Los mundos fugitivos [The Fugitive Worlds - es]
- Автор: Шоу Боб
- Серия: Los astronautas harapientos #3
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-434-5
- Переводчик: Pilar Alba
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los mundos fugitivos [The Fugitive Worlds - es]». Краткое содержание книги:
Cuando se dirigía a la plataforma inferior se dio cuenta de que Baten Steenameert, recientemente ascendido a sargento del aire, le observaba. El rostro rosado del muchacho permanecía cuidadosamente impasible, pero Toller sabía que su reciente malhumor había producido su efecto en el joven, quien había desarrollado una intensa lealtad hacia él desde que habían partido de Overland. Toller lo detuvo alzando una mano.
—No es necesario que te preocupes —dijo—. No tengo ninguna intención de arrojarme por la borda.
Steenameert lo miró asombrado.
—¿Señor?
—No te hagas el ingenuo conmigo, jovencito —Toller era sólo dos años mayor que el sargento, pero le hablaba en el mismo tono paternal que Tyre Kettoran usaba a menudo con él, tratando conscientemente de adoptar la estabilidad y estoicismo del comisionado—. Me he convertido en el blanco de las burlas de la base, ¿verdad? Ha corrido la voz de que estoy tan encandilado con cierta dama que apenas distingo la noche del día.
El rubor de las mejillas de Steenameert se acentuó más y bajó la voz para no ser oído por Correvalte, que se hallaba cerca, junto a los mandos de la nave.
—Señor, si alguien se atreviese a hablar mal de usted en mi presencia, le…
—No será preciso que pelees por mí —dijo Toller con firmeza, dirigiéndose tanto a su propia personalidad rebelde como al otro.
Entonces vio que la atención de Steenameert había sido atraída por alguna otra cosa en otro lugar. El sargento habló en seguida, antes de que Toller pudiera articular una pregunta.
—Señor, creo que estamos recibiendo un mensaje.
Toller miró por la popa en dirección a Ro-Atabri y vio un punto de intensa brillantez que parpadeaba en medio de las complejas bandas estratificadas de la ciudad. Inmediatamente comenzó a descifrar el código del luminógrafo y sintió una agitación especial, una mezcla de excitación y angustia, al darse cuenta de que el mensaje emitido le concernía a él.
Cuando Toller volvió a la base, el globo de la nave espacial ya estaba totalmente hinchado y los cables de anclaje tensados, a punto para partir hacia Overland. Bajo el soplo leve del viento, se inclinaba un poco dentro de las paredes de madera del alto recinto, como una enorme criatura sensible que empezara a impacientarse por su forzada inactividad. Un claro signo de la urgencia de la situación era que el comodoro espacial Sholdde esperaba a Toller junto al recinto en vez de estar en su oficina.
Cuando Toller, flanqueado por Correvalte y Steenameert, se aproximó a él a paso rápido y le saludó, hizo un gesto displicente con la cabeza, obviamente de mal humor. Se pasó los dedos por su corto cabello grisáceo y miró ceñudamente a Toller.
—Capitán Maraquine —dijo—, éste es un endemoniado contratiempo. Ya he sido privado de uno de mis capitanes del aire, y ahora tendré que buscar otro.
—El teniente Correvalte está perfectamente capacitado para asumir mi puesto en el vuelo alrededor del planeta, señor —replicó Toller—. No tengo duda en recomendarlo para un inmediato ascenso de rango.
—¿Ah, sí?
Sholdde dirigió una mirada crítica y dura a Correvalte, y la expresión de gratitud que había aparecido en el rostro del teniente desapareció en seguida.
—Señor —dijo Toller—, ¿está muy enfermo el comisionado Kettoran?
—A mí me parece que está ya casi muerto —dijo Sholdde, con indiferencia—. ¿Por qué te pidió especialmente a ti para que le acompañases en el viaje de vuelta?
—No lo sé, señor.
—Yo tampoco lo entiendo. Me parece una extraña elección. No te has distinguido especialmente en esta misión, Maraquine. Estuve todo el tiempo esperando que tropezaras con ese anticuado pedazo de hierro que siempre insistes en llevar.
Toller, de modo inconsciente, tocó la empuñadura de su espada y sintió que el rostro le quemaba. El comodoro lo estaba sometiendo a una humillación innecesaria, tratándole despectivamente en presencia de oficiales inferiores. Lo único que podía hacer para mostrar su protesta era insinuar que consideraba los comentarios de Sholdde como una pérdida de valioso tiempo.
—Señor, si el comisionado está tan mal como dice…
—Bien, bien, vete ya —Sholdde echó un vistazo a Steenameert—. ¿Se ha convertido este hombre en un sirviente de la familia Maraquine, en parte de su séquito personal?
—Señor, el cabo Steenameert es un tripulante espacial de primera categoría, y sus servicios serán inestimables para mí en…
—¡Llévatelo!
Sholdde se dio la vuelta y se alejó a grandes zancadas sin ningún tipo de saludo, una acción que sólo podía interpretarse como otro insulto directo.
«De modo que es eso», pensó Toller, alertado por la referencia del comodoro a la familia Maraquine. «Mi abuelo fue el guerrero más famoso de la historia de Kolkorron; mi padre es uno de los hombres vivos más brillantes y poderosos; y hasta los tipos como Sholdde me ofenden por ello. ¿Es porque creen que he usado secretamente la influencia de mi familia? ¿O porque, al no hacer uso de ella, he proclamado una forma especial de egoísmo? ¿O será que les avergüenzo o molesto al negarme a aprovechar oportunidades por las que ellos darían…?»
Un rugido prolongado del quemador de la nave espacial, que resonó en la enorme cavidad del globo, interrumpió las meditaciones de Toller. Dio una palmada a Correvalte en el hombro como despedida, corrió con Steenameert hacia la barquilla y se montó por el costado. El sargento de tierra que estaba en los mandos del quemador, manteniendo la nave preparada, saludó y señaló hacia el compartimento de pasajeros.
Toller fue hasta el tabique de caña de media altura y miró por encima. El comisionado Kettoran estaba tumbado sobre un jergón, y cubierto con un edredón a pesar del calor. Su rostro alargado parecía exageradamente pálido, con las arrugas de la edad y el cansancio grabadas en él; pero sus ojos aún estaban alerta. Parpadeó al ver a Toller y movió su delgada mano en un intento de saludo.
—¿Viaja solo, señor? —dijo Toller, con preocupación—. ¿Ningún médico?
Una expresión de desprecio animó brevemente la expresión de Kettoran.
—Esos matasanos no me pondrán nunca las manos encima.
—Pero si está enfermo…
—El médico que pueda curar mi enfermedad todavía no ha nacido —dijo Kettoran, casi con satisfacción—. Mi único mal es la carencia de tiempo. Por cierto, joven Maraquine, tenía la impresión de que estabas ansioso por volver a toda prisa a Overland…
Toller musitó una disculpa y se volvió hacia el sargento, quien inmediatamente abandonó los controles del quemador y se encaramó sobre el lateral de la barquilla. Deteniéndose un momento en la repisa exterior, explicó a Steenameert dónde estaban todas las provisiones necesarias, incluido los trajes espaciales. En cuanto salió, Toller alimentó la flexible bóveda del globo con una carga completa de aire caliente y tiró del cable del ancla.
La nave espacial se elevó, favorecida su aceleración por la fuerza ascensional creada por la corriente de aire que fluía sobre la envoltura en la superficie curvada superior. Consciente de que esa fuerza adicional desaparecería en cuanto entrasen totalmente en la corriente del oeste y comenzasen a moverse con ella, Toller mantuvo en funcionamiento el quemador. La nave espacial, a pesar de estar muy por debajo de su peso máximo operacional, se bamboleaba en un movimiento lento y mareante al adaptarse al cambiante ambiente aéreo, lo que provocó que Steenameert se agarrase teatralmente el estómago. Del comisionado Kettoran, escondido tras su tabique de mimbre, les llegó un quejido de dolor.