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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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– Voy a divorciarme de ti -dijo él, entregándole el trozo de pergamino en que a primera hora de la mañana había redactado la declaración de divorcio.

Apenas entendía lo que él acababa de decirle. Desenrolló el grueso y hediondo rectángulo de piel sobre el escritorio y lo leyó con sus ojos de présbita, hasta que las palabras motivaron una resPuesta. A continuación miró sucesivamente al pergamino y al marido.

– No he hecho nada para merecerlo -dijo con voz apagada.

– No estoy de acuerdo -replicó él.

– ¿Qué es lo que he hecho?

– No has sido una esposa conveniente.

– ¿Y has tardado veinticinco años en llegar a esta conclusión?

– No. Lo sabía desde el principio.

– ¿Y por qué no te divorciaste entonces?

– En aquel momento no me parecía importante.

¡Una herida tras otra, un insulto tras otro! El pergamino temblaba en su mano; lo arrojó y apretó los puños.

– ¡Sí, claro, es lo último! -exclamó, reaccionando finalmente, enfurecida-. Nunca me has dado la menor importancia, ni siquiera para divorciarte de mí. ¿Y por qué lo haces ahora?

– Quiero volver a casarme -respondió él.

– ¿Tú? -inquirió ella con los ojos muy abiertos, pasando de la cólera a la incredulidad.

– Sí. Me han propuesto una alianza matrimonial con una muchacha de una antigua familia patricia.

– Warnos, Mario! Tú, el gran desdeñoso, ¿ahora te vuelves pretencioso?

– No; no creo -replicó él sin alterarse, ocultando su malestar con la misma maestría que su mala conciencia-. Sencillamente, con este matrimonio por fin podré ser cónsul.

El fuego de la indignación se extinguió en ella, apagado por el viento frío de la lógica. Lo que decía era irrebatible. No cabía reprochárselo, ¿Cómo oponerse a algo tan inevitable? Aunque nunca había hablado con ella de su ostracismo político, ni se había quejado de lo despectivamente que le trataban, ella lo sabía. Y había llorado por ello, enardecida, deseando encontrar un medio para poder rectificar aquel pecado de omisión de los nobles romanos que entretejían la política. Pero ¿qué podía hacer ella, una Grania de Puteoli? Era rica, respetable e irreprochable como correspondía a una esposa, pero sin influencia alguna y sin parientes que pudieran rectificar la injusticia que se cometía con su esposo. Si él era un caballero rural latino, ella era la hija de un mercader de Campania, lo más bajo de la escala social a los ojos de la nobleza romana. Su familia no había gozado de la ciudadanía hasta hacía poco.

– Entiendo -comentó con voz desmayada.

Y él tuvo la suficiente compasión para no decir más y no comunicarle lo ilusionado que estaba y el crisol de amor que comenzaba a arder en su dormido corazón. Que creyese que no era más que una maniobra de conveniencia política,

– Lo siento, Grania -añadió en tono amable.

– Y yo, y yo -replicó ella temblando de nuevo, pero esta vez ante la triste perspectiva de una vida sin marido, una soledad mayor y aún más intolerable que la que conocía. ¿Vivir sin Cayo Mario? Inconcebible.

– Por si te sirve de consuelo, te diré que la alianza me fue ofrecida. Yo no hice nada por buscarla.

– ¿Quién es ella?

– La hija mayor de Cayo julio César.

– ¡Una Julia! ¡Una mira muy alta! Sí que llegarás a cónsul, Cayo Mario.

– Sí, eso creo yo también -asintió él, jugueteando con su pluma de junco favorita, el frasquito de porfirio de arena secatintas con su tapón perforado de oro y el tintero hecho con un bloque pulimentado de amatista-. Tienes tu dote, naturalmente, y tienes más que de sobra para tus necesidades. Yo la invertí en empresas más rentables de las que había elegido tu padre y ahora ha aumentado mucho. -Hizo un carraspeo-. Me imagino que querrás vivir más cerca de tu familia, pero no sé si con tu edad no sería más conveniente que tuvieses tu propia casa, y más ahora que ha muerto tu padre, y tu hermano es el pater familias…

– Nunca has dormido lo bastante conmigo para darme un hijo -dijo ella, doliéndole el alma entre las brumas de aquella fría soledad-. ¡Cuánto me gustaría tener un hijo!

– ¡Pues yo me alegro de que no lo tengas! Nuestro hijo sería mi heredero y el matrimonio con Julia no le afectaría en nada. ¡ Sé razonable, Grania! -añadió al advertir que no se había expresado bien-. Nuestros hijos ya serían mayores y estarían viviendo su propia vida. No te servirían de consuelo.

– Pero por lo menos están los nietos -replicó ella con lágrimas en los ojos-. ¡No estaría tan terriblemente sola!

– Hace años que te estoy diciendo que te hagas con un perrito faldero. -Se lo había dicho sin maldad, con simple intención práctica-. Lo que deberías hacer, en realidad, es volver a casarte -añadió, pensándolo mejor.

– ¡Jamás! -chilló ella.

– Como quieras -replicó él encogiéndose de hombros-. Volviendo al sitio en el que quieras vivir, estoy dispuesto a comprar una villa junto al mar en Cumas para que te instales allí. Cumas está a una distancia razonable de Puteoli en litera y así podrías ir a pasar con tu familia un par de días y estar lo bastante apartada si no deseas que te molesten.

– Gracias, Cayo Mario -dijo ella, perdida toda esperanza.

– ¡Oh, no me des las gracias! -replicó él levantándose y llegándose hasta ella para ayudarla a ponerse en pie, poniéndole sin ningún afecto la mano bajo el codo-. Sería conveniente que dijeras a mi mayordomo lo que sucede y que pienses en los esclavos que quieres llevarte. Mañana ordenaré a uno de mis agentes que encuentre una buena villa en Cumas. La mantendré a mi nombre, claro, pero podrás tenerla en usufructo mientras vivas, o hasta que te cases. ¡ Sí, sí, ya sé que has dicho que no piensas hacerlo!, pero los pretendientes te acosarán como moscas a la miel por tu fortuna. -Habían llegado a la puerta de la sala de estar y Mario se detuvo, apartando la mano-. Te agradecería que te hubieras marchado de aquí pasado mañana. Por la mañana, si es posible. Me imagino que Julia querrá hacer cambios en la casa antes de trasladarse; vamos a casarnos dentro de dos meses y no habrá mucho tiempo para llevar a cabo los cambios que quiera. Así que, pasado mañana antes de mediodía. No puedo traerla aquí a que vea la casa hasta que te hayas ido; no estaría bien.

Ella iba a preguntarle algo -cualquier cosa-, pero él ya se alejaba.

– No me esperes a cenar -voceó mientras cruzaba el vasto atrium-. Voy a ver a Publio Rutilio y creo que cuando vuelva ya estarás acostada.

Bien; ya estaba. No se le partiría el corazón por tener que desalojar aquella casona; siempre la había detestado. Y odiaba el caos urbano de Roma. ¿Por qué habría elegido vivir en la fría ladera norte del Arx del Capitolio? Era algo que ella nunca había entendido, aunque no ignoraba que la lujosa categoría de la zona era un factor que había influido poderosamente en Mario. Pero en las cercanías había tan pocas casas, que ir a visitar a las amistades suponía una caminata subiendo y bajando escaleras, y aquello era una zona residencial al margen de la política; los vecinos que había eran todos príncipes mercaderes con poco interés por la política.

Hizo un gesto con la cabeza al criado que estaba a la espera fuera de la sala de estar.

– Que venga inmediatamente el mayordomo -le ordenó.

Llegó el mayordomo, un majestuoso griego de Corinto, un hombre que se había labrado una formación para luego venderse como esclavo para hacer fortuna y poder aspirar a la ciudadanía romana.

– Estrofanto, el amo se divorcia de mí -dijo ella sin vergüenza alguna, pues de nada tenía que avergonzarse-. Pasado mañana tengo que salir de la casa. Ocúpate de mí equipaje.

El hombre hizo una reverencia para ocultar su perplejidad, pues aquél era un matrimonio que él no esperaba ver roto sino por la muerte, dado que se desarrollaba según las pautas de un profundo torpor más que en función de la amarga pugna que suele conducir al divorcio.

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