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La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]

Электронная книга - «La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]». Краткое содержание книги:

Severian, desterrado por el “pecado” de misericordia, ha llegado a Thrax, la Ciudad de los Cuartos sin Ventanas, y se prepara para desempeñar el papel, a menudo desagradable, de funcionario del gobierno. Los acontecimientos perturbadores se precipitan. Dorcas deja a Severian y vuelve al Lago de los Pájaros. Severian es perseguido por una bestia mortífera. Ha empezado a cuestionarse su oficio de torturador y al fin deja libre a una mujer y escapa de la ciudad. Ya en las montañas sobrevive a otro encuentro con Agia, que pretende vengar la muerte de su hermano, y sigue huyendo en compañía de un niño, huérfano a causa de un alzabo. Más tarde, en una ciudad desierta, la Garra revive a un hombre que había sido enemigo del Conciliador. El niño muere, pero Severian mata al hombre, reparando de este modo una antigua deuda de venganza. Severian se une entonces a las gentes de las islas flotantes, y los ayuda a atacar el castillo donde volverá a encontrarse con Calveros y el doctor Talos.
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Quizá por la obligación de esforzarme tanto en no ver el precipicio del lado opuesto, fui muy consciente de la enorme, seccionada porción de la corteza del mundo por donde me arrastraba. En tiempos antiguos —eso leí en uno de los textos que me indicó el maestro Palaemon— el corazón mismo de Urth estuvo vivo, y los variables movimientos de ese centro animado hicieron surgir llanuras como fuentes, y a veces, en una noche, abrieron mares entre islas que al ponerse el sol habían sido un continente único. Ahora se dice que está muerta, y enfriándose y menguando bajo su manto de piedra como el cadáver de una anciana en una de esas casas abandonadas que había descrito Dorcas, momificándose en el aire calmo y seco hasta que se le caigan las ropas, plegándose sobre sí mismas. Así, se dice, pasa con Urth; y allí donde yo estaba media montaña se había desprendido de su otra mitad, cayendo al menos una legua.

XIV — La casa de la viuda

En Saltus, donde estuve con Jonas unos días y llevé a cabo la segunda y tercera decapitaciones de mi carrera, los mineros saquean la tierra de metales, piedras de construcción e incluso artefactos dejados por civilizaciones olvidadas quilíadas antes de que empezara a levantarse la Muralla de Nessus. Lo hacen abriendo estrechos túneles en las laderas de las colinas hasta que dan con algún rico estrato de ruinas, o incluso (si los cavadores son especialmente afortunados) con una construcción que ha preservado parte de su estructura y les sirve como galería ya hecha.

Lo que allí se hacía con tanto trabajo, en el farallón que yo iba bajando podría haberse logrado casi sin ninguno. A mis espaldas estaba el pasado, desnudo e indefenso igual que todas las cosas muertas, como si lo que el derrumbe de la montaña había dejado abierto fuese el tiempo mismo. Huesos fósiles sobresalían de la superficie en algunos lugares, huesos de animales poderosos y de hombres. También el bosque había asentado allí su propia muerte, tocones y ramas que el tiempo había convertido en piedra, y cuando empecé a bajar me pregunté si no ocurriría acaso que Urth no es, como aceptamos, más vieja que sus hijos los árboles, y me los imaginé creciendo en el vacío frente al sol, un árbol agarrado a otro con las raíces enredadas y las copas enlazadas hasta que esa acumulación se convirtió al fin en nuestra Urth, y ellos sólo en el paño de una vestimenta.

Más profundamente que esos árboles yacen las construcciones y los mecanismos de la humanidad. (Y acaso también los de otras razas, pues varias de las historias del libro marrón que yo llevaba parecían entrañar que en un tiempo existieron aquí colonias de esos seres que llamamos cacógenos, aunque en realidad pertenezcan a miríadas de razas, cada una tan particular como la nuestra.) Allí vi metales que eran verdes y azules en el mismo sentido en que se dice que el cobre es rojo, o la plata, blanca, coloreados metales de forja tan curiosa que no pude saber si esas formas habían sido creadas como obras de arte o partes de extrañas máquinas, y ciertamente podría ser que para algunos de esos pueblos inescrutables no hubiera ninguna diferencia.

A cierta altura, apenas un poco antes de la mitad del descenso, la línea de la falla había coincidido con el muro de azulejos de algún edificio grande, de modo que el sinuoso sendero que yo seguía lo atravesaba de un tajo. Qué indicaba el diseño de esos azulejos es algo que nunca supe; durante la bajada lo tenía demasiado cerca como para verlo, y cuando al fin llegué al pie del farallón estaba demasiado lejos, perdido en las volubles brumas de la cascada. Con todo, mientras bajaba, la vi como puede decirse que un insecto ve la cara de un retrato sobre cuya superficie se mueve. Los azulejos eran de muchas formas, aunque se ajustaban perfectamente unos a otros, y al principio me parecieron representaciones de pájaros, lagartos, peces y criaturas por el estilo, todas trabadas en poses vitales. Ahora pienso que no era así, que más bien eran formas de una geometría que no atiné a comprender, diagramas tan complejos que de ellos parecían surgir formas vivas, así como formas de animales reales surgen de la intrincada geometría de las moléculas complejas.

Fuera como fuese, esas formas parecían tener poca relación con el dibujo o el diseño. Estaban cruzadas por líneas de color, y aunque debían de haber sido insufladas en la sustancia de los azulejos hacía muchos eones, eran tan deliberadas y brillantes que parecían haber sido trazadas sólo un momento antes por el pincel de un artista titánico. Los tonos más usados eran el berilo y el blanco pero, aunque varias veces me detuve y me esforcé por entender qué habría pintado allí (fuera escritura, un rostro, tal vez un mero diseño decorativo de líneas y ángulos o un patrón de plantas entrelazadas), no lo conseguí; y quizás hubiera todas esas cosas, o ninguna, según el punto de donde se mirara y la predisposición del observador.

Una vez pasado el enigmático muro, el camino se hizo más fácil. No me volvió a hacer falta descolgarme por un abrupto precipicio, y aunque había varios tramos más de escalones, no eran tan empinados o estrechos como antes. Llegué abajo antes de lo que esperaba, y miré el sendero tan asombrado como si nunca hubiese puesto en él un pie; y, ciertamente, vi que en varios puntos parecía que el desprendimiento de secciones del farallón lo hubiese roto, de modo que daba la impresión de ser intransitable.

La casa que desde arriba había divisado tan claramente ahora no se veía, oculta como estaba entre árboles; pero el humo de la chimenea seguía distinguiéndose contra el cielo. Corté camino por un bosque menos escarpado que aquel por donde había seguido el arroyo. Los oscuros árboles parecían, en todo caso, más viejos. Aquí faltaban los grandes helechos del sur, y lo cierto es que nunca los vi al norte de la Casa Absoluta, excepto los que se cultivaban en los jardines de Abdiesus; pero había violetas silvestres de hojas satinadas y flores del color exacto de los ojos de la pobre Thecla que crecían entre raíces de árboles, y musgo como el más grueso terciopelo verde, tanto que el suelo parecía alfombrado y los propios árboles vestidos con una tela costosa.

Algo antes de ver la casa o cualquier signo de presencia humana, oí el ladrido de un perro. Junto con ese sonido decrecieron el silencio y la maravilla de los árboles, presentes aún pero infinitamente más lejanos. Sentí que una vida misteriosa, vieja y extraña, y sin embargo amable, había estado a punto de revelárseme, y que se había retirado como un personaje inmensamente eminente, un maestro de músicos, acaso, a quien durante años me había esforzado por atraer a mi puerta, y que cuando él al fin iba a llamar, había oído la voz de otro huésped que le disgustaba, y dejando caer la mano, se había alejado para no volver nunca más.

Y, sin embargo, qué reconfortante era. Yo había estado casi dos largos días totalmente solo, primero en agrietados campos de piedra, luego entre la belleza glacial de las estrellas, por fin en el sosegado aliento de los árboles antiguos. Ahora aquel sonido áspero, familiar, me hacía pensar de nuevo en la hospitalidad humana; no sólo pensar, sino imaginarla de un modo tan vívido que ya creía sentirla. Supe que cuando lo viera, el perro sería parecido a Triskele; y lo era, con cuatro patas en vez de tres, de cráneo algo más largo y angosto, y más marrón que leonado, pero con los mismos ojos bailarines, la misma cola movediza y la misma lengua colgante. Empezó con una declaración de guerra, que anuló en cuanto le hablé, y menos de veinte zancadas después ya me presentaba las orejas para que se las rascara. Llegué al pequeño claro donde estaba la casa con el perro saltando a mi alrededor.

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