro superior, y el esfuerzo que tuvo que hacer para cerrar cientos de vías neurológicas le dejó frío y mareado.

Practicando los rituales del Ojo-del-Huracán para inducir un estado de calma, dijo:

—¿Quién te ha hablado de las cuerdas?

Hubo un breve silencio antes de que el Xa respondiese.

—Tú no, Amado Creador. Nadie. La palabra últimamente ha empezado a existir a mi alrededor. Debe de estar continuamente en la cabeza de millones de seres inteligentes, pero su concepto se me escapa. Lo único que sé es que la palabra está asociada al miedo… un miedo terrible a dejar de existir.

—No es nada que a ti te concierna —dijo Divivvidiv, utilizando todas las técnicas de ayuda mental para dar fuerza a su mentira—. La palabra es poco más que un sonido. Su origen radica en ciertas aberraciones de la mente, en quebrantos de la lógica, como dirías tú: metafísica, religión, superstición…

—Pero ¿por qué empezó a interferir con mi conciencia?

—Por ninguna razón particular. Una marea, una corriente, un flujo. Te preocupas de cosas que no te conciernen. Te ordeno que te tranquilices y te concentres en tu tarea.

—Sí, Amado Creador.

Agradecido por la actitud complaciente del Xa, Divivvidiv cortó la comunicación telepática y se desplazó flotando hasta la esclusa de aire más cercana a su vivienda.

Mientras se ponía el traje que le permitiría sobrevivir en el frío exterior, reflexionó con cierta inquietud sobre la adquisición por parte del Xa del término «cuerda». ¿Significaba simplemente que la capacidad de comunicación directa del Xa se había incrementado? ¿O es que había aumentado la alarma en Dussarra, su planeta? Esto produciría una intensificación del miedo, lo que habría originado ondas telepáticas en las regiones circundantes del espacio…

Divivvidiv entró en la esclusa de aire y realizó el precintado del interior. En cuanto abrió la puerta exterior, el intenso frío hirió su cara y sus ojos, y la respiración se hizo tan dolorosa que jadeó ruidosamente. Las placas metálicas de la estación se extendían ante éclass="underline" lisas y desnudas en algunos sitios, repletas de complejidades técnicas en otros. Las antenas de la unidad de teletransporte —finas y frágiles esculturas curvas— sobresalían en el aire soleado, y el flamear ocasional de fuego verde en sus puntas demostraba que se estaba recibiendo en ese momento una carga de nutrientes para el Xa. Más allá de los angulosos límites de la estación, el cuerpo del Xa —ahora enormemente crecido— formaba un mar de brillo cristalino que se extendía hacia la lejanía en todas las direcciones.

Los ojos de Divivvidiv no podían enfocar hacia el infinito sin ayuda artificial; por tanto, el universo que se encontraba detrás del blanco horizonte se reducía al sol y a uno de los planetas locales, en un fondo bañado y salpicado por manchas de luminosidad. No obstante, era capaz de mirar directamente a la mota de luz azul que era su planeta Dussarra, y en pocos segundos estuvo en contacto con el director Zunnunun.

—¿Qué pasa? —dijo Zunnunun—. ¿Por qué interrumpes mi trabajo?

—Tengo una buena noticia —replicó Divivvidiv—. Fue una casualidad desafortunada y curiosa el que la muestra que le proporcioné de primitivos consistiese únicamente en hembras. Tampoco tuvimos suerte cuando la segunda nave, que contenía machos, avistó al Xa con tiempo suficiente para desviar su nave y evitarlo.

—Dijiste que tenías una buena noticia —Zunnunun tiñó sus palabras con los colores mentales de la irritación y la indignación.

—Sí, Director. La misma nave primitiva está ascendiendo ahora hacia el plano de referencia, y los que van a bordo creen, o más bien esperan, que las hembras perdidas se hayan refugiado en los hábitats que encontré aquí. Esta vez no hay duda de que conseguiré enviárselos, porque como simple consecuencia de un contacto físico previo, el único propósito de los machos al realizar el nuevo ascenso es rescatar a las hembras. Vendrán directamente hacia mí.

—Eso es bastante increíble —dijo Zunnunun—. ¿Estás seguro de lo que dices?

—Absolutamente.

—En efecto, es una buena noticia. No tenía ni idea de que pudieran darse vínculos tan poderosos entre individuos de alguna especie. Estoy ansioso por recibir a los machos primitivos y llevar a cabo los experimentos adecuados.

—Es un placer servirle —dijo Divivvidiv, complacido de haber recuperado la aprobación del Director—. Ya que estamos hablando en privado, ¿puedo comentarle otro asunto?

—Adelante.

—La conciencia del Xa continúa alcanzando nuevos niveles, y acaba de hacerme una pregunta sobre cuerdas.

—¿Comprende algo, acaso?¿Tiene alguna sospecha?

—No —Divivvidiv hizo una pausa, ponderando su respuesta—. Pero percibo matices… ¿Ha sucedido algo nuevo?

—Debo decir que sí —hubo un breve silencio, y cuando el director Zunnunun habló otra vez, sus palabras fueron enturbiadas por extraños colores que indicaban dudas y aprensiones—. Como ya sabes, una poderosa facción de la sociedad ha forzado a los del Palacio de los Números a llevar a cabo una nueva evaluación de la situación local, y los últimos datos han reforzado la opinión de que las cuerdas existen. Parece también bastante probable que hasta unas doce cuerdas pasarán alguna vez cerca de nuestra galaxia, en comparación con las siete originalmente estimadas. Y si eso es verdad, no sólo dejará de existir nuestra propia galaxia, sino que muchas otras de la región cósmica serán aniquiladas.

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