Los mundos fugitivos [The Fugitive Worlds - es]
- Автор: Шоу Боб
- Серия: Los astronautas harapientos #3
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-434-5
- Переводчик: Pilar Alba
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los mundos fugitivos [The Fugitive Worlds - es]». Краткое содержание книги:
—Comprendo.
El frío del ambiente pareció penetrar en la ropa de Divivvidiv con una crudeza implacable cuando rompió el contacto mental.
Es extraño, pensó. ¿Por qué temer más a una fuerza que promete aniquilar a un millón de otras galaxias que a una fuerza que amenace con destruir sólo a ésta, cuando el destino personal será exactamente el mismo en los dos casos?
¿Y por qué tiene que importarme tanto que el plan de mi pueblo vaya a aniquilar un par de pequeños planetas subdesarrollados y escasamente poblados, cuando el propio cosmos está sometido a tan monstruoso destino de destrucción?
Capítulo 9
Durante los últimos setenta y cinco kilómetros del ascenso, Toller y Steenameert habían hecho cabecear la nave a intervalos frecuentes. El propósito había sido el conseguir una visión clara de la pequeña línea de estaciones de madera y de astronaves para poder dirigirse directamente hacia ellas, contrarrestando la desviación lateral. Los artefactos hubieran sido difíciles de encontrar incluso con buenas condiciones de visibilidad; pero con un mar de cristal ocupando el cielo y difundiendo la luz del sol con una blanca y brillante uniformidad, Toller esperaba que su tarea fuera doblemente difícil. Por ello se sorprendió cuando, a una distancia de unos cuarenta y cinco kilómetros, había empezado a discernir una mota de sólida oscuridad en el centro del disco traslúcido.
Cuando la nave se aproximó, los prismáticos revelaron que el objeto —aunque irregular en su contorno general— estaba limitado por líneas rectas y vértices cuadrados. Su silueta parecía el plano de un edificio muy grande al que se le habían añadido numerosas ampliaciones de forma totalmente arbitraria.
Durante un tiempo Toller se negó a aceptar la evidencia —simplemente no había lugar para ello en su esquema de la realidad—, pero finalmente la dolorosa transformación mental se produjo…
—Sea eso lo que fuere —le dijo a Steenameert—, no lo veo crecer por sí mismo, como el cristal de hielo. Tiene que ser algún tipo de estación de la zona media, pero…
—…no construida por nosotros —añadió Steenameert.
—Exactamente. El tamaño… Tal vez estemos ante un palacio espacial…
—O una fortaleza —Steenameert hablaba en voz baja, casi disimuladamente, a pesar de que él y Toller se hallaban solos en la nave, y en la vasta extensión de la zona de ingravidez—. ¿Será que los farlandeses al fin se han decidido por la conquista?
—Están procediendo de una manera muy extraña, si es así —replicó Toller, frunciendo el entrecejo e instintivamente rechazando la idea de una invasión militar del tercer planeta.
Bartan Drumme era uno de los dos hombres aún vivos que habían participado en el épico viaje a Farland hacía muchos años, y Toller le había oído declarar frecuentemente que sus habitantes eran retraídos en sus costumbres, y carecían totalmente del afán colonial. El enigmático mar de cristales vivos y la enorme estación estaban obviamente conectados de algún modo. Además, ¿qué comandante militar, cualquiera fuese la extraña naturaleza de su mente, llevaría a cabo una invasión de esta forma tan absurda?
—No, creo que esto es algo nuevo —siguió Toller—. Sabemos que hay muchos otros planetas girando alrededor de estrellas distantes, y también que en algunos de esos planetas hay civilizaciones mucho más avanzadas que la nuestra. Quizás, querido amigo, esto no es otra cosa que uno de los muchos remotos palacios que pertenecen a algún inimaginable rey. Quizás esas extensiones de hielo son su coto de caza, su parque de ciervos…
Toller se interrumpió, perdido durante un momento en la grandeza histórica de su visión, pero volvió en sí cuando Steenameert formuló una pregunta crucial.
—Señor… ¿seguimos?
—¡Claro! —Toller se bajó la bufanda para descubrir la nariz y la boca, de forma que sus palabras pudieran oírse con toda claridad—. Sigo creyendo que la condesa y su tripulación se han refugiado en una de nuestras estaciones, pero si no las encontramos allí… Bueno, no podemos buscarlas en ninguna otra parte…
—Sí, señor.
Los ojos de Steenameert, atisbando desde la ranura horizontal que quedaba entre la bufanda y el borde de su capucha, no dieron ninguna muestra de que estuviese sucediendo algo fuera de lo normal; sin embargo Toller de repente se quedó impresionado por el increíble significado de sus palabras. Su mano cayó espontáneamente en la empuñadura de la espada cuando se dio cuenta de que todo su ser estaba dominado por el pavor.
Ya en el momento en que se enteró de la desaparición de Vantara había surgido en él un miedo enfermizo de que estuviera muerta. Se había negado a reconocer ese miedo, expulsándolo de su mente con un falso optimismo y ayudado por las obligadas actividades de la expedición de rescate apresuradamente organizada. Pero a la situación se habían añadido nuevos elementos —elementos extraños, monstruosos e inexplicables— y era imposible no ver en ellos un mal augurio.
Las seis estructuras de madera eran conocidas como el Grupo de Defensa Interior, nombre que se había conservado desde los días de la guerra interplanetaria, aunque desde hacía tiempo habían perdido su importancia.
Toller y Steenameert habían localizado el grupo en el lado de Overland de la barrera de hielo, a unos tres kilómetros de la extraña estación. Dando a la nave una amplia curva, Toller se había aproximado a los cilindros de madera muy cautelosamente, poniéndolos entre él y el misterioso contorno angulado. Había elegido esa trayectoria con la débil esperanza de evitar ser detectado por ojos extraños, aunque era una pura suposición que el ingenio metálico albergase seres vivos. Parecía incrustado en la barrera cristalina, y visto a través de los potentes prismáticos tenía el aspecto de una enorme máquina inerte; un artefacto incomprensible que había sido colocado en la zona de ingravidez por sus constructores para llevar a cabo alguna tarea incomprensible.
Y ahora, cuando su nave se encontraba a unos doscientos metros de los cilindros, empezó a crecer en Toller la convicción de que estarían vacíos. Se encontraban arrimados al lado inferior del helado mar, aparentemente sostenidos por cintas de cristal que habían crecido alrededor de ellos. Cuatro de los cilindros eran hábitats y almacenes, y los dos más grandes eran copias funcionales de la astronave que una vez voló a Farland; pero todos tenían algo en común: su falta de vida.
Si Vantara y su tripulación hubieran estado esperando dentro de alguna de las cascaras de madera, seguramente habrían mantenido una guardia, y en este momento estarían haciendo señas a la nave espacial que se aproximaba. Pero no había ningún indicio de actividad. Todas las portillas seguían uniformemente oscuras, y las cubiertas continuaban tal como Toller las había visto la primera vez: reliquias inertes de años pasados.
—¿Vamos a entrar? —dijo Steenameert.
Toller asintió.
—Tenemos que hacerlo, es lo que debemos, pero… —su garganta se cerró dolorosamente obligándole a hacer una pausa durante un momento—. Ya ves que allí no hay nadie.
—Lo siento, señor.
—Gracias… —Toller echó un vistazo al extraño y ajeno edificio que sobresalía del casquete polar más allá de su izquierda—. Si eso hubiera sido un palacio aéreo, como presupuse estúpidamente, o incluso una fortaleza, me podría aferrar a alguna pizca de esperanza de que ellas se hubieran refugiado allí. Incluso hubiera preferido imaginármelas como cautivas de unos invasores procedentes de otra estrella…, pero la cosa no parece más que un bloque de hierro, una máquina. Vantara no puede haber visto ninguna posibilidad de refugio allí.