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El traje del muerto

Электронная книга - «El traje del muerto». Краткое содержание книги:

«El traje del muerto es, sencillamente, la mejor opera prima de terror desde que Clive Barker escribió su Damnation Game hace veinte años. Es el tipo del libro para el que los exagerados adjetivos que se utilizan en las contraportadas de los libros -sobrecogedor, absorbente, impactante, imposible de soltar- encajan a la perfección, ya que es todas esas cosas además de enormemente inteligente. Una auténtica y terrorífica novela llena de personas con las que uno se identifica; la clase de libro que permanece en la memoria después de haber finalizado su lectura. Tiene toda mi admiración». Neil Gaiman, The New York Times.
«La primera y apasionante novela de Joe Hill está repleta de momentos tan espeluznantes que te hielan la sangre o tan escalofriantes como una llamada telefónica de un viejo amigo muerto».Entertainment Weekly.
«Inquietante… con tantos giros y sustos que los lectores al llegar al final se quedarán pálidos agarrando con fuerza los brazos de su sillón». Denver Post.
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– No volverá -dijo-. El muerto. Te lo aseguro. Al quemar el traje se ha ido. Un rapto de genialidad. Además, había que eliminar esa cosa de mierda. ¡Adiós! Lo he envuelto en dos bolsas de basura antes de bajarlo, y aun así creía que iba a vomitar por el mal olor, que no desaparecía.

Pensó decirle: «Él quería que lo quemaras». Pero no lo hizo. A ella no le haría ningún bien saberlo, y además, de todas maneras, ya estaba hecho.

Georgia entornó los ojos, estudiando su expresión. Las dudas debían de reflejarse en su cara, porque la chica se sintió inquieta.

– ¿Crees que volverá? -Cuando Jude no respondió, se inclinó sobre él y habló otra vez. Su voz era baja; el tono, urgente-. Entonces, ¿por qué no nos vamos? Alquila una habitación en la ciudad y huyamos de este lugar.

Jude pensó en ello. Meditó su réplica largamente, con esfuerzo. Suspiró y habló.

– No pienso que sirva para nada eso de salir corriendo. No quiere apoderarse de la casa. Me quiere a mí. No puedo huir de mí mismo.

Era una parte importante del problema…, pero sólo una parte. El resto era demasiado difícil de expresar con palabras. Quedaba la impresión angustiosa de que todo lo ocurrido hasta ese momento tenía sus razones para haber ocurrido. Las razones del hombre muerto. Aquellas palabras, «operaciones psicológicas», brotaron en la mente de Jude acompañadas de una sensación de frío. Se preguntó otra vez si el fantasma no estaría tratando de provocar que él huyera, y de ser así por qué lo haría. Tal vez la casa, o algo en la casa, le ofreciera cierta ventaja a Jude, aunque, por más que lo intentaba, no podía descubrir cuál era.

– ¿No se te ha ocurrido pensar que debes largarte? -preguntó Jude bruscamente.

– Hoy casi te mueres -replicó Georgia-. No sé qué está ocurriendo contigo, pero no me voy a ninguna parte. No quiero perderte de vista nunca más. Además, tu fantasma a mí no me ha hecho nada. Apuesto lo que quieras a que no puede tocarme siguiera.

Pero Jude había visto a Craddock susurrando en la oreja de la joven. No podía olvidar la expresión afligida de la cara de Georgia mientras el muerto sostenía ante sus ojos la navaja colgada de una cadena. Y tampoco se le iba de la cabeza la voz de Jessica Price en el teléfono, su forma de hablar campesina, lenta y venenosa: «Usted no vivirá, y nadie que le preste ayuda o le consuele vivirá».

Craddock podía llegar hasta Georgia. Ella tenía que irse. Jude lo veía claramente en ese momento; pero, de todas maneras, la idea de obligarla a marcharse, de despertar solo en medio de la noche y encontrar al muerto allí, sobre él, en la oscuridad, le daba miedo, le debilitaba. Si la mujer se marchaba, Jude presentía que con ella se iría todo lo que le quedaba de fortaleza. No sabía si iba a poder soportar la noche y el silencio sin ella cerca. La admisión de su necesidad, tan simple e inesperada, le produjo un breve y desagradable momento de vértigo. Era un hombre que le temía a las alturas, que veía el suelo alejarse de él mientras la rueda de un mecanismo gigante lo arrastraba inexorablemente al cielo.

– ¿Y Danny? -le recordó Jude. Le pareció que su propia voz sonaba muy tensa, con un timbre diferente al habitual. Se aclaró la garganta-. Danny piensa que es peligroso.

– ¿Qué le ha hecho a Danny, en realidad, ese fantasma? Ha visto algo, se ha asustado y ha huido para salvar su vida. No es que le haya hecho nada en concreto.

– El hecho de que el fantasma no le haya hecho nada no quiere decir que no pueda hacerlo. Mira lo que me ha pasado a mí esta tarde.

Georgia asintió con la cabeza. Bebió de un trago el resto de su vino, luego le miró a la cara, con ojos brillantes e inquisitivos.

– ¿Me juras, entonces, que no te has encerrado en el cobertizo con la intención de matarte? ¿Me lo juras, Jude? No te enfades por la pregunta. Tengo que saberlo.

– ¿Crees que soy capaz de hacer algo así? -preguntó él.

– Cualquiera puede serlo.

– Yo no.

– Cualquiera. Yo traté de hacerlo. Pastillas. Bammy me encontró desmayada en el suelo del baño. Tenía los labios azules. Apenas respiraba. Tres días después de terminar en el instituto. Luego vinieron mi madre y mi padre al hospital, y mi padre dijo: «Ni siquiera eso has podido hacerlo bien».

– Imbécil.

– Sí. Bastante.

– ¿Por qué quisiste matarte? Supongo que tendrías una buena razón.

– Porque hacía el amor con el mejor amigo de mi padre. Desde los trece años. Era un tipo cuarentón que también tenía una hija. Algunas personas se enteraron. Su misma hija se enteró. Era mi amiga. Me dijo que le había destruido la vida. Me llamó puta. -Georgia hizo girar el vaso hacia un lado y hacia otro, observando el rayo de luz que se movía por el borde-. Era difícil discutírselo. Él me había regalado cosas, y yo nunca había rechazado sus regalos. Por ejemplo, una vez me trajo un suéter nuevo con cincuenta dólares en el bolsillo. Dijo que el dinero era para que me comprara zapatos que hicieran juego con el jersey. Le dejé hacerme el amor por el dinero de los zapatos.

– Diablos. Eso no era una razón suficiente para suicidarte-reaccionó Jude-. En todo caso lo sería para matarlo a él. -Ella se rió-. ¿Cómo se llamaba?

– George Ruger. Ahora es vendedor de coches usados, en mi pueblo. Jefe del comité directivo del Partido Republicano del condado.

– La próxima vez que pase por Georgia, me detendré un momento allí para matar a ese hijo de puta. -La joven se rió otra vez-. O por lo menos haré que su culo se hunda totalmente en la arcilla de Georgia -afirmó Jude, y tocó los primeros compases de Actos sucios.

Ella levantó la copa de vino que estaba en el altavoz, la alzó en un brindis por él y bebió un sorbo.

– ¿Sabes que es lo mejor de ti? -le preguntó ella.

– No tengo la menor idea.

– Nada te escandaliza. Quiero decir que te he contado todo eso y tú no has pensado que yo…, no sé…, que mi vida estaba arruinada. Definitivamente deshecha.

– Tal vez sí me escandaliza, pero no me importa.

– Sí te importa -dijo ella. Puso una mano sobre el tobillo de Jude-. Y nada te asusta.

Dejó pasar el comentario, no dijo que le resultó fácil adivinar el intento de suicidio, el padre al que nada le importaba, el amigo de la familia que abusó sexualmente de ella casi desde la primera vez que la vio, con el collar de perro al cuello, el pelo organizado en penachos irregulares y la boca pintada con lápiz blanco hasta parecer la capa de azúcar glaseado de un pastel.

– ¿Y a ti qué te ocurrió? -dijo ella-. Es tu turno.

Movió el tobillo para librarse de la mano de la chica.

– No me interesan los concursos para ver quién ha sufrido más.

Miró por la ventana. Ya no quedaba nada de luz, salvo un destello broncíneo, pálido y rojizo detrás de los árboles sin hojas. Jude miró su propio reflejo, semitransparente, en el vidrio; su cara larga, arrugada, demacrada, con una barba negra que le llegaba casi al pecho. Era un fantasma exangüe, de rostro horrible.

– Hablame -insistió Georgia- de esa mujer que te ha enviado el fantasma.

– Jessica Price. Y no me lo envió así sin más. Recuerda, me engañó para que pagara por él.

– Correcto. ¿En eBay o algún otro lugar como ése?

– No. Un sitio diferente, un clon de tercera categoría. Parecía una vulgar subasta de Internet. No tenía nada de especial, salvo el producto ofrecido. La individua organizó todo entre bastidores para asegurarse de que yo la ganara. -Jude vio nacer una pregunta en los ojos de Georgia y la respondió antes de que ella pudiera hablar-. Desconozco la razón por la que se tomó todo ese trabajo. No puedo decirte nada, no lo sé. Pero tengo la sensación de que no podía enviármelo sin más, por correo. Era obligado que yo aceptase hacerme cargo de él. Estoy seguro de que en eso hay algún mensaje moral profundo.

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