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Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]

Электронная книга - «Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]». Краткое содержание книги:

Cuando los humanos abandonan el planeta Belzagor, siguiendo la política de descolonización consistente en dar independencia a todos los alienígenas con cultura propia, el administrador imperial Gundersen retorna para emprender un viaje etnológico-sentimental-místico-iniciático… donde hallará o no hallará lo que esperaba, pero en todo caso no retornará el mismo que se puso en camino… como tampoco el lector volverá a ser el mismo después del viaje maravilloso que esta novela propone.
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—Sentí que debía dejarte a solas con tus amigos —repuso Srin'gahar—. ¿Por qué te preocupaste? Tengo la obligación de llevarte sano y salvo a la región de las brumas.

8

Indudablemente, la composición del terreno cambiaba. Dejaban atrás el corazón de la selva ecuatorial y entraban en las tierras altas que desembocaban en la zona de las brumas. El clima aún era tropical, pero la humedad no resultaba tan intensa; en lugar de mantener todo en un constante abrazo pegajoso, allí la atmósfera liberaba periódicamente humedad en forma de lluvia y después de ésta la textura del aire era transparente y ligera hasta que se renovaba. La vegetación de esa región era distinta: plantas angulosas y toscas, de hojas rígidas y filosas como navajas. Muchos árboles poseían follaje luminoso que, por la noche, emitía una luz fría sobre el bosque. Aquí había menos enredaderas y las copas de los árboles ya no formaban un dosel continuo que excluía casi toda la luz solar; algunas manchas de claridad moteaban el suelo del bosque y en algunos lugares se extendían formando plazas y prados anchos y abiertos. El terreno, filtrado por las lluvias frecuentes, era de color amarillo pálido y no poseía la exuberante negrura del de la selva. Algunos animales pequeños corrían a menudo por la maleza. A paso más lento se movían seres solemnes parecidos a babosas, verdiazules y provistos de mantos de ébano, a los que Gundersen reconoció como los fungoides móviles de las tierras altas: plantas que reptaban de un Jugar a otro en busca de ramas caídas o de troncos de árboles derribados por los rayos. Tanto los nildores como los hombres consideraban una gran exquisitez su degustación.

Durante la tarde del tercer día, Srin'gahar y Gundersen encontraron a los cuatro nildores que les habían precedido. Habían acampado al pie de una colina dentada y en forma de luna creciente y, a juzgar por la destrucción del follaje que rodeaba su campamento, sin duda llevaban al menos un día allí. Sus trompas y rostros, untados y manchados por los jugos luminosos, brillaban alegremente. Con ellos se encontraba un sulidor, con mucho el más corpulento que Gundersen había visto: tenía casi el doble de su estatura y un hocico pendular del largo del antebrazo de un hombre. El sulidor estaba erguido junto a un pedrejón incrustado de musgo azul, con las piernas separadas, y la cola, a modo de trípode, sostenía su enorme cuerpo. Observaba a Gundersen con los ojos entrecerrados. Sus largos brazos, coronados por aterradoras garras curvadas, colgaban plácidamente. Su piel tenía el color del bronce antiguo y era extraordinariamente compacta.

Uno de los candidatos al renacimiento, una nildora llamada Luu'khamin, dijo a Gundersen:

—El sulidor se llama Na-sinisul. Desea hablar contigo.

—Que hable de una vez.

—Desea primero hacerte saber que no es un sulidor corriente. Se trata de uno de los que oficia la ceremonia del renacimiento y volveremos a verlo cuando nos acerquemos a la región de las brumas. Es un sulidor de jerarquía y mérito y sus palabras no han de tomarse a la ligera. ¿Lo tendrás en cuenta mientras le escuchas?

—Lo haré. No suelo tomarme a la ligera las palabras de nadie, razón de más para que en este caso le escuche atentamente. Que hable.

El sulidor dio unos pasos y volvió a plantarse firmemente, hundiendo sus grandes patas con espolones en el terreno esponjoso. Al hablar, lo hizo en un nildororu marcado por el acento norteño: apagado, rotundo, lento.

—He estado de viaje por el Mar de Polvo y ahora retorno a mi región para ayudar en los preparativos del renacimiento en el que estos cinco viajeros participarán —explicó Na-sinisul—. Mi presencia aquí es absolutamente accidental. ¿Comprendes que no estoy aquí por ningún motivo específico que te implique a ti o a tus compañeros?

—Comprendo —respondió Gundersen, sorprendido por el estilo preciso y enfático del discurso del sulidor. Sólo había pensado en los sulidores como figuras tenebrosas, salvajes y de aspecto feroz que acechaban en claros boscosos misteriosos.

Na-sinisul prosiguió:

—Ayer, al pasar cerca de aquí, encontré por casualidad el emplazamiento de una antigua estación de tu Compañía. También por azar decidí mirar en su interior, aunque no era asunto mío. En el interior encontré a dos terráqueos cuyos cuerpos habían dejado de servirles. Eran incapaces de moverse y apenas podían hablar. Me pidieron que los arrojara de este mundo, pero no podía hacer semejante cosa por mi propio poder. En consecuencia, te pido que me sigas hasta esa estación y me des instrucciones. Mi estancia aquí es breve, de modo que debe hacerse de inmediato.

—¿Está muy lejos?

—Podríamos llegar antes de la salida de la tercera luna.

Gundersen se dirigió a Srin'gahar:

—No recuerdo que hubiese por aquí una estación de la Compañía. Tiene que haber una a dos días de camino hacia el norte pero…

—Es el sitio donde los alimentos que reptan se recogían y embarcaban río abajo —explicó el nildor.

—¿Aquí? —Gundersen se encogió de hombros—. Supongo que he vuelto a perder el rumbo. Está bien, iré —dijo a Na-sinisul—. Guíame y te seguiré.

El salidor avanzó con rapidez por el brillante bosque y Gundersen, montado en Srin'gahar, le pisaba los talones. Al parecer descendían y la atmósfera se tornó cálida y sombría. El paisaje también cambió pues aquellos árboles tenían raíces aéreas que se enroscaban como enormes codos descarnados y los delgados zarcillos que brotaban de las raíces emitían un brillo verde y áspero. El terreno era suelto y rocoso y Gundersen lo oía crujir bajo las pisadas de Srin'gahar. Cosas parecidas a pájaros hacían su percha en la mayoría de las raíces. Eran seres semejantes a mochuelos que, aparentemente, carecían de color: algunos eran negros, otros blancos y otros blanquinegros jaspeados. No logró descubrir si ése era su auténtico tono o si la luminosidad de la vegetación les robaba el color. Una fragancia enfermiza surgía de las enormes y descoloridas flores parasitarias que brotaban de los troncos de los árboles.

Junto a un saliente de roca desnuda y amarilleada por el clima se alzaban las ruinas de la estación de la Compañía. Parecía aún más destartalada que la estación de las serpientes situada al sur; la cúpula de su techo se había derrumbado y espirales de plantas saprofitas de tallo tieso se aferraron a los costados, alimentándose quizá de los productos en descomposición que la lluvia extraía de la abrasión de las paredes de plástico. Srin'gahar dejó desmontar a Gundersen. El terráqueo se detuvo en la entrada del edificio, a la espera de que el sulidor tomara la delantera. Comenzó a caer una lluvia fina y cálida; el olor del bosque cambió de inmediato y se tornó dulce donde había sido agrio. Pero era el dulzor de la descomposición.

—Los terráqueos están dentro —dijo Na-sinisul—. Puedes pasar. Espero tus instrucciones.

Gundersen entró en el edificio. Allí el hedor de la putrefacción era mucho más intenso, concentrado tal vez por la esfericidad de la cúpula derrumbada. La humedad penetraba todo. Se preguntó qué tipo de esporas virulentas absorbía por la nariz cada vez que respiraba. Algo chorreaba en la oscuridad y producía un ruidoso toc en contraposición con el compás más ligero de la lluvia que entraba por el techo roto. A fin de tener luz, Gundersen cogió la antorcha de fusión y conectó el rayo más débil. El cálido resplandor blanco se diseminó por la estación. Sintió inmediatamente un aleteo alrededor de su cabeza pues algún animal termotrópico, despertado y atraído por el calor de la antorcha, se acercó a ella. Gundersen lo apartó y le quedaron los dedos cubiertos de limo.

¿Dónde estaban los terráqueos?

Recorrió cautelosamente el edificio. En ese momento recordó vagamente: era una de las incontables estaciones de monte que antaño la Compañía había diseminado por el Planeta de Holman. El suelo estaba cuarteado y combado, lo que le obligaba a caminar con dificultad. Los fungoides móviles reptaban por todas partes, devoraban la espuma que cubría las paredes y dejaban huellas estrechas y brillantes a su paso. Llegó a un sitio en el que el edificio se abría hacia el exterior; paseó la antorcha y distinguió un embarcadero ennegrecido que daba a la orilla de un río rápido. Sí, recordaba. Allí envolvían y embalaban a los fungoides, que luego eran enviados río abajo en su viaje hacia el mercado. Pero las gabarras de la Compañía ya no se detenían allí, y las babosas sabrosas y descoloridas ahora deambulaban por las reliquias musgosas de los muebles y los equipos sin ser molestadas.

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