Seducida por el millonario
- Автор: Mallery Susan
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Seducida por el millonario». Краткое содержание книги:
Consiguió que Annie se hiciera pasar por su amante, pero ahora necesitaba que lo fuera en la vida real. ¿Lograría el ejecutivo gruñón desplegar el encanto necesario para seducir a la mujer a la que casi había destruido?
Cuando terminaron, Annie supo que nada volvería a ser lo mismo. Ella nunca sería la misma. Podría no estar con Duncan, pero nunca aceptaría nada menos que amar a alguien con todo su corazón. Eso era lo que le había faltado antes, pensó. Auténtico amor, auténtica pasión, una combinación explosiva.
Más tarde, con la cabeza apoyada sobre su hombro y el brazo de Duncan sobre su cintura, Annie cerró los ojos. Quería recordar todo lo que había pasado para recordarlo en detalle.
– ¿Te has dormido? -le preguntó él.
– No, estaba… pensando. Hacer el amor contigo es maravilloso.
– Ah, «maravilloso» me gusta mucho más que «bien».
Annie sonrió, abriendo los ojos.
– No quería decir eso.
– ¿Qué querías decir entonces?
– Mis otros novios no eran como tú. O a lo mejor era yo, pero nunca había sentido… bueno, no era lo mismo.
Duncan frunció el ceño.
– ¿Por qué no? No me malinterpretes, pero contigo es fácil.
Annie se sentó en la cama, tapándose con la sábana. ¿Fácil? Ella pensando en amor y romance y él decía que era «fácil».
– No, lo retiro -dijo Duncan entonces, sentándose también-. Debería haber dicho que respondes muy fácilmente. He estado con mujeres a las que les costaba trabajo llegar al orgasmo, pero tú no eres una de ellas y eso es bueno. Que seas así es el mejor halago para un hombre.
– Ah, menos mal.
– ¿No era así con tus otros novios?
– No, el sexo era… bueno, no muy interesante.
Y no había estado realmente enamorada de ellos, se daba cuenta ahora.
– ¿Nada de fuegos artificiales?
– Nada en absoluto. Me gustaba, pero nunca entendía por qué todo el mundo hablaba de ello como si fuera algo increíble.
Duncan colocó un almohadón en su espalda.
– Háblame de esos novios.
– No hay mucho que contar. Conocí a Ron en la universidad, donde estaba estudiando ingeniería, y creo que, como yo, era primerizo.
– Y no te hacía feliz.
– Sí era feliz. Bueno, en realidad no sabía qué esperar. Ron era divertido e inteligente y lo pasábamos bien juntos. Yo pensé que todo era perfecto.
Ron y ella habían salido juntos durante casi tres años. Había creído estar enamorada de él y pensó que Ron sentía lo mismo.
– Pero al principio del último año rompió conmigo -siguió-. Me dijo que había conocido a otra persona, que no quería hacerme daño… y que deberíamos seguir siendo amigos -Annie arrugó la nariz-. Pero yo no quise volver a verlo.
– ¿Y con el otro novio?
– A.J. -suspiró Annie-. Era el ayudante del rector de mi facultad. Lo conocí el primer día y empezamos a salir juntos enseguida.
Duncan quería tener la información, pero no le gustaba oír hablar de los otros hombres de su vida. El hecho de que las relaciones hubieran terminado mal no cambiaba eso. En realidad, quería encontrar a Ron y A.J. y darles una paliza. ¿Cómo se atrevían a hacerle daño a Annie? Él la querría para sí mismo…
Hasta que terminasen las navidades, pensó.
– A.J. también era inteligente y divertido, no sé, era como si estuviéramos destinados a estar juntos. Incluso hablamos de casarnos.
– ¿Y qué pasó?
– Mientras yo soñaba con una gran boda, a él le ofrecieron un puesto en la universidad de Baltimore y decidimos seguir la relación a distancia, pero unos meses más tarde me dijo que, aunque no había nadie más, no quería seguir saliendo conmigo. Y, por supuesto también quería que siguiéramos siendo amigos -Annie respiró profundamente-. Nunca supe qué había pasado.
– Mejor cortar antes de irte a vivir con él, ¿no?
– No hubiera vivido con él antes de casarme.
– Pero te acostabas con él -dijo Duncan, con el ceño fruncido.
– Eso es diferente, es privado. Vivir con alguien normalmente no lo es. Yo soy profesora y tengo que dar ejemplo.
Diez minutos antes había estado gritando entre sus brazos, pensó Duncan, intentando disimular una sonrisa. Annie era una chica muy interesante y llena de contradicciones.
– Pero no habrás dejado de buscar a tu alma gemela, ¿verdad?
– No, algún día la encontraré -sonrió ella-. Quiero casarme y tener hijos, quiero hacerme mayor con un marido que sea mi amigo y mi amante, quiero cuidar de él y que él cuide de mí. Todo eso es demasiado tradicional para ti, ¿verdad?
– Sé que a ti te gustan las tradiciones.
– Pero tú no crees en ellas.
– He comprado un árbol de Navidad, eso es tradicional.
– Por lo menos es un principio.
Duncan sintió que ella necesitaba más, que quería que le hiciese alguna promesa. Pero no podía. Lo había intentado una vez, había confiado en Valentina y ella le había roto el corazón.
Annie no podía ser más diferente a su ex. Si la hubiera conocido antes… pero no era así. Y ser lo que ella necesitaba, lo que ella se merecía, era imposible. Además, el acuerdo no había cambiado. Cuando terminasen las fiestas se marcharía… y no le pediría que siguieran siendo amigos.
– ¿Por qué caminas así? -le preguntó Duncan-. Relájate.
– No puedo -murmuró Annie, intentando parecer despreocupada pero incapaz de respirar.
No era el vestido de noche lo que la impedía respirar ni los zapatos con diez centímetros de tacón sino el peso del collar y los pendientes. No, no el peso sino su valor.
Annie tocó el diamante que colgaba de su cuello. Ella no sabía mucho sobre joyas, pero era la piedra más grande que había visto nunca. Estaba rodeada de otros diamantes más pequeños y colgaba de una cadena de platino con pendientes a juego.
Las joyas habían sido enviadas a su casa con un fornido guardia de seguridad que había obligado a Duncan a firmar varios documentos oficiales antes de darle las cajas de terciopelo.
– Están asegurados, ¿verdad? Si alguien me los robase o se rompiera el engarce…
Duncan suspiró.
– Pedí las joyas porque pensé que te gustarían. No quería que te pusieras tan nerviosa.
– Dime que no valen millones de dólares y me relajaré.
Él le guiñó un ojo.
– No valen millones de dólares.
– Estás mintiendo.
– ¿Yo? ¿Cómo puedes decir eso?
Mejor no saberlo, pensó ella mientras entraban en el elegante salón del hotel. Muy bien, llevaría los diamantes y se alegraría de que Duncan hubiera tenido ese detalle. En cuanto se le pasaran las ganas de vomitar estaría contenta.
En la fiesta había más de doscientas personas y, aunque no solía beber alcohol, tal vez aquella noche le iría bien una copa de vino. Además, un poco de vino haría que la idea de llevar esos carísimos diamantes fuese menos aterradora.
– Mira, hay una pista de baile.
– Pensé que bailar te pondría más nerviosa.
– No, ya no.
Sus ojos se encontraron entonces. Annie no sabía lo que estaba pensando, pero ella recordaba la última vez que hicieron el amor, cuando la hizo sentir cosas que no había esperado sentir nunca. Cuando había aceptado el hecho de que estaba totalmente enamorada de él.
En la mirada de Duncan había fuego y sintió la respuesta en su bajo vientre…
– No tenemos que quedarnos mucho tiempo -dijo él entonces.
– ¿Estás seguro? Pensé que estaríamos aquí tres o cuatro horas, por lo menos.
– Quince minutos máximo -sonrió Duncan, atrayéndola hacia sí-. O podríamos subir a una de las habitaciones, tienen jacuzzi.
– ¿Y cómo sabes tú eso?
– ¿Duncan?
La persona que lo llamaba tenía una voz ronca, sexy… la clase de voz que se escuchaba en la radio. Annie se volvió para ver a una mujer increíblemente alta, guapísima, con un vestido negro muy sexy. Estaba sonriendo, sus ojos azules brillando de alegría.