Seducida por el millonario
- Автор: Mallery Susan
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Seducida por el millonario». Краткое содержание книги:
Consiguió que Annie se hiciera pasar por su amante, pero ahora necesitaba que lo fuera en la vida real. ¿Lograría el ejecutivo gruñón desplegar el encanto necesario para seducir a la mujer a la que casi había destruido?
Debería haberle pedido a su secretaria que lo hiciera. ¿Cómo iba a saber él lo que querían unas universitarias?
Estaba a punto de marcharse cuando vio un cartel que decía: Todas las mujeres adoran el cachemir. Y en el escaparate había un montón de jerséis de diferentes colores.
– ¿Quiere comprar algo para su mujer o su novia? -le preguntó la dependienta.
– Para sus primas -contestó él-. Y para una amiga. Están en la universidad y no sé si les gustaría un jersey de cachemir…
– A una mujer siempre le gusta recibir un jersey de cachemir. ¿Sabe la talla?
– Pues… no, no la sé -Duncan señaló a una joven que estaba en la tienda-. Más o menos como esa chica.
– Muy bien. ¿De qué colores?
– Necesito tres… de distintos colores. Pero elíjalos usted misma.
– ¿Quiere que los envuelva en papel de regalo?
– Sí, por favor.
– Déme diez minutos y lo tendré todo preparado. Mientras tanto, puede tomar un café en el bar, ahí, al lado de la zapatería.
Duncan se dirigía hacia allí, pero se detuvo frente a una tienda de árboles de Navidad. Eran pequeños, de poco más de medio metro, con lucecitas y adornos en miniatura. El que llamó su atención estaba decorado en blanco y dorado, con docenas de angelitos.
Todos eran rubios, de aspecto inocente y ojos grandes. Y, por alguna razón, le recordaron a Annie.
Sin pensarlo dos veces, Duncan entró en la tienda y se acercó al mostrador.
Annie miró ansiosamente la caja de galletas que iba sobre el asiento del pasajero. A pesar de que había frenado bruscamente en un semáforo, la caja no se había movido. Normalmente era una conductora muy prudente, pero aquella noche no parecía capaz de controlar los nervios. Tal vez porque Duncan la había sorprendido con la imitación de que «pasara por su casa para tomar algo».
Llevaban cuatro días sin verse porque no habían tenido que acudir a ninguna fiesta. Aunque a partir del jueves tendrían que acudir a una diaria hasta Nochebuena. Cuando vio el calendario le había parecido estupendo tener unos días libres, pero la verdad era que lo echaba de menos. Esos cuatro días y cuatro noches le parecían eternos.
Y entonces Duncan la llamó para invitarla a pasar por su casa.
¿Por qué?
Annie quería que la echase de menos, pero no había ninguna razón para pensar que su relación hubiera cambiado… al menos por parte de Duncan. Ella, corría el peligro de enamorarse locamente de él.
Algo muy lógico, además; Duncan era guapo, inteligente, divertido, considerado. ¿Cómo no iba a enamorarse?
Pero debía ser sensata. Enamorarse era algo inevitable, pero no iba a dejarse llevar por los sentimientos. Cuando aquello terminase su orgullo podría ser lo único que quedara intacto; tenía que recordar eso.
Después de tomar el ascensor hasta el dúplex llamó al timbre y Duncan abrió enseguida.
– Gracias por venir -le dijo, en sus ojos había un brillo de deseo que la hizo temblar.
– Gracias por invitarme -Annie le ofreció la caja de galletas-. Las he hecho yo. No sé si te gusta el chocolate. Si no, puedes llevarla a tu oficina y…
En lugar de tomar la caja, Duncan cerró la puerta y buscó sus labios urgentemente.
Y Annie se agarró a él cuando el mundo empezó a dar vueltas. Sólo existía Duncan. Sabía que estaba excitado porque su erección rozaba su bajo vientre, pero consiguió dejar la caja sobre una mesa y tirar su bolso antes de echarle los brazos al cuello.
Sus lenguas bailaban, tocándose, jugando a un juego erótico que la volvía loca. Duncan la tomó en brazos para llevarla al dormitorio y una vez allí la dejó suavemente en el suelo. Pero, en lugar de tumbarla sobre la cama, la tomó por los hombros para que se diera la vuelta…
Y Annie se quedó helada.
Sobre la cómoda había un árbol de Navidad con las lucecitas encendidas. Y hasta tenía un angelito en la punta.
– Pensé que no querías tener un árbol.
– Ya, pero es que lo vi y pensé en ti.
Esas palabras, susurradas en su oído, hicieron que los ojos de Annie se empañaran. Pero, diciéndose a sí misma que él no agradecería tanta emotividad, hizo lo que pudo para contener las lágrimas.
Aunque estaba emocionada. No sólo de deseo, sino de amor. No podía escapar a la verdad. Amaba a Duncan con todo su corazón. Pasara lo que pasara, terminase como terminase aquella relación, estaba enamorada de él.
Nunca había sentido algo tan poderoso y tendría que hacer un enorme esfuerzo para olvidarse de él porque, por mucho que quisiera creer que lo suyo iba a funcionar, debía ser realista. ¿Duncan y ella… en qué planeta?
Pero por el momento era suyo y estaba decidida a aprovechar la situación. No podía decirle lo que sentía, pero podía demostrárselo, pensó, mientras acariciaba sus poderosos brazos.
Cuando levantó su jersey para pasar los dedos por su torso, él entendió la pista y se lo quitó de inmediato, dejándolo caer al suelo. Annie se inclinó para apoyar los labios sobre su pecho…
Durante un segundo Duncan se mostró pasivo, aceptando sus caricias. Pero después levantó su cara con las manos para besarla mientras tiraba de ella hacia la cama. Cayeron sobre ella abrazándose y riendo, intentando quitarse la ropa el uno al otro.
El sujetador salió volando y los vaqueros siguieron el mismo camino. Annie apenas tuvo tiempo de ver que sus calzoncillos habían desaparecido cuando Duncan puso una mano en su estómago y, después de un segundo de vacilación, la deslizó hacia abajo para tirar del elástico de las braguitas. Cuando se libró de la prenda acarició el interior de sus muslos, acercándose cada vez más a la tierra prometida, pero sin tocarla. Annie contenía el aliento, desesperada, dispuesta a hacer lo que fuera para que la acariciase allí.
Pero, por fin, cuando Duncan tocó el diminuto centro de placer, un escalofrío la recorrió de arriba abajo. Despacio al principio, sin presionar demasiado, empezó a hacer círculos con el dedo mientras Annie levantaba las caderas al mismo ritmo. No había nada más, sólo él y cómo la hacía sentir. Cada vez estaba más cerca hasta que la caída era inevitable…
Quedó como suspendida por un momento, experimentando un intenso placer, temblando y jadeando hasta que las olas de placer terminaron.
Cuando abrió los ojos, Duncan estaba mirándola y sus ojos grises parecían ver dentro de su alma. Annie sonrió antes de besarlo.
– Gracias. Ha estado… bien.
Él enarcó las cejas.
– ¿Bien?
– Sí, bueno, ha sido maravilloso.
– Estás destrozando mi ego.
Annie alargó una mano para acariciar su erección.
– Tu ego está perfectamente. Deberíamos aprovecharnos.
– Si insistes…
– Insisto.
En cuestión de segundos se había puesto un preservativo y se colocaba entre sus piernas, mientras ella se movía para acomodarlo.
La llenó con una precisa embestida y Annie sintió que la ensanchaba mientras empujaba, al principio despacio, luego cada vez con más pasión. El placer endurecía sus facciones y podía ver las venas marcadas de su cuello…
Annie cerró los ojos para concentrarse en él y en lo que estaba sintiendo. Tanto que al principio apenas notó la presión en su interior, el instinto de moverse hacia él para incrementar la fricción. Pero pronto ese deseo se volvió frenético y se encontró apretando su espalda, esperando que empujase más rápido, más profundo, más fuerte.
Cuando abrió los ojos encontró a Duncan mirándola y no pudo controlarse. Aquél no era un encuentro silencioso, aburrido, era una locura. Annie se agarró a sus brazos, levantando las caderas con cada embestida, jadeando porque no podía llevar aire a sus pulmones. Su cuerpo no parecía ser suyo y una fuerza que ni entendía ni controlaba parecía empujarla…
El orgasmo la pilló por sorpresa. Un segundo antes hacía lo que podía para encontrar aire y, de repente, se veía envuelta en una ola de placer que la hizo arquear la espalda y gritar como no lo había hecho nunca. Poco después, Duncan dejó escapar un gemido ronco y cayó sobre ella, convulso y agotado.