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El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever

Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:

A la edad de diez años, Miranda Cheever no mostraba indicios de Gran Belleza. E incluso a los diez, Miranda aprendió a aceptar las expectativas que la sociedad tenía para ella… hasta la tarde en que Nigel Belvestoke, el guapo y gallardo vizconde Turner, besó su mano solemnemente y le prometió que un día ella se convertiría en ella misma, que un día sería tan hermosa como inteligente.
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
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De parte de Lord y Lady Rudland: un hermoso par de zarcillos color verde mar. Sé que no debería aceptar algo tan caro, pero no podía armar un escándalo en la mesa y de hecho dije: “No puedo…” (si bien con algo de falta de convicción) y fui categóricamente acallada.

De parte de Winston: un conjunto de preciosos pañuelos.

De parte de Olivia: una caja de escritorio, con mi nombre grabado. Adjuntó una pequeña nota que advertía: “Sólo para ti”, y decía, “¡Espero que no puedas usar esto durante demasiado tiempo!”. Lo que claramente significaba que esperaba que mi nombre pronto fuese Bevelstoke.

No hice comentarios

Y de parte de Turner, una botella de perfume. Violetas. Inmediatamente pensé en el lazo violeta que me colocó en el cabello cuando tenía diez años, pero por supuesto no se habrá acordado de una cosa así. No dije nada sobre ello; habría sido demasiado embarazoso revelar algo tan sentimental. Pero creo que es un regalo muy dulce y encantador.

No parece que pueda dormir. Han pasado diez minutos desde que escribí la frase anterior, y aunque bostezo con frecuencia, no siento los párpados ni un poco pesados. Creo que bajaré a la cocina para ver si puedo conseguir un vaso de leche caliente.

O quizás no iré a la cocina. No es probable que haya nadie abajo que me pueda ayudar, y aunque soy perfectamente capaz de calentarme algo de leche, es probable que el chef tenga palpitaciones cuando vea que alguien ha usado una de las cazuelas sin su conocimiento. Y lo que es más importante, ya tengo veinte años. Si quiero puedo tomarme un vaso de jerez para que me ayude a dormir.

Creo que eso es lo que haré.

CAPÍTULO 7

Habiendo terminado una vela y después de tres vasos de brandy, Turner se encontraba sentado en la penumbra del estudio de su padre, mirando a través de la ventana, escuchando el crujido de las hojas de un árbol cercano que, azotadas por el viento, golpeaban el vidrio.

Aburrido, tal vez, pero justo en ese momento se aferraba al aburrimiento. Algo aburrido era precisamente lo que deseaba después de un día como el que había tenido.

Primero fue Olivia, acusándolo de desear a Miranda. Luego fue Miranda, y él había…

Dios querido, la había deseado.

Sabía el momento exacto en el que lo comprendió. No fue cuando chocó contra él. No fue cuando le rodeó con las manos la parte superior de los brazos para estabilizarla. Se había sentido bien, sí, pero no lo había tomado en cuenta. No de esa forma.

El momento… el momento que muy probablemente fue su perdición había ocurrido medio segundo más tarde, cuando ella levantó la vista.

Fueron sus ojos. Siempre habían sido sus ojos. Sencillamente había sido demasiado estúpido para darse cuenta de ello.

Y mientras permanecían allí, durante lo que pareció una eternidad, sintió cómo cambiaba. Sintió que su cuerpo se enrollaba y que su respiración cesaba, todo al mismo tiempo, y luego apretó los dedos y los ojos de ella… se agrandaron más aún.

Y la deseó. La deseó como nunca se hubiera podido imaginar, de una forma que no era ni apropiada ni buena.

Nunca había estado tan enfadado consigo mismo.

No la amaba. No podía amarla. Estaba bastante seguro que no podía amar a nadie, no después de la muerte que Leticia había labrado en su corazón. Era lujuria, pura y simple, y era lujuria por la mujer que probablemente fuera la menos conveniente de toda Inglaterra.

Se sirvió otro trago. Decían que lo que no mataba a un hombre lo fortalecía, pero esto…

Esto iba a matarlo.

Y entonces, cuando estaba allí sentado, pensando en su propia debilidad, la vio.

Era una prueba. Sólo podía tratarse de una prueba. Alguien en algún lugar estaba decidido a probar su temple como caballero, y él iba a fallar. Trataría, se contendría tanto tiempo como le fuera posible, pero muy profundamente en su interior, en un pequeño rincón de su alma que no tenía un interés particular en examinar, lo sabía. Fallaría.

Se movía como un fantasma, casi brillando vestida con algún tipo de ondulante camisón blanco. Era liso y de algodón y estaba seguro que era recatado, apropiado y perfectamente virginal.

Hizo que se desesperara por ella.

Se aferró a los costados del sillón y se sostuvo con todas sus fuerzas.

Cuando Miranda entró en el estudio de Lord Rudland, se sentía un poco intranquila, pero no había encontrado lo que estaba buscando en el salón rosa, y sabía que tenía una botella en un estante cercano a la puerta. En menos de un minuto podría entrar y salir; seguro que unos meros segundos no constituían una invasión a la privacidad.

– Entonces, ¿dónde están esos vasos? -murmuró, dejando la vela en la mesa-. Aquí están. -Encontró la botella de jerez y se sirvió un poco.

– Espero que no esté habituándose a esto -dijo una voz pausada.

El vaso se deslizó de sus dedos y aterrizó en el suelo con un fuerte estrépito.

– Tsk, tsk, tsk.

Siguió la voz hasta que lo vio a él, sentado en un sillón orejero, con las manos extrañamente aferradas a los brazos del mismo. La luz era tenue, pero aún así, podía ver la expresión de su rostro, sarcástica y seca.

– ¿Turner? -susurró tontamente, como si quizás fuera posible que se tratara de otra persona.

– El mismo.

– Pero, qué está… ¿Por qué está aquí? -Avanzó un paso-. ¡Ouch! -Una astilla de cristal le perforó la piel de la planta del pie.

– Pequeña tonta. Bajar descalza. -Se levantó del sillón y atravesó la habitación a zancadas.

– No tenía planeado romper un vaso -respondió Miranda a la defensiva, inclinándose y sacándose la astilla.

– No importa. Cogerá un resfriado de muerte correteando por ahí de esa forma. -La levantó en brazos y la apartó de los vidrios rotos.

En ese momento a Miranda se le cruzó por la mente que estaba más cerca del cielo de lo que jamás había estado en su corta vida. Su cuerpo era cálido, y podía sentir el calor fluyendo a través del camisón. Le cosquilleaba la piel por su cercanía, y el aliento comenzó a salirle en pequeños y anómalos jadeos.

Era su aroma. Debía ser eso. Nunca antes había estado tan cerca de él, nunca lo suficientemente cerca como para oler su esencia extraordinariamente masculina. Olía como madera caliente y brandy, y un poco de algo más, algo que no podía precisar exactamente. Algo que era sencillamente Turner. Aferrándose a su cuello, se permitió acercar la cabeza a su pecho sólo lo justo como para poder inhalar profundamente su aroma una vez más.

Y entonces, cuando estaba convencida de que la vida era lo más perfecta que se podía pedir, la tiró bruscamente en el sofá.

– ¿Por qué hizo eso? -Le preguntó, luchando para sentarse derecha.

– ¿Qué está haciendo aquí?

– ¿Qué está haciendo usted aquí?

Se sentó en una mesa baja enfrente de ella.

– Yo pregunté primero.

– Parecemos un par de niños -dijo, sentándose sobre las piernas. Pero no obstante, le respondió. Parecía absurdo discutir sobre semejante asunto-. No podía dormir. Pensé que un vaso de jerez podría ayudarme a conseguirlo.

– Porque ha llegado a la madura y anciana edad de veinte años -dijo él en son de burla.

Pero ella no mordió el anzuelo. Sólo inclinó la cabeza con un gracioso movimiento de reconocimiento y dijo:

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