Los mundos fugitivos [The Fugitive Worlds - es]
- Автор: Шоу Боб
- Серия: Los astronautas harapientos #3
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-434-5
- Переводчик: Pilar Alba
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los mundos fugitivos [The Fugitive Worlds - es]». Краткое содержание книги:
Por segunda vez en menos de una hora el paisaje irregular de Ro-Atabri comenzó a alejarse de Toller, pero esta vez se alejaba hacia abajo. «Apenas puedo creer que esto me esté ocurriendo», pensó soñadoramente, casi estupefacto por el acontecer de las circunstancias. Sólo unos minutos antes estaba torturado por el temor de que nunca volvería a ver a Vantara Dervonai; ahora se dirigía hacia ella, para acudir a una cita que había sido especialmente dispuesta por las fuerzas del destino.
«Pronto la veré de nuevo», se dijo. «Por una vez, las cosas están saliendo a mi favor».
Toller no había tomado nada durante un día y sólo había bebido unos sorbos de agua, lo suficiente para reemplazar la humedad del cuerpo perdida al exhalar en el aire seco de la zona media. El aseo de la nave era necesariamente primitivo y desagradable de usar en el mejor de los casos; pero en condiciones de ingravidez las incomodidades —incluida la humillación— eran tan grandes, que la mayoría de la gente prefería interrumpir sus funciones naturales tan completamente como les fuera posible durante un día a cada lado del punto de rotación. Pero el comisionado Kettoran había comenzado el viaje terriblemente debilitado, y ahora —para preocupación de Toller— parecía estar consumiendo los últimos vestigios de sus fuerzas meramente para permanecer vivo.
—Puedes llevarte esa porquería —dijo Kettoran, con un susurro de malhumor—. Me niego a ser amamantado como un bebé en las últimas horas de mi vida.
Toller palpó tristemente la bolsa cónica de sopa tibia que le había ofrecido.
—Esto le sentará bien.
—Te comportas como mi madre.
—¿Es ésa una razón valedera para no tomar ningún alimento?
—No te hagas el listo, Toller Maraquine —el aliento de Kettoran salía en nubes blancas desde un hueco del montón de edredones bajo el que se abrigaba.
—Sólo estaba tratando de…
—Mi madre hacía una comida muchísimo mejor que la de cualquiera de nuestros cocineros —musitó Kettoran, sin prestar atención a Toller—. Teníamos una casa en el lado oeste de Monteverde (no lejos de donde vivía tu abuelo, por cierto), y aún recuerdo cuando yo subía a la colina, entrando en nuestro terreno: sabía inmediatamente, sólo por el olor, si mi madre había decidido preparar ella misma la cena. Volví allí pocos días después de que aterrizamos en Ro-Atabri, pero toda el área se ha quemado hace tiempo… durante los disturbios… arrasada… apenas quedaba un edificio en pie. Ir allí fue un error; debí haber conservado mis recuerdos.
Con la mención de su homónimo, el interés de Toller se despertó.
—¿Vio alguna vez a mi abuelo en esa época?
—Alguna vez. Hubiera sido difícil no ver a todo un personaje como él… pero veía más a menudo a su hermano, Lain… en sus recorridos de ida y vuelta entre su casa y la residencia oficial de Gran Glo en la Torre de Monteverde.
—¿Qué hizo mi abue…?
Toller se interrumpió al dispararse una alarma silenciosa en su mente, como si se hubiera producido en el ambiente un cambio sutil pero repentino. Se puso de pie, cogiéndose a una cuerda transversal para evitar salir volando de la plataforma, y miró a su alrededor. Steena-meert, embozado en su traje espacial, estaba atado con correas al asiento de los mandos; alimentaba el propulsor principal al ritmo constante necesario para mantener el ascenso de la nave, y parecía completamente impasible. Todo tenía una apariencia absolutamente normal en el microcosmos cuadrado de la barquilla; y más allá de sus límites, las conocidas configuraciones de estrellas y remolinos luminosos brillaban con luz constante en el cielo azul oscuro.
—¿Ocurre algo, señor? —el arrebujado bulto anónimo de Steenameert se movió un poco.
Toller tuvo que examinar su entorno antes de poder identificar la causa de su inquietud.
—¡La luz! Ha habido un cambio en la luz… ¿No lo has notado?
—Debí tener los ojos cerrados. Pero no lo…
—Ha disminuido la luminosidad… de eso estoy seguro, y sin embargo aún falta más de una hora para el anochecer.
Confundido y preocupado, deseando poder ver directamente el sol, Toller se acercó al puesto de mando y miró a través del orificio del globo. El lienzo barnizado de la envoltura estaba teñido de marrón oscuro para absorber el calor del sol, pero era hasta cierto punto traslúcido y pudo ver el dibujo geométrico de las costuras de las bandas y las cintas de carga saliendo radialmente de la corona, destacando la inmensidad de la frágil bóveda. Era algo que había visto muchas veces, y en esta ocasión tenía exactamente el mismo aspecto de siempre. Steenameert también miró dentro del globo, luego bajó la vista sin ningún comentario.
—Te digo que algo ha ocurrido —dijo Toller, tratando de eliminar de su voz cualquier indicio de duda—. Algo ha ocurrido. Ha habido un cambio en la luz… una sombra… algo.
—Según el indicador de altura, estamos cerca del plano de referencia —dijo Steenameert, obviamente esforzándose por ser útil—. A lo mejor hemos ido a parar directamente debajo de las estaciones permanentes y estamos dentro de su sombra.
—Eso es prácticamente imposible; siempre hay una cierta deriva… —Toller arrugó el entrecejo durante un momento, l egando a una decisión—. Haz rotar la nave.
—No… no creo estar preparado para realizar una inversión.
—No quiero que des la vuelta ya… sólo que gires un cuarto, para que pueda ver lo que hay sobre nosotros.
Dándose cuenta de que aún tenía la bolsa de comida en la mano, la lanzó hacia el compartimento de pasajeros; ésta tomó una curva descendente, pero chocó contra una cuerda de seguridad, giró alrededor de ella y salió volando por encima del costado de la barquilla. Luego se alejó dando tumbos.
Toller se agarró a la baranda, se estiró hacia arriba y esperó con impaciencia mientras Steenameert accionaba uno de los pequeños propulsores laterales del lado opuesto de la barquilla. Al principio el propulsor no pareció tener efecto alguno, excepto que los delgados montantes de aceleración a cada lado de Toller emitían débiles crujidos; luego, después de lo que pareció una espera interminable, todo el universo comenzó un laborioso desplazamiento hacia abajo. El disco espiralado de Land quedó fuera de la visión bajo los pies de Toller, y arriba, descubriéndose solapadamente por el globo de la nave, apareció un espectáculo incomparable a nada que hubiera visto antes:
La mitad del cielo estaba ocupada por una enorme capa circular de fuego blanco.
El sol se escondía detrás del borde oriental, y en ese punto el resplandor era insoportable, un foco de luz cegadora que radiaba millones de agujas centelleantes por todo el resto del círculo.
Se produjo una ligera disminución de la intensidad de la luz en el círculo, pero incluso en el lado más alejado del sol era suficiente para herir la vista. Para Toller el efecto fue parecido a mirar hacia arriba desde las profundidades de un lago helado iluminado por el sol. Esperaba encontrar Overland llenando una gran zona del cielo, pero se había encontrado que el planeta estaba escondido detrás de la hermosa capa de luz de color blanco diamante, inexplicable e imposible, a través de la cual los colores del arco iris corrían y danzaban en zigzagueantes líneas entrecortadas.
Mientras permanecía de pie en la baranda, transfigurado, se dio cuenta de que el increíble espectáculo se estaba desplazando hacia abajo a una velocidad constante.
Se dió vuelta y vió que Steenameert miraba detras de él con la boca abierta, con los ojos convertidos en discos blancos reflectantes, visiones en miniatura del fenómeno que le había hipnotizado.
—¡Te dije un cuarto de vuelta! —grito Toller—. Vigila la rotación.
—Lo siento, señor.
Steenameert se puso a actuar en seguida y el propulsor lateral instalado debajo de la barquilla en el lado de Toller comenzó a arrojar gas mezcla; de el salieron unos anillos de condensación que se dispersaron a través del gélido aire. El fluído del propulsor era débil, rápidamente absorbido por el vacio circundante, pero poco a poco logró el efecto pretendido y la nave espacial quedó en reposo, con su eje vertical paralelo al mar de fuego blanco.