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Los mundos fugitivos [The Fugitive Worlds - es]

Электронная книга - «Los mundos fugitivos [The Fugitive Worlds - es]». Краткое содержание книги:

Al inicio de Los mundos fugitivos, Toller Maraquine II, nieto del protagonista de Los astronautas harapientos y Las astronaves de madera, lamenta el hecho de que la vida en los gemelos Land y Overland es demasiado tediosa y plácida comparada con los acontecimientos excitantes de la época en que vivió su ilustre antepasado. Entonces, mientras volaba en globo entre mundos, hizo su asombroso descubrimiento: un disco de cristal enorme, con miles de millas de extensión, crecía rápidamente, creando una barrera entre ellos. Impulsado por razones personales a investigar el enigmático fenómeno, Toller, sin más armas que su espada y su valor ilimitado, llegó a ser una figura destacada en los sucesos que decidirían el futuro de los planetas y sus civilizaciones.
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Había momentos en que Toller creía que ésa era la verdad, y otros en los que se sumía en nuevas profundidades de desánimo, odiando a la condesa con una pasión que le ponía en tensión los dedos y le robaba el habla a media frase. En otros momentos veía claramente que ella se había esforzado por romper las barreras que existían entre los dos, que le consideraba una persona valiosa y que estaría esperándole cuando volviera a poner un pie en Overland. En esos periodos de optimismo Toller se sentía incluso peor, porque ella —la mujer más magnífica y deseable que había existido— y su amor estaban literalmente en mundos separados, y era incapaz de imaginar cómo podría soportar los años venideros sin verla.

Solía levantar la vista hacia el gran disco de Overland, con su vastedad convexa cruzada una y otra vez por trazos de nubes, deseando que existiese algún medio de comunicación instantánea entre los planetas hermanos. Se había fantaseado mucho sobre que un día se fabricarían enormes luminógrafos, con espejos inclinados tan grandes como tejados, que serían capaces de enviar mensajes entre Land y Overland. Si tal artilugio hubiera existido, Toller lo habría usado, no tanto para hablar con Vantara — cruzar el abismo de un modo tan insatisfactorio aún le haría más insoportables sus anhelos— sino para ponerse en contacto con su padre.

Cassyll Maraquine tenía poder e influencia para conseguir que exonerasen a Toller de su misión en Land. En el pasado, antes de haber sido afectado por la locura del amor, Toller habría despreciado el uso de ese privilegio; pero en su presente estado habría aceptado el favor con una desvergonzada avidez. Y ahora, para empeorar las cosas, estaba a punto de partir en un viaje que le llevaría a través del Land de los Largos Días, ese lado remoto del planeta donde ni siquiera tendría el consuelo de poder ver Overland, y en los ojos de su mente contemplar a Vantara desenvolviéndose en su tan especial vida…

—Esto no puede ser, joven Maraquine —dijo el comisionado Kettoran, que se había aproximado a Toller sin ser advertido, pasando entre montones de tablas y otros pertrechos—. En vez de estar suspirando aquí como una jovencita, deberías supervisar la operación de carga y contrapeso de tu nave.

Llevaba la ropa gris de su rango, pero sin los emblemas oficiales de brakka y esmalte. Otro hombre de su categoría podría haberse recluido en su impresionante aposento u optado por salir sólo con una escolta, pero a Kettoran le gustaba pasearse discretamente por las distintas secciones de la base.

—Está haciéndolo el teniente Correvalte —replicó Toller con indiferencia—. Y muy probablemente mejor de lo que yo lo haría.

Kettoran se bajó el ala de su sombrero sobre los ojos formando un prisma de sombra, desde donde contempló a Toller con preocupación.

—Escúchame, chico: sé que no es asunto mío, pero este amartelamiento de la condesa Vantara no va a ser bueno para tu carrera.

—Gracias por el consejo —Toller se sintió ofendido por las palabras del anciano, pero sentía demasiado respeto por Kettoran para demostrar su enojo de otro modo que con una suave ironía—. Tendré en mente su recomendación.

Kettoran le dedicó una breve y triste sonrisa.

—Créeme, hijo; antes de que te des cuenta, estos días que te parecen tan interminables y llenos de dolor no serán más que lejanos recuerdos. Y no sólo eso; te parecerán alegres en comparación con lo que queda por venir. Es una tontería que no aproveches el tiempo ahora.

Algo en la voz de Kettoran afectó a Toller, apartando sus pensamientos de sus circunstancias personales.

—Parece difícil de creer —dijo, utilizando la amistad que se había ganado en la travesía interplanetaria—. No esperaba nunca oír hablar a Tyre Kettoran como un anciano…

—Y yo nunca esperé ser un anciano; ése era un destino reservado exclusivamente a los otros. Medita sobre lo que te digo, muchacho, y no seas tonto.

El comisionado Kettoran apretó el hombro de Toller con su delgada mano y se alejó caminando hacia el ala este del Gran Palacio. Su paso parecía algo falto de su habitual dinamismo. Toller lo contempló durante un momento, frunciendo el entrecejo.

—Señor —le llamó, impulsado por una repentina inquietud—, ¿se encuentra usted bien?

Aparentemente sin oírlo, Kettoran continuó su camino y pronto se perdió de vista. Toller, ahora angustiado por premoniciones sobre la salud del comisionado, se sintió en cierto modo obligado a tomarse más en serio la recomendación que le acababa de dar. Comenzó haciendo esfuerzos conscientes para seguir lo que sin duda era un buen consejo filosófico —después de todo, era joven y sano y tenía toda una vida ante él—, pero cada vez que se ordenaba sentirse animado, el único resultado era un resurgimiento obstinado de su desgracia. Algo en su interior se oponía a razonar.

Volvió a su nave y entró a bordo para supervisar los preparativos previos a la salida con un sombrío desinterés, que sabía que indudablemente comunicaría a su tripulación. El teniente Correvalte respondió volviéndose incluso más rígido y correcto en sus maneras. El viaje debería durar unos sesenta días —suponiendo que no ocurriese ningún percance—, y la barquilla era un espacio muy pequeño para tener encerrados a ocho hombres durante tanto tiempo. La tensión psicológica sería considerable incluso bajo condiciones ideales, y con un comandante que demostrase desde el comienzo no tener estómago para esa misión podría haber problemas con la moral y la disciplina.

Finalmente se concluyeron todas las formalidades, y la señal de partida se produjo cuando una trompeta sonó en la nave guía. Las cuatro aeronaves despegaron al unísono, y sus propulsores emitieron sordas oleadas de ruido que se propagaron a través de los parques que rodeaban los Cinco Palacios y en el entorno soleado de Ro-Atabri. Toller permaneció de pie en la baranda, con la mano en la empuñadura de su espada, dejando el control de la nave a Correvalte y contemplando la irregular extensión de la vieja ciudad. El sol estaba alto en el cielo, acercándose a Overland, y la barquilla permanecía totalmente dentro de la sombra de su elíptica cámara de gas, confiriendo al escenario de más allá un aspecto excepcionalmente brillante y precisamente definido. Los estilos arquitectónicos tradicionales kolkorroneses usaban ampliamente los ladrillos amarillos y naranjas dispuestos en complejas configuraciones romboidales, con revestimientos de arenisca roja en las esquinas y cantos, y desde la baja altitud la ciudad era un mosaico brillante que rielaba confusamente a los ojos de los observadores. Los árboles, en sus diferentes etapas de desarrollo, formaban islas de una gama de colores que iba desde el verde pálido al cobre y marrón.

Las naves dieron un rodeo parcial a la base y tomaron rumbo al noroeste, buscando los vientos alisios que les ayudarían a conservar los cristales de energía durante el viaje. Las exploraciones locales habían indicado que no habría escasez de árboles de brakka maduros a lo largo de la ruta; pero extraer los cristales verdes y púrpuras de su cámara de combustión sería un trabajo que consumiría mucho tiempo, y se pretendía que la pequeña flota realizase la circunnavegación usando sólo las provisiones de a bordo.

Toller dejó escapar un suspiro involuntario cuando Ro-Atabri comenzó a deslizarse en la distancia detrás de su nave, con sus distintos rasgos aplastándose en franjas horizontales. El viaje, con todo su prometido aburrimiento y privaciones, había empezado en serio, y ya era hora de que se enfrentase a los hechos.

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