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Seducida por el millonario

Электронная книга - «Seducida por el millonario». Краткое содержание книги:

A Duncan Patrick, un poderoso hombre de negocios, no le gustaban los ultimátums, a menos que fuera él quien los diera. Pero la junta le estaba exigiendo que cambiara su dura imagen pública. Cuando conoció a la dulce Annie McCoy, profesora de guardería, supo que lo haría parecer como un ángel… aunque tendría que recurrir a manipulaciones diabólicas.
Consiguió que Annie se hiciera pasar por su amante, pero ahora necesitaba que lo fuera en la vida real. ¿Lograría el ejecutivo gruñón desplegar el encanto necesario para seducir a la mujer a la que casi había destruido?
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¿O estaría viendo demasiado? Él no sabía mucho sobre las mujeres. Sabía que mentían, que manipulaban, al menos ésa había sido su experiencia. Sabía que, si tenían la oportunidad, venderían a cualquiera.

Aunque Annie no era así. Parecía auténtica, sincera. La había visto con sus alumnos, con sus primas y con su tío. Era exactamente lo que parecía ser, sin engaños. Abierta, divertida, sincera. Se movía con el corazón, lo cual la convertía en una ingenua, pero todo el mundo tenía defectos.

– ¿Has venido a hablarme de Valentina? -le preguntó, incrédulo.

– Estaba llorando, Duncan. Está locamente enamorada de ti. Al principio no quería creerla, pero cuando me preguntó si había estado enamorada alguna vez, si había encontrado a la persona de mi vida… sé que lo decía de verdad.

– Es muy buena actriz, Annie. No te dejes engañar por esas lágrimas.

– Pero es tu mujer.

– Ex mujer. Hace tres años que dejó de ser mi mujer.

– ¿De verdad vas a decirme que no la quisiste? ¿Que te da igual?

– Claro que la quería cuando me casé con ella -respondió él, enfadado-. Fui un idiota.

– Pero deberías escucharla…

Duncan se levantó para acercarse a la ventana, frustrado.

– No tengo nada que decirle.

– Pero me ha suplicado que me apartase y eso es lo que tengo que hacer. Dale una oportunidad.

– Tenemos un trato, Annie.

– Pero ya casi ha terminado. ¿Qué más da que dejemos de vernos ahora o dentro de unos días?

Duncan había sabido que su relación tenía fecha de caducidad, pero hasta aquel momento no había querido pensar en lo que pasaría después de las navidades, cuando Annie ya no estuviera a su lado.

Se marchaba, como se habían marchado todas. Su excusa era noble, pero el resultado era el mismo. Se marcharía y él se quedaría sin ella…

– Nuestro acuerdo es muy claro -le dijo entonces, furioso-. Si te marchas ahora, tu hermano irá a la cárcel.

Duncan se preparó para las lágrimas, para el ataque de furia, para las amenazas. Pero Annie se limitó a sonreír.

– Por favor, los dos sabemos que eso no es verdad. Tú no eres esa persona -la sonrisa tembló un momento en sus labios antes de desaparecer-. ¿Crees que esto es fácil para mí? Pues no lo es. Te quiero, Duncan. Pero mira tu vida y mira la mía. Este no es mi sitio. Lo he pasado muy bien y eres una persona estupenda, mereces ser feliz. Por eso es importante para mí que le des otra oportunidad a Valentina. Una vez la quisiste y tal vez era un mal momento para los dos, tal vez no fuisteis capaces de entenderos.

Duncan había creído conocer a Annie, pero no era cierto. ¿Lo amaba y quería que estuviera con otra persona? La ridiculez de esa afirmación lo enfureció aún más.

– Si me quisieras te quedarías conmigo -le dijo, con voz ronca-. Ahora me dirás que quieres que sigamos siendo amigos.

– Estás enfadado.

– Y tú estás jugando conmigo, Annie. Si quieres marcharte, márchate. No me cuentes historias de qué es lo mejor para mí… eso es mentira y tú lo sabes.

Vio que sus ojos se llenaban de lágrimas, pero al contrario que las lágrimas de Valentina, aquéllas le dolían en el alma.

– Tú eres todo lo que yo he soñado siempre. Eres fuerte, bueno, generoso, divertido. Me gustaría pasar el resto de mi vida contigo, casarme y tener un montón de hijos. Me gustaría que los vecinos nos mirasen y dijeran: mira, son los Patrick, que llevan casados desde siempre -Annie apartó las lágrimas con la mano-. Pero no puedo pensar sólo en mí. También está Valentina y creo que estoy haciendo lo que debo…

– ¿Y no se te ocurre pensar en mí?

– Sólo haría falta una palabra, Duncan. No voy a luchar porque pensé que no serviría de nada, que tú no me querías. Dime que todo ha terminado con Valentina para siempre, que me quieres. Y si me lo pides, me quedaré.

Duncan entendió su juego entonces, quería atraparlo.

– Ah, claro, quieres un marido rico. Desde luego, te mereces un aplauso por la originalidad. Ha sido un discurso estupendo.

Annie, pálida, tomó su bolso y se dirigió a la puerta.

– No hay manera de ganar contigo. Me lo dijiste una vez, pero no quise creerlo. Tal vez tengas razón sobre Valentina y yo esté equivocada, pero espero que intentes averiguarlo. En cuanto a mí, si puedes decir esas palabras, si las crees de verdad, si piensas que estoy contigo porque eres rico, entonces es que no me conoces en absoluto. Y supongo que tampoco yo te conozco a ti. Porque el hombre al que yo quiero puede ver en mi corazón y sabe quién soy. Y ese hombre no eres tú. Adiós, Duncan.

Annie salió del despacho y cerró la puerta.

Capítulo Once

Duncan no se había emborrachado en muchos años. Probablemente desde la universidad, cuando era joven y estúpido. Ahora era mayor, pero aparentemente igual de estúpido.

No había aparecido por la oficina en los últimos días y tampoco se había molestado en ir a ninguna fiesta. Las había hecho en casa, solo.

Ahora, con resaca, deshidratado y sintiéndose como si hubiera estado muerto durante un mes, se obligó a sí mismo a ducharse y vestirse antes de ir a la cocina para hacerse un café.

Le habían hecho daño muchas veces. Sus primeras tres peleas habían sido un desastre, apenas había podido dar un puñetazo. Su entrenador le había dicho entonces que se dedicara a otro deporte, tal vez el béisbol, donde lo único que podía golpearlo era la bola. Pero él no se había rendido y, cuando terminó el instituto, media docena de universidades le ofrecían una beca deportiva.

Hacerse cargo del negocio familiar no había sido fácil. Había metido la pata mil veces, había perdido oportunidades debido a su juventud y su inexperiencia. Sin embargo, había perseverado y ahora lo tenía todo. Pero nada en la vida lo había preparado para perder a Annie.

Sus palabras parecían perseguirlo:

«El hombre al que yo quiero puede ver en mi corazón y sabe quién soy. Y ese hombre no eres tú».

Habría preferido que sacase una pistola y le pegase un tiro; la recuperación hubiera sido más fácil. O, al menos, más rápida.

Pero se decía a sí mismo que lo importante era que se había marchado. Había desaparecido de su vida. Decirle que lo amaba sólo añadía un poco de drama a la despedida…

El problema era que no podía creerlo, Annie no era así.

En ese momento sonó el timbre y Duncan cerró los ojos, llevándose las manos a la cabeza mientras recorría el pasillo para llegar a la puerta. Y cuando abrió, Valentina estaba al otro lado.

– Esto es para ti -le dijo, entregándole una cajita-. El conserje me ha pedido que te la diera -añadió, entrando en el vestíbulo y mirando alrededor-. Es muy bonito, Duncan. Pero me hubiera gustado que conservaras el antiguo apartamento… había tanto espacio. ¿Cómo estás? Pareces muy pálido.

Duncan había reconocido la letra de Annie en el paquete. Pero, por mucho que quisiera abrirlo, no pensaba hacerlo hasta que estuviera solo, de modo que lo dejó sobre la mesa mientras iba a la cocina a tomar un café.

Valentina iba vestida de blanco. Desde las botas de ante al jersey, era la viva imagen de la elegancia y la sofisticación. Sabía cómo llevar la ropa, desde luego. Y quitársela para quien estuviera interesado.

– ¿Por qué has venido? -le preguntó.

– Quería hablar contigo, Duncan. Sobre nosotros. Lo dije de corazón, sigo enamorada de ti y quiero una segunda oportunidad.

Él la miró de arriba abajo. Seguía siendo la reina de hielo que había sido siempre. Y una vez eso era todo lo que él había querido.

– ¿Y si te dijera que deseo tener hijos?

Valentina nunca había querido tener hijos. Era una complicación y, además, no quería estropear su figura.

– ¿Hijos? Sí, claro -dijo ella-. Y un perro. No se pueden tener hijos sin tener un perro. Así aprenden a ser responsables.

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