Seducida por el millonario
- Автор: Mallery Susan
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Seducida por el millonario». Краткое содержание книги:
Consiguió que Annie se hiciera pasar por su amante, pero ahora necesitaba que lo fuera en la vida real. ¿Lograría el ejecutivo gruñón desplegar el encanto necesario para seducir a la mujer a la que casi había destruido?
La puerta se abrió y Annie vio a un hombre alto y atractivo con el pelo gris y los ojos iguales a los de Duncan.
– Tú debes ser Annie -sonrió-. Entra, por favor. Estaba deseando conocerte, pero Duncan insistía en tenerte para él solo. Probablemente porque sabe que se me dan bien las mujeres -Lawrence le hizo un guiño y el gesto hizo que los nervios de Annie se calmasen un poco-. ¿Huele a chocolate?
– Sí, he traído una tarta de chocolate -asintió ella-. Encantada de conocerlo, señor Patrick.
– Lo mismo digo. He oído muchas cosas buenas de ti. Mi sobrino no suele hablar bien de los demás, así que tú debes ser muy especial.
Duncan se acercó en ese momento.
– Venga, Lawrence -le dijo con un suspiro de resignación-. Espera al menos diez minutos antes de contarle a Annie todos mis defectos.
– Muy bien, pero sólo diez minutos -rió el hombre-. Duncan tiene una tele conferencia con China dentro de un rato. Tendremos tiempo de conocernos mientras él está ocupado.
– Ah, encantada.
– Genial -murmuró Duncan, con un brillo de humor en los ojos-. No te enamores de este viejo. Ha tenido décadas de práctica con las mujeres.
Annie soltó una carcajada.
– A lo mejor me interesa un hombre que sabe lo que hace.
– Ah, descarada -rió Lawrence-. Eso me gusta.
Una vez en el salón, Annie sacó uno de las dos películas que había llevado.
– No he podido resistirme a la tentación.
Lawrence miró la cubierta y soltó una carcajada.
– Lo estás animando -la regañó Duncan, burlón.
Annie dejó el DVD de Rocky sobre la mesa y se sentó en el sofá, con Lawrence en un sillón a su lado.
– Rocky era zurdo -dijo el tío de Duncan-. Son gente especial, muchos boxeadores no quieren saber nada de ellos porque no se ajustan a la norma. Pero un gran boxeador sabe pensar, anticiparse.
– Bueno, yo voy a preparar la conferencia -anunció Duncan entonces-. Puedes dormirte si quieres, Annie. A Lawrence le encanta hablar.
– Pienso contarle todos tus secretos -dijo él.
– No tengo la menor duda.
Lawrence apenas esperó hasta que se cerró la puerta del estudio antes de decir:
– Sé lo del acuerdo que tienes con mi sobrino, por qué estás ayudándolo.
– Ah -Annie no sabía qué decir-. Mi hermano tenía un problema… y ésta parecía la única manera de ayudarlo.
– No estoy diciendo que sea malo, pero no actúas como alguien que está haciendo un trabajo. ¿Tan buena actriz eres?
Ella se miró las manos antes de mirarlo de nuevo.
– No, no lo soy. Me gusta Duncan. Sé que puede parecer frío y distante, pero yo creo que no lo es. En el fondo es una buena persona.
Lawrence asintió con la cabeza.
– No es algo que vea todo el mundo. La gente cree lo que dicen los periódicos, pero hay que ser muy fuerte para convertir una simple empresa familiar en un imperio, te lo aseguro. Y Duncan lo ha hecho, ha luchado para salir de sus circunstancias.
Circunstancias. Annie no sabía mucho sobre esas circunstancias.
– Sé que lo crió usted.
– Sí, un ciego guiando a otro ciego -suspiró Lawrence-. Mi hermana era una irresponsable. Era mucho más joven que yo… fue una sorpresa para mis padres. Ellos la adoraban, pero se convirtió en una niña mimada e irresponsable. Cuando murieron se llevó la mitad del dinero y desapareció… para volver un par de años después, embarazada. No quiso decirme quién era el padre y no estoy seguro de que ella misma lo supiera. Tuvo a Duncan y volvió a marcharse. Y así fue durante los primeros doce años de su vida. Su madre iba y venía y eso le rompía el corazón.
Annie miró hacia la puerta del despacho pensando en Duncan de niño, abandonado por su madre. Eso explicaba muchas cosas.
– Cuando tenía once o doce años le dijo a mi hermana que eligiera: o se quedaba o se iba para siempre. Yo creo que esperaba que se quedase, pero ella desapareció y Duncan no volvió a mencionarla nunca. Unos años después descubrí que había muerto y se lo conté a mi sobrino. Él dijo que daba igual.
Estaba escondiendo el dolor, pensó Annie. Porque sí le importaba. Primero su madre lo había traicionado, luego Valentina. Duncan había sufrido mucho con las mujeres que deberían haberlo amado, era lógico que fuese tan distante.
– Yo fui duro con él -siguió Lawrence- porque no sabía cómo educar a un niño. Lo llevé al gimnasio conmigo, le enseñé a boxear. Pero él estaba empeñado en ir a la universidad y consiguió una beca -añadió, sin poder disimular un gesto de orgullo.
– Es una buena persona y en parte se lo debe a usted -dijo Annie.
– Eso espero. ¿Sabes que estuvo casado?
– Sí, lo sé.
– Fue un desastre. A mí nunca me gustó Valentina y me alegro de que haya desaparecido de su vida, pero ahora me preocupa que no encuentre a nadie. Necesita una familia, alguien con quien sentar la cabeza.
No era un mensaje muy sutil, pensó Annie, deseando que fuera una posibilidad.
– Duncan lo ha dejado muy claro: la nuestra es una relación de conveniencia, nada más.
– ¿Y eso es lo que tú quieres?
Una simple pregunta que exigía una respuesta simple.
– No soy yo la que tiene que decidir.
– Tal vez no, pero puedes influir en su decisión.
– Me parece que da demasiado crédito a mi influencia sobre Duncan.
– Te sorprenderías.
Ojalá, pensó ella. Después de todo lo que había pasado, no sabía si Duncan estaría dispuesto a entregar su corazón y ella no aceptaría nada menos.
– Espero que algún día encuentre a alguien.
– ¿Aunque eso signifique alguien que no seas tú?
– Sí, claro.
Lawrence la miró durante largo rato, muy serio.
– ¿Sabes una cosa? Te creo. Y por eso espero que las cosas entre Duncan y tú salgan bien. No te rindas con mi sobrino, Annie. No es un hombre fácil, pero merece la pena.
Antes de que ella pudiera decir nada la puerta del despacho se abrió y Duncan volvió con ellos.
– ¿Has terminado de contarle mis secretos? -bromeó.
– No, pero estaba en ello.
– Ah, pues me alegro de haber podido ayudar. ¿Vemos la película? -sonrió Duncan, tomando el DVD de la mesa.
– Sí, claro -Lawrence le hizo un guiño a Annie-. Mientras él lidia con esos aparatos electrónicos, deja que te cuente la vez que le gané a un zurdo. Fue en 1972, en Miami. Hacía un calor tremendo…
– Oh, no, te vas a dormir, Annie.
– No, no me importa -dijo ella-. ¿Y usted era el favorito?
Lawrence sonrió.
– Cariño, yo entonces era prácticamente un dios.
El lunes siguiente fueron a la inauguración de una galería en la que había una desconcertante exposición de arte moderno. Uno de los cuadros era enteramente blanco, con un punto rojo en el centro. También había una colección de cuadros negros, sencillamente eso, negros. Aparentemente, debían representar la tristeza y el hastío y, en su opinión, el artista había dado en el clavo.
El miércoles por la noche fueron a una cena benéfica con una subasta de adornos navideños pintados por personalidades famosas y Duncan compró un arbolito de madera pintado por Dolly Parton. Para Lawrence, le dijo, pero Annie se preguntó si tendría una predilección especial por la cantante.
Aquella noche tenían que acudir a una cena en el museo Getty, en Malibú. Duncan iría a buscarla a las cinco y eso significaba que debía llegar a casa a las cuatro para arreglarse. Y estaba a punto de llegar cuando sintió que se le había pinchado otra rueda.
– ¡No! -gritó, golpeando el volante con las dos manos-. ¡Esta noche, no!
Aunque no se le ocurría que pudiera ser mejor en cualquier otro momento porque ella siempre iba corriendo de un lado a otro.
Annie puso el intermitente para detenerse en el arcén y salió del coche. Hacía un calor tremendo. Estaban en diciembre, pero en Los Ángeles siempre hacía calor.