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El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever

Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:

A la edad de diez años, Miranda Cheever no mostraba indicios de Gran Belleza. E incluso a los diez, Miranda aprendió a aceptar las expectativas que la sociedad tenía para ella… hasta la tarde en que Nigel Belvestoke, el guapo y gallardo vizconde Turner, besó su mano solemnemente y le prometió que un día ella se convertiría en ella misma, que un día sería tan hermosa como inteligente.
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
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– Exactamente.

Él se rió.

– Pues, no faltaría más, permítame asistirla en su caída. -Se puso de pie y caminó hacia el cercano mueble-. Pero si va a beber, entonces, por Dios, hágalo adecuadamente. Un brandy es lo que necesita, preferentemente del francés que se obtiene de contrabando.

Miranda lo observó mientras tomaba dos copas del estante y las ponía sobre la mesa. Sus manos eran firmes y… -¿las manos podían ser hermosas?- al servir dos considerables medidas.

– Cuando era pequeña, mi madre, ocasionalmente, me daba brandy. Cuando me pescaba la lluvia -explicó-. Sólo un traguito para calentarme.

Turner se volvió a mirarla, aunque estaba oscuro sentía que sus ojos la perforaban.

– ¿Tiene frío ahora?

– No. ¿Por qué?

– Está temblando.

Miranda bajó la vista a sus brazos traidores. Estaba temblando, pero no era el frío lo que lo causaba. Se abrazó a si misma, con la esperanza de que no siguiera con el tema.

Él volvió a su lado y le entregó el brandy, su cuerpo imbuido de una enjuta elegancia masculina.

– No lo tome de un trago.

Antes de tomar un sorbo, Miranda le lanzó una mirada extremadamente irritada por el tono de condescendencia que había en su voz.

– ¿Por qué está usted aquí? -Le preguntó.

Se sentó enfrente de ella y perezosamente apoyó un tobillo sobre la rodilla opuesta.

– Tenía que discutir unos asuntos de la heredad con mi padre, así que me invité a mi mismo a compartir un trago con él después de la comida. Nunca me fui.

– ¿Y ha estado aquí sentado solo en la oscuridad?

– Me gusta la oscuridad.

– A nadie le gusta la oscuridad.

Se rió con ganas, haciéndola sentir terriblemente inmadura y joven.

– Ah, Miranda -dijo, aún riéndose-. Gracias por eso.

Ella entrecerró los ojos.

– ¿Cuánto ha bebido?

– Una pregunta muy impertinente.

– Ajá, así que ha tomado demasiado.

Él se inclinó hacia delante.

– ¿A usted le parece que estoy borracho?

Ella se alejó involuntariamente, no estando preparada para la intensidad de su mirada.

– No -dijo lentamente-. Pero usted es mucho más experimentado que yo, y me imagino que sabe cómo beber. Probablemente pueda beber ocho veces más que yo sin que se le note en absoluto.

Turner rió ásperamente.

– Muy cierto, todo lo que dijo. Y usted, querida niña, debería aprender a permanecer apartada de hombres que son “mucho más experimentados” que usted.

Miranda tomó otro sorbo de su bebida, resistiendo apenas el impulso de bajársela de un trago. Pero la quemaría, y seguramente se atragantaría, y luego él se echaría a reír.

Y ella se querría morir de vergüenza.

Había estado de malhumor toda la velada. Cortante y burlón cuando estaban a solas, y silencioso y desabrido cuando no lo estaban. Maldijo su traicionero corazón por amarlo tanto; hubiera sido mucho más fácil adorar a Winston, cuya sonrisa era alegre y abierta, y que se había mostrado encantador con ella toda la noche.

Pero no, lo deseaba a él. Turner, cuyos humores eran como el mercurio, y en un momento estaba riendo y bromeando con ella, y al siguiente la trataba como si la odiara.

El amor era para los idiotas. Los tontos. Y ella era la mayor tonta de todos.

– ¿En que está pensando? -le demandó él.

– En su hermano -le dijo, sólo para ser perversa. De todas formas, era un poco cierto.

– Ah -dijo él, añadiendo más brandy a su copa-. Winston. Buena persona.

– Sí -contestó. Un poco desafiante.

– Alegre.

– Encantador.

– Joven.

Se encogió de hombros.

– Yo también lo soy. Tal vez seamos una buena pareja.

No dijo nada. Ella terminó su bebida.

– ¿No está de acuerdo? -le preguntó.

Él siguió sin hablar.

– Acerca de Winston -lo presionó-. Es su hermano. Quiere que sea feliz ¿verdad? ¿Piensa que sería buena para él? ¿Piensa que podría hacerlo feliz?

– ¿Por qué me está preguntando eso? -le preguntó él, con la voz baja y casi ajena en el silencio de la noche.

Miranda se encogió de hombros, luego deslizó el dedo dentro de la copa para recoger las últimas gotas. Después de lamerse la piel, levantó la vista.

– A su servicio -murmuró él, y le sirvió dos dedos más de brandy en la copa.

Miranda asintió a forma de agradecimiento y luego contestó su pregunta.

– Quiero saber -dijo sencillamente-, y no sé a quien más preguntarle. Olivia está tan ansiosa de verme casada con Winston, que dirá cualquier cosa que piense que me llevará más rápidamente al altar.

Esperó, contando los segundos hasta que él habló. Uno, dos, tres… y luego tomó aliento entrecortadamente.

Fue casi como una rendición.

– No lo sé, Miranda. -Sonaba cansado, afligido-. No veo razón para que no lo haga feliz. Haría feliz a cualquier hombre.

¿Hasta a usted? Miranda se moría por decir esas palabras, pero en cambio preguntó.

– ¿Piensa que él me hará feliz?

Le tomó aún más tiempo responder esa pregunta. Y luego finalmente, en un tono lento y mesurado dijo:

– No estoy seguro.

– ¿Por qué no? ¿Que hay de malo con él?

– No tiene nada de malo. Es simplemente que no estoy seguro de que vaya a hacerla feliz.

– Pero, ¿por qué? -Estaba siendo impertinente, lo sabía, pero si podía hacer que Turner le dijera por qué Winston no la haría feliz, tal vez se diera cuenta de por qué él sí lo conseguiría.

– No lo sé, Miranda. -Se pasó la mano por el cabello hasta que los mechones dorados quedaron en un ángulo desmañado-. ¿Es necesario que tengamos esta conversación?

– Sí -dijo ella con intensidad-. Sí.

– Muy bien. -él se inclinó hacia delante, entrecerrando los ojos como para prepararla para darle noticias desagradables-. No entra dentro de los modelos de hermosura que la sociedad estima actualmente para ser considerada bella, es demasiado sarcástica por no decir más y no le gusta particularmente sostener una conversación educada. Francamente, Miranda, no puedo imaginarla deseando un típico casamiento social.

Ella tragó con fuerza.

– ¿Y?

Él apartó la vista por un largo minuto antes de volverse finalmente a mirarla de frente.

– Y la mayoría de los hombres no la apreciarían. Si su esposo trata de amoldarla a algo que no es, será espectacularmente infeliz.

Hubo una corriente eléctrica en el aire, y Miranda fue bastante incapaz de sacarle los ojos de encima.

– ¿Y cree usted que ahí afuera habrá alguien capaz de apreciarme? -Susurró.

La pregunta colgó pesadamente en el aire, hipnotizándolos a los dos hasta que Turner finalmente contestó.

– Sí.

Pero sus ojos bajaron hacia la copa, y luego acabó el resto del brandy. Su mirada era la de un hombre satisfecho por la bebida, no la de un hombre concentrado en el amor y el romance.

Ella apartó la vista. El momento -si alguna vez hubo uno, si no había sido sólo producto de su imaginación- había pasado, y el silencio que siguió no fue un silencio cómodo. Era embarazoso y torpe, y ella se sintió avergonzada y torpe, y así, ansiosa por llenar la distancia entre ellos, balbuceó la primera cosa trivial que se le pasó por la mente.

– ¿Piensa asistir al baile de los Worthington la semana entrante?

Él se volvió, una de sus cejas enarcada a modo de interrogación por su inesperada pregunta.

– Es probable.

– Me gustaría que lo hiciera. Siempre tiene la amabilidad de bailar conmigo dos veces. Si no fuera así me faltarían muchas parejas. -Estaba balbuceando, pero no estaba segura de que le importara. En cualquier caso, no parecía capaz de detenerse-. Si Winston pudiera ir, no lo necesitaría, pero tengo entendido que él tiene que regresar a Oxford por la mañana.

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