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Los mundos fugitivos [The Fugitive Worlds - es]

Электронная книга - «Los mundos fugitivos [The Fugitive Worlds - es]». Краткое содержание книги:

Al inicio de Los mundos fugitivos, Toller Maraquine II, nieto del protagonista de Los astronautas harapientos y Las astronaves de madera, lamenta el hecho de que la vida en los gemelos Land y Overland es demasiado tediosa y plácida comparada con los acontecimientos excitantes de la época en que vivió su ilustre antepasado. Entonces, mientras volaba en globo entre mundos, hizo su asombroso descubrimiento: un disco de cristal enorme, con miles de millas de extensión, crecía rápidamente, creando una barrera entre ellos. Impulsado por razones personales a investigar el enigmático fenómeno, Toller, sin más armas que su espada y su valor ilimitado, llegó a ser una figura destacada en los sucesos que decidirían el futuro de los planetas y sus civilizaciones.
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—¿Que esta pasando ahí afuera? —la voz quejumbrosa de Tyre Kettoran saliendo del compartimento de pasajeros ayudó a Toller a abandonar su estado de trance.

—¡Eche un vistazo por la borda! —gritó en consideración al comisionado; luego se volvió a Steenameert— ¿Qué crees que es eso? ¿Hielo?

Steenameert asintió lentamente con la cabeza.

—Hielo es la única explicación que se me ocurre, pero…

—Pero… ¿de donde vino el agua? Siempre hay cierta cantidad de agua potable en las estaciones de defensa, pero no más de unos cuantos barriles —Toller se interrumpió al ocurrírsele una nueva idea—. Y ¿dónde están las estaciones, por cierto? Tenemos que intentar localizarlas ¿Habrán sido cubiertas por la…?

Su voz se quebró, al surgir montones de preguntas como ésa en su mente: ¿Qué grosor tenía el hielo? ¿A qué distancia estaba? ¿Qué tamaño tenía la enorme capa circular?

¿Qué espesor tendría?

Esta ultima pregunta de repente reverberó en su conciencia, excluvendo las otras. Hasta ese momento, estaba pasmado por el deslumbrante espectáculo que tenía enfrente, pero sin que le inspirase sensación alguna de peligro. Estaba asombrado, pero no asustado. Ahora, sin embargo, ciertos hechos de la física espacial comenzaron a cobrar importancia. Una importancia inquietante. Una importancia potencialmente letal

Sabía que la atmósfera que envolvía a los planetas hermanos tenía la forma de un reloj de arena, cuya cintura formaba un estrecho puente de aire, lugar por donde tenían que pasar las naves espaciales. Antiguos experimentos habían demostrado que las naves debían de mantenerse cerca del centro de ese puente; de otro modo el aire se volvía tan enrarecido que las tripulaciones podían asfixiarse. Principalmente a causa de la dificultad de hacer mediciones en esa región, había bastante incertidumbre sobre el espesor del centro de aire respirable, pero según las mejores estimaciones no tenía mas de ciento cincuenta kilómetros de diámetro.

El enigmático mar de hielo deslumbrante no presentaba ningún accidente visible debido a su radiación, y en ausencia de referencias espaciales, podía estar suspendido a una distancia de diez kilómetros, o veinte, o cuarenta, o… Toller no lograba encontrar la manera de averiguar la distancia, pero vio que abarcaba un tercio del hemisferio visual, y eso le dio una idea para realizar un cálculo elemental.

Sus labios se movían silenciosamente; contemplaba el disco rutilante mientras operaba con los números adecuados, y un frío que no tenía nada que ver con el inhóspito ambiente penetró en su cuerpo cuando llegó a una conclusión. Si el disco resultaba estar a unos noventa kilómetros, lo cual podía ocurrir fácilmente, entonces, por las inmutables leyes de las matemáticas, sería lo suficientemente grande como para bloquear el puente de aire entre Land y Overland…

—Señor, ¿a qué distancia cree que estamos del hielo? —la voz de Steenameert pareció provenir de otro universo.

—Esa es una excelente pregunta —dijo Toller sombríamente.

Cogiendo los prismáticos de una caja situada junto al puesto de mando, los dirigió hacia el disco; se esforzó por distinguir detalles, pero sólo pudo ver un campo resplandeciente de luz. El sol estaba ahora totalmente oculto, y propagaba su luz más uniformemente sobre el gran círculo, haciendo aún más difícil que antes el cálculo de la distancia. Toller se apartó de la baranda frotándose los ojos —para hacer desaparecer la imagen impresionada de su retina— y examinó el indicador de altura. La aguja estaba casi en la marca de gravedad cero.

—No se puede confiar mucho en esos aparatos, señor —comentó Steenameert, incapaz de evitar demostrar sus conocimientos—. Han sido calibrados en un laboratorio, sin tener en cuenta el efecto que producen las bajas temperaturas en sus muelles, y…

—Ahórrame las explicaciones —le cortó Toller—. Este es un asunto serio. Necesito saber el tamaño de esa… cosa.

—Se puede volar hacia allí y ver cómo se agranda.

Toller negó con la cabeza.

—Tengo una idea mejor. No pienso volver, a menos que todas las posibilidades queden anuladas. Por lo tanto, volaremos hacia el borde del circuito. Su diámetro exacto no es tan importante; lo que realmente nos interesa es saber si podremos evitar el obstáculo o no. ¿Quieres seguir en los controles?

—Será una valiosa experiencia, señor —replicó Steenameert—. ¿Qué ritmo necesita para el quemador?

Toller meditó, frunciendo el entrecejo, frustrado por el hecho de que no se hubiera inventado ningún indicador de velocidad útil para las naves espaciales. Un piloto experimentado podía tener una cierta idea de su velocidad por la laxitud de la cuerda de desgarre cuando la corona del globo se hundía con la resistencia del aire, pero el exceso de variables hacía imposible un cálculo exacto. No hubiera estado fuera de las posibilidades del ingenio de los kolkorroneses el desarrollar tal instrumento, pero nunca se había presentado la motivación. La función de las naves espaciales era ascender y descender de la superficie planetaria a la zona de ingravidez —un viaje que duraba aproximadamente unos cinco días de cada lado—, y la diferencia de unos pocos kilómetros por hora era irrelevante.

—Utiliza dos y seis —dijo Toller—. Consideraremos que estamos yendo a treinta kilómetros por hora y basaremos todas nuestras estimaciones de acuerdo con ello.

—Pero ¿cuál es la naturaleza de esa barrera? —dijo el comisionado Kettoran, por detrás de Toller.

Se había incorporado, aguantándose en el borde del tabique de mimbre con una mano y sosteniendo con la otra un edredón enrollado alrededor de su cuerpo. El primer impulso de Toller fue pedirle que se tumbase otra vez para lograr el completo descanso que le había sido prescrito por el médico de la base; pero luego se le ocurrió que en ausencia de gravedad no tenía importancia la posición que adoptase una persona enferma del corazón. Permitiendo que sus pensamientos se desviasen, se imaginó una nueva aplicación para el patético grupo de estaciones de defensa de la zona de ingravidez. Si se calentaban adecuadamente y se abastecían con aire suficiente, podrían prestar un servicio óptimo como centros de reposo a algunos enfermos. Incluso un lisiado podría…

—Te estoy hablando, joven Maraquine —dijo Kettoran quisquillosamente—. ¿Cuál es tu opinión sobre ese curioso objeto?

—Creo que es hielo.

—Pero… ¿de dónde habrá salido toda esa agua?

Toller se encogió de hombros.

—En el descenso nos encontramos con rocas e incluso fragmentos de metal que provenían de las estrellas… Quizás el vacío también contenga agua.

—Una explicación posible —gruñó Kettoran. Se encogió de hombros teatralmente, y su rostro alargado y solemne, ahora amoratado por el frío, desapareció lentamente cuando volvió a su nido de blandos edredones—. Es un augurio —añadió con voz amortiguada por detrás del tabique—. Reconozco un augurio en cuanto lo veo.

Toller asintió, sonriendo con escepticismo, y volvió a la baranda de la barquilla. Gritando los tiempos de funcionamiento de los distintos propulsores laterales ayudó a Steenameert a guiar la nave en un rumbo que la fue acercando con un ángulo desconocido hacia el borde occidental de la barrera de hielo. El propulsor principal rugía a un ritmo constante de dos-seis y Toller supo que la velocidad de la nave fácilmente podría ser la ya calculada de treinta kilómetros por hora; sin embargo el aspecto de la capa no se alteró apreciablemente con el paso del tiempo.

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