El otro nombre de Laura
- Автор: Black Benjamin
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
– Hay gente peligrosa por ahí -dijo-. Puede que no parezcan peligrosos, pero lo son.
– ¿En quién estás pensando en concreto?
– En concreto no estoy pensando en nadie.
Ella le miró durante unos largos instantes.
– No te voy a dar los datos de Leslie White.
– Da igual, ya los conseguiré.
Ella se puso en pie y echó a caminar a las profundidades en sombra de la sala para sentarse en el sofá, donde cruzó una pierna sobre la otra y se alisó la seda de la bata sobre la rodilla. En aquella penumbra, su pálido rostro era aún más pálido, como una máscara de teatro Noh.
– ¿Qué te propones, Quirke? Te lo pregunto en serio.
– ¿En serio? Pues la verdad es que no lo sé.
– Pues si no lo sabes no creo yo que debas hacer lo que estás haciendo.
– Ni siquiera sé con certeza qué es lo que estoy haciendo. Pero sí, te doy la razón. Debería mantenerme al margen.
– Cosa que no piensas hacer, claro.
No respondió. Acababa de recordar la primera vez que vio a Billy Hunt aquel día en Bewley's, sentado en el velador de mármol ante una taza de café que no había tocado, muy erguido en el banco de terciopelo cuyo rojo era del color de una herida abierta, sumido en su desdicha. Qué fácil, reflexionó Quirke, qué fácil era compadecerse de los necesitados de compasión.
Sonó a lo lejos un trueno, y la brisa trajo el olor enlatado de la lluvia que se avecinaba.
– Qué inocente eres, Quirke -le dijo su hija casi con cariño.
Capítulo 10
Cambió el tiempo y llegó un día de viento desatado y de chubascos veloces, de lluvia tibia. Primero, el vapor humeaba en las calles; después, el agua corría a chorros. La superficie del río se tornó una lámina de acero picado, y las gaviotas se arremolinaron en desbandada, desafiando las repentinas rachas de viento. Un paraguas vuelto del revés salió rodando por el O'Connell Bridge para terminar aplastado bajo las ruedas de un autobús. Quirke estaba sentado con su ayudante, Sinclair, en un café de la esquina del puente. Tomaban un café aguachinado, y Sinclair se estaba comiendo un bollo relleno de pasas. A veces salían del hospital a la hora del almuerzo e iban allí, aunque ninguno de los dos recordase ni cómo ni por qué habían elegido ese sitio en concreto; era un local deslucido, y más con el mal tiempo, las ventanas empañadas y el aire denso por el humo del tabaco y el hedor de la ropa mojada. Quirke había sacado la pitillera y se disponía a hacer su aportación a la neblina generalizada. Le dolía la rodilla, como siempre que el tiempo empeoraba.
Había encontrado el número de Leslie White en el listín telefónico -fue así de sencillo-, aunque aún titubeaba sin saber si llamarle o no. ¿Qué le iba a decir? No era asunto suyo abordarle a él ni a nadie que hubiera tratado a Deirdre Hunt. Él era un patólogo, no un policía.
– Dígame una cosa, Sinclair -le dijo-. ¿Usted alguna vez se para a considerar la ética de nuestro trabajo?
– ¿La ética? -repuso Sinclair. Lo dijo como si estuviera a punto de echarse a reír.
– Sí, la ética -dijo Quirke. Había ocasiones, y siempre se presentaban por sorpresa, en las que la estudiada, frontal cerrilidad de Sinclair le producía una intensa irritación-. Alguna tiene que haber, digo yo. Hemos prestado el Juramento Hipocrático, pero me pregunto qué significado tiene cuando resulta que todas las personas a las que tratamos, si es que puede decirse que las tratamos, están muertas. No tenemos nada que ver con los médicos.
– No, nosotros sólo las rajamos y las embolsamos.
A Sinclair le divertía hacer esa clase de juegos de palabras, que soltaba además arrastrando las sílabas, imitando el acento de Hollywood. Esto también irritaba a Quirke. Sospechaba que se trataba de retos que él le lanzaba, pero no atinaba a entender a cuento de qué le desafiaba.
– Precisamente eso es lo que quiero decir -dijo-. ¿Tenemos una responsabilidad con los muertos? -Sinclair miró su taza de café. Nunca se habían puesto a hablar del oficio en aquellos términos, en el supuesto de que alguna vez hubiesen hablado del oficio, pensó Quirke, tal como estaban hablando en esos momentos. Se apartó de la mesa y dio una calada al cigarro-. ¿Usted alguna vez quiso dedicarse a la patología forense? -preguntó-. Quiero decir… ¿Supo usted que se iba a dedicar a esto, o dio de pronto el salto, como todos nosotros?
Sinclair no contestó, y Quirke siguió hablando.
– Eso es lo que me pasó a mí. Yo quería ser cirujano.
– ¿Y qué pasó?
Miró hacia la humedad de la ventana, que parecía helada, y a las vagas, borrosas formas de las personas y los coches y los autobuses que pasaban más allá.
– Supongo que debí de preferir a los muertos antes que a los vivos. Los muertos no dan problemas, como me dijo alguien una vez -se rió un momento.
Sinclair se paró a pensarlo.
– Yo creo -dijo eligiendo bien las palabras-… Yo creo que hacemos lo mejor que podemos hacer… por ellos, por los muertos. Desde luego, a un cadáver igual le da que lo tratemos con respeto o sin respeto. Lo que cuenta es lo que esperan de nosotros los familiares, y supongo que al final son los familiares los que cuentan -alzó la mirada hacia Quirke-. Quiero decir… los vivos.
Quirke asintió. Aquélla había sido la intervención más larga que nunca oyera de labios de Sinclair. ¿Se trataba de nuevo de un desafío? Le habría costado Dios y ayuda tomar aprecio a aquel joven inquietante, reservado, distante, caso de que fuera aprecio lo que se necesitaba, cosa que felizmente no era así. Apagó el cigarrillo en el cenicero de hojalata que había en la mesa. ¿Hacía por los muertos cuanto estaba en su mano? Ni siquiera estaba muy seguro de qué entrañaba eso. Para Quirke, un cadáver era una vasija que contenía un enigma, siendo el enigma la causa de la muerte. ¿Ética? Precisamente para rehuir esa clase de preguntas de hondo calado se había dedicado a la patología. Prefería sin ningún género de dudas a los muertos antes que a los vivos. Eso era lo que había ocurrido, nada más. Los muertos no dan problemas.
Cuando se despidió de Sinclair ya en la calle -en ese momento cayó en la cuenta, y le llamó la atención, de que ni siquiera sabía por qué parte de la ciudad vivía él-, esperó a que se perdiera entre el gentío de la tarde antes de ir en busca de una cabina de teléfonos. En el interior se encontró con el hedor habitual, una mezcla de sudor y orines y colillas de cigarro. Pasó deprisa las páginas del listín manoseado y vapuleado, sujeto a la repisa por una cadena, y verificó que se acordaba del número correcto. Esta vez también anotó la dirección. Castle Avenue, Clontarf: un paraje extrañamente reposado para ser la residencia de alguien tan turbio como Leslie White. Introdujo las monedas y marcó el número. A su espalda, la puerta de la cabina rechinaba mecida sobre las bisagras por las rachas de viento. Al cabo de una docena de timbrazos, cuando estaba a punto de colgar, contestó de pronto una voz de mujer. Las monedas cayeron una a una por la ranura. Pensó en colgar y en salir de allí deprisa. En cambio, preguntó por Leslie White.
– No está -dijo la mujer con brusquedad. Tenía una voz clara, fuerte; una voz de mujer alta. Con acento, sin duda. De Inglaterra, casi con toda certeza-. ¿Quién llama? -preguntó.
– Soy un amigo de Deirdre Hunt -dijo Quirke, incapaz de pensar en una mentira mejor-. La socia del señor White.
La mujer emitió una risa helada.
– ¿Su socia? Esa sí que es buena -era evidente que se trataba de la esposa, con la que Phoebe ya había hablado por teléfono-. De todos modos, ya le digo, no está. Y no es probable que lo encuentre aquí. Lo he echado de casa. ¿Quién me ha dicho que es usted?
– Me llamo Quirke -dijo, y con la sensación de estar a punto de lanzarse de cabeza por una escalera oyó que su propia voz preguntaba-: ¿Podría acercarme a hablar un momento con usted?