Seducida por el millonario
- Автор: Mallery Susan
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Seducida por el millonario». Краткое содержание книги:
Consiguió que Annie se hiciera pasar por su amante, pero ahora necesitaba que lo fuera en la vida real. ¿Lograría el ejecutivo gruñón desplegar el encanto necesario para seducir a la mujer a la que casi había destruido?
– ¿Los niños o el perro? -se burló Duncan-. No, da igual, déjalo. ¿Lo dices en serio?
– Sí, Duncan. Te sigo queriendo y estoy dispuesta a hacer lo que haga falta para demostrarlo.
– ¿Incluyendo firmar un acuerdo de separación de bienes? -preguntó él-. No te llevarías un céntimo de mi dinero. Ni ahora ni nunca.
Duncan imaginó que el botox impedía que arrugase el ceño, pero había visto el frunce de sus labios y la repentina tensión en sus hombros.
– Duncan… maldita sea.
– Ah, ya, entonces es por el dinero.
– En parte -admitió ella-. Y también para demostrar algo. Eric me dejó. ¡A mí! Yo iba a terminar con él, pero se adelantó y quería que viera lo que había perdido.
Orgullo, pensó él. Era de esperar.
– Siento no poder ayudarte.
– ¿Estás enfadado?
– Más bien aliviado.
– ¿Perdona? -rió Valentina-. No serías quien eres sin mí y tú lo sabes. Me encontré con un chico de la calle sin maneras y sin estilo y lo convertí en un hombre de mundo. No lo olvides.
– Y te acostaste con mi socio, sobre mi escritorio.
– Lo sé. Y lo siento.
– Ya da igual.
– Pero fue una estupidez, lo siento de verdad -Valentina suspiró mientras sacaba una taza del armario-. ¿Me invitas a un café?
– ¿Por qué no?
– Te veo bien, Duncan. En serio, te has convertido en un hombre muy interesante.
Charlaron durante unos minutos más y cuando Valentina se marchó Duncan cerró la puerta, aliviado al saber que estaba fuera de su vida y esta vez para siempre. Pero enseguida se acercó a la mesa y tomó la cajita de Annie.
Dentro había un retrato de dos boxeadores… y conocía al artista porque tenía otra pieza suya en el estudio.
En la caja había una nota, una tarjeta de Navidad: Esto me ha hecho pensar en ti.
Duncan estudió el retrato e imaginó lo que costaría. Mucho más de lo que Annie se ponía permitir. ¿Por qué habría hecho eso cuando siempre estaba ahorrando cada céntimo?
Entonces miró la fecha. Se la había enviado después de despedirse de él. ¿A qué estaba jugando?
No lo sabía y eso lo molestaba. A él le gustaba que su vida fuera ordenada, sencilla, predecible. Pero Annie era todo lo contrario. Exigía demasiado, quería que hiciera lo que debía hacer, que fuese mejor persona. Quería que la amase tanto como lo amaba ella.
¿Lo amaba? ¿Creía que Annie lo amaba de verdad? Y si era así, ¿por qué la había dejado escapar?
– Es muy elegante -estaba diciendo Annie, en el jardín de la clínica en la que había ingresado su hermano.
– No está mal -sonrió Tim.
Era la primera vez que iba a verlo porque las visitas habían estado prohibidas hasta ese sábado, pero parecía más relajado que nunca.
– Hiciste lo que debías hacer, Annie -dijo él entonces-. No lo creía hasta hace unos días, pero ahora sé que hiciste bien. Necesitaba ayuda.
Ella dejó escapar un suspiro de alivio.
– ¿Lo dices de verdad? -le preguntó, apretando su mano.
– Sí, claro. Yo estaba persiguiendo un sueño absurdo, convencido de que si seguía intentándolo tarde o temprano lo conseguiría… es lo que tú dices siempre de los chicos que copian en el colegio en lugar de estudiar.
– ¿Y eso significa…?
– Que tengo una adicción al juego y debo curarme como sea. Nada de Las Vegas, ni el blackjack ni siquiera las rifas de las ferias. Me va a costar un poco, pero lo conseguiré.
Annie miró los ojos azules de su hermano y suspiró, contenta.
– No sabes cuánto me alegro, Tim.
– Yo también. Y siento mucho todo lo que te dije -se disculpó él-. No puedo creer que robase ese dinero… menudo idiota. Te agradezco mucho todo lo que has hecho por mí, Annie. Cualquier otra persona hubiera dejado que me enviasen a la cárcel.
– No podía hacer eso.
– Pero es lo que me merecía. ¿Sabes que he hablado con el señor Patrick y me ha dicho que podré recuperar mi puesto de trabajo cuando salga de aquí? -sonrió Tim entonces.
– ¿En serio?
– Bueno, no tendré acceso a las cuentas bancarias por el momento, pero hemos hecho un plan de pagos por el resto del dinero.
¿Tim había hablado con Duncan? Le gustaría preguntarle cómo estaba, pero no quería seguir con ese tema o se pondría a llorar.
– Me alegro muchísimo.
– Y quiero pagarte a ti también.
– A mí no me debes nada.
– Sí te debo, Annie. Has hecho mucho por mí.
– No, sólo tuve que ir a un montón de fiestas, no tiene importancia.
También se había enamorado y le habían roto el corazón, pero eso era algo que Tim no necesitaba saber.
– Te compensaré, lo prometo.
– Lo único que quiero es que retomes tu vida, que seas feliz. Eso es suficiente.
Su hermano se levantó y tiró de ella para darle un abrazo.
– Eres la mejor hermana del mundo, Annie. Gracias.
Ella le devolvió el abrazo, emocionada. Porque si su hermano se ponía bien, todo merecía la pena. En cuanto a sí misma, y al vacío que sentía, no había nada que hacer salvo esperar que algún día pudiese olvidar a Duncan.
Duncan entró en el abarrotado restaurante y miró alrededor.
– ¿Tiene mesa reservada? -le preguntó un camarero.
– No, no, estoy buscando a una empleada… Jenny. Ah, no importa, ya la he visto -Duncan se abrió paso entre las mesas y la tomó del brazo-. Jenny, tenemos que hablar.
– De eso nada. No tengo nada que decirte.
– Estoy buscando a Annie. He estado en todos los sitios en los que pensé que podría estar, pero no la encuentro. Tienes que ayudarme.
La joven lo fulminó con la mirada.
– Eres un canalla. ¿Sabes que llora todas las noches? No quiere que lo sepamos así que espera que nos vayamos a la cama. Pero la oímos, Duncan. Le has hecho mucho daño…
– Lo sé, lo sé. Y lo lamentaré durante el resto de mi vida. Annie es maravillosa y mucho más de lo que yo merezco. Pero la quiero, Jenny, te lo juro. Y quiero cuidar de ella. Así que, por favor, dime dónde está.
Jenny vaciló.
– No sé…
– Es Navidad, el tiempo de los milagros. ¿No puedes creer que haya cambiado?
– Pues la verdad, no.
– Estoy enamorado de Annie. Me gusta todo en ella. Adoro que esté dispuesta a vender su alma por salvar a su hermano, que coma chocolate cuando está estresada. Me encanta que aún no haya aprendido a caminar con zapatos de tacón y que a veces tenga que agarrarme del brazo para no caerse. Me fascina que vea lo mejor en todo el mundo, incluso en mí, y que crea que todo es posible -Duncan se aclaró la garganta-. Me parece admirable que os deje vivir con ella y que acepte un congelador regalado porque así puede daros de comer a todas, pero se niegue a aceptar unas ruedas nuevas aunque así conduciría más segura. Es maravilloso que quiera ser un ejemplo para sus alumnos y que esté dispuesta a cuidar de todo el mundo. ¿Pero quién cuida de ella? ¿Quién toma el relevo para que pueda descansar un rato? Pues yo quiero ser esa persona, Jenny.
Duncan dejó de hablar… y se dio cuenta de que todo el restaurante se había quedado callado, pendiente de sus palabras.
Jenny dejó escapar un suspiro.
– Te juro que si vuelves a hacerle daño…
– No lo haré -la interrumpió él, sacando una cajita de terciopelo del bolsillo-. Quiero casarme con Annie.
– Muy bien, está en la iglesia. Llamaron para decir que necesitaban ayuda con los adornos navideños y, por supuesto, ella ha ido a echarles una mano. Pero no vuelvas a meter la pata.
– No lo haré -dijo Duncan, antes de inclinarse para darle un beso en la mejilla-. Te lo prometo.
Annie estuvo descargando tiestos con flores de pascua hasta que le dolían los brazos. Y antes había estado colocando los libritos con los villancicos por todos los bancos de la iglesia…