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El hijo del hombre [Son of Man - es]

Электронная книга - «El hijo del hombre [Son of Man - es]». Краткое содержание книги:

Clay, el protagonista, despierta en un futuro muy lejano donde los descendientes del hombre adoptan formas de vida muy diversas y alucinantes. En su entrada a ese tiempo es acogido por Hammer, una criatura que tanto puede adoptar formas sexuadas como asexuadas, y también macho y hembra, y en cuya compañía vive asombrosas experiencias de percepción y explora todas las posibilidades de la sexualidad.
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El Esperador le muestra una serie de cambiantes formas: Clay bebé, Clay pubescente, Clay adulto, Clay dormido, Clay despierto, Clay vigilante, Clay atontado, Clay desnudo, Clay vestido, Clay alterado por el riachuelo limpiador, Clay como Respirador en el estanque de Quoi, Clay hembra, Clay disuelto por el río viviente, Clay amontonado en el delta.

—¿Qué forma es la tuya? —pregunta el Esperador.

—Todas —dice Clay.

—Éstas y otras —responde el Esperador—. ¿Por qué limitarte? Acepta las experiencias tal como vienen. ¿Qué te gustaría ser?

—Elige tú por mí —dice Clay, y de este modo se convierte en un Esperador.

12

Clay establece su residencia en el húmedo y frío barro. No puede moverse; el concepto de tener la facultad del movimiento le es desconocido. Es feliz permaneciendo incrustado, absorbiendo los alimentos que precisa por sus fibrosas raíces y observando los espléndidos y ondulantes tonos del río que fluye junto a su morada. Su compañero Esperador no vive muy lejos. Clay percibe constantemente los pensamientos del otro: mucha fuerza, profunda calma, apasionado intelecto y, saturando el conjunto, cierta melancolía propia de una roca en el fondo, tristeza por el carácter de cosa que tienen las cosas.

Clay no sabe la edad del Esperador, y comprende rápidamente que sería una tontería preguntarle, porque el tiempo interesa al Esperador únicamente por su negación.

—Estudiaremos las virtudes de la antitemporalidad —le dice el Esperador.

Clay tampoco se atreve a preguntar en qué punto de la historia humana se creyó deseable adoptar esta forma, y por qué motivo. Clay acepta todo de modo pasivo. Ha aprendido a esperar infinita variedad. Pasividad es lo que hace la pasividad.

—¿Cuál es tu meta?-pregunta el Esperador.

—Esperar —dice el Esperador.

—¿Hay muchos de tu especie?

—Muchos.

—¿Estás en contacto con ellos?

—Raramente.

—¿Sientes soledad aquí?

—Siento libertad.

Clay ha agotado las preguntas. Examina el río. Sus ojos son como antenas que atraen imágenes de todas partes. Ve las montañas, el mar, las nubes, las persistentes y aterciopeladas nieblas. El sol sale y se pone, sale y se pone, pero él no integra estos cambios en la idea de que el tiempo pasa. Son meros fenómenos de iluminación. El tiempo no pasa. El no-minuto fluye en el no-minuto y los no-minutos forman antihoras, que se amontonan en antidías, contrasemanas y no-meses, y éstos en la antítesis de los años y la conversa de los siglos. Estos intervalos de antitiempo se interrumpen, de vez en cuando, con algún perezoso pensamiento que se abre paso con lentos y viscosos goteos hasta las profundidades de la conciencia. Clay no está irritado por el nuevo ritmo de las cosas. Le parece muy elegante, perfecto y encantador que funcionen de esta forma, puesto que así él tiene la oportunidad de examinar todas las facetas de una noción, volviéndola de este u otro lado, acariciándola, tocándola, mordiéndola, tanteándola. Con frecuencia pasa todo un lapso negativo de antieones entre dos intercambios de pensamientos con el Esperador que se halla junto a él. No es preciso hablar mucho. Lo único preciso es pensar, y considerar, y captar, y comprender. Clay se deshace de buena parte del innecesario equipaje de su mente. Desecha la falacia del movimiento hacia delante, el absurdo de la porfía, la inanidad de la agresividad, la idiotez de la codicia, el error del progreso, el erróneo concepto de velocidad, la aberración del orgullo, la alucinación de la curiosidad, la ilusión de la realización, el espejismo de la consecución y otras muchas cosas que ha llevado encima tanto tiempo. Firmemente plantado, ampliamente nutrido, totalmente contento con su estado, Clay conoce a fondo de forma pasiva los sorprendentes universos de pensamiento.

Entre sus nuevas percepciones hay conceptos tales como estos:

Todos los momentos convergen en el ahora.

El estasis contiene y rodea al dinamismo.

Es erróneo imaginar que existe una secuencia lineal de hechos.

Los hechos en sí son meros racimos de energía casual sobre los que imponemos nuestro erróneo sentido de la forma.

Combatir la entropía es arrancarse los ojos.

Todos los ríos vuelven a su origen.

La única doctrina más espuria que el determinismo es la doctrina del libre albedrío.

La memoria es el reflejo de la falsedad.

Construir objetos físicos con datos sensoriales dados es un pasatiempo placentero, pero tales objetos carecen de contenido verificable, y en consecuencia son irreales.

Debemos comprender, a priori, que todas las nociones a priori sobre la naturaleza del universo son inherentemente falsas.

No existen condiciones necesarias ni relaciones causales; en consecuencia, la lógica es tiranía.

Una vez alcanzada la íntima comprensión de estas premisas, el desasosiego abandona a Clay. Está en paz. Nunca había sido tan feliz como ahora, en forma de Esperador, porque comprende que alegría y pena son meros aspectos del mismo engaño, no más tangibles ni significativos que electrones, neutrones o mesones. Puede prescindir de todas las sensaciones y vivir en un ambiente de pura abstracción: ¡abajo con texturas, colores, tonos, gustos y distinciones de forma! Clay no repudia únicamente los mensajes de los sentidos; niega totalmente su realidad. En esta nueva atmósfera de tranquilidad reconoce prontamente que debe considerar a los Esperadores como el aspecto más elevado de vida humana que ha evolucionado, puesto que dominan completamente su medio ambiente. El hecho de que la raza humana continuara cambiando tras la aparición de los Esperadores es una paradoja trivial, basada en la equivocada comprensión de la casualidad de los hechos, y Clay pierde poco tiempo analizándola. Estos Deslizadores, estos Respiradores, estos Devoradores, todas estas formas recientes son penosamente inconscientes de su inconexión con la antiestructura del no-universo.

Clay jamás abandonará este lugar.

Sin embargo, curiosas tensiones se desarrollan en su complacencia. Su compañero Esperador, por ejemplo, suele irradiar sordos tañidos de duda que discrepan raramente con la comprensión filosófica de un Esperador. A veces el río crece y arroja nubes de chispeantes partículas sobre el lugar donde Clay está fijo al suelo; estas inundaciones bloquean momentáneamente sus percepciones sensoriales y le dejan indebidamente preocupado por la importancia de percibir. Aunque trasciende estas dificultades, Clay está perturbado por la fundamental incertidumbre de finalidad que no sólo pugna con su conciencia de la inexistencia de finalidad sino también con su conciencia de la inexistencia de pugna. Clay salva este opaco punto sin reflexión, sin tratar de resolverlo. El tiempo pasa eternamente, esparciéndose en una serie de grisáceas conchas, concéntricas y autodevoradoras. Clay no sabe ya si vive en la tarde o en la mañana del mundo. No vuelve al esquema lineal de hechos hasta que un día una disposición de texturas y densidades se presenta en la isla donde Clay se ha establecido y logra penetrar en su aislamiento.

Clay percibe blandura dentro de dureza. Percibe un óvalo en el interior de un rectángulo. Percibe sonido dentro de silencio.

—Tus amigos te buscan —oye decir a una encrespada voz—. ¿Volverás con ellos?

Clay tolera que el abstracto racimo de fenómenos coincidentes asuma la ilusión de realidad. Ahora percibe a su resucitado compañero, el esferoide. Observa a la rosada y gelatinosa criatura que intersecta los relucientes barrotes metálicos de su jaula.

—No es cierto que yo pueda entender tu lenguaje —dice Clay.

—Ninguna barrera es eterna —dice el esferoide—. Ahora estoy sintonizado con el lenguaje de la época.

—¿Por qué estás aquí?

—Quiero ayudarte. Tengo una deuda de gratitud, porque tú fuiste quien me devolvió la vida.

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