El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
– Lucio Decumio -dijo Bomílcar, inclinándose de tal modo hacia el romano que sólo él pudiese oírle-, me encuentro en un apuro, y me complacería que vos me dijerais cómo podría solucionarlo.
– Decid, amigo.
– Mi amo, el rey Boco, es muy rico.
– Es de suponer, siendo rey.
– Lo que le preocupa al rey Boco es la posibilidad de seguir siendo rey -añadió despacio Bomílcar-, porque hay un problema.
– ¿El mismo que tenéis vos, amigo?
– Exactamente el mismo.
– ¿Y,en qué os puedo ayudar? -inquirió Decumio, cogiendo una cebolla del cuenco de salmuera y masticándola pensativo.
– En Africa, el asunto sería fácil de arreglar. El rey se limitaría a dar una orden y el hombre que plantea el problema sería ejecutado -dijo Bomílcar, deteniéndose y pensando en cuánto tardaría Decumio en entenderlo.
– ¡Ajá! Entonces, el problema tiene nombre, ¿no es eso?
– Exacto. Masiva.
– Eso suena algo más latino que juba -comentó Decumio.
– Masiva es númida, no mauritano. -Las heces del vino fascinaban a Bomílcar, que las revolvía con el dedo-. El inconveniente es que Masiva vive aquí en Roma y nos está causando problemas.
– Ya entiendo por qué es un inconveniente que esté en Roma -dijo Decumio en un tono que daba a su comentario diversas interpretaciones.
Bomílcar miró al romano, sorprendido por su agudeza y sutileza, y lanzó un profundo suspiro.
– Y el problema resulta más peliagudo porque yo soy un extranjero en Roma, ¿os dais cuenta? -dijo-, al tener que encontrar un romano que esté dispuesto a matar al príncipe Masiva aquí, en Roma.
– Bueno, no es difícil -dijo Lucio Decumio sin parpadear.
– Ah, no?
– Con dinero, amigo mío, todo se consigue en Roma.
– ¿Y podríais decirme a dónde debo acudir? -inquirió Bomílcar.
– No busquéis más, amigo, no busquéis más -respondió Decumio, dando cuenta del último trozo de cebolla-. Yo cortaría el gaznate a medio Senado con tal de poder comer ostras en vez de cebollas. ¿Cuánto se paga por el trabajo?
– ¿Cuántos denarios hay en esta bolsa? -dijo Bomílcar vaciándola sobre la mesa.
– Para matar no hay bastantes.
– ¿Y la misma cantidad en oro?
– ¡Eso sí! -exclamó Decumio, dándose una fuerte palmada en el muslo-. ¡Trato hecho, amigo!
A Bomílcar le daba vueltas la cabeza, pero no a causa del vino, que había derramado subrepticiamente en el suelo.
– Os entregaré la mitad mañana y la otra mitad cuando esté hecha la faena -dijo, volviendo a guardar las monedas en la bolsa. Una mano sucia con uñas asquerosas detuvo su movimiento.
– Dejad esto aquí como prueba de buena fe, amigo. Y volved mañana, pero esperad afuera junto al altar. Iremos a hablar a mi casa.
– Allí estaré, Lucio Decumio -dijo Bomílcar poniéndose en pie y dirigiéndose a la puerta-. ¿Habéis matado a alguien alguna vez? -añadió, mirando el rostro sin afeitar del vigilante de la asociación.
– Una inclinación de cabeza es tan elocuente como un guiño para un barbero ciego, amigo -dijo Decumio, llevándose el índice de la mano derecha al lateral de la nariz-. En el Subura, un hombre no alardea.
Bomílcar sonrió satisfecho al romano y se perdió entre la densa multitud de la Subura Minor.
Marco Livio Druso, que había sido cónsul dos años atrás, celebraba su triunfo a mediados de la segunda semana de enero. Le habían designado gobernador de la provincia de Macedonia el año en que era cónsul y, al tener la suerte de una prórroga en el mando, había proseguido con éxito una guerra fronteriza contra los escordiscos, una tribu celta hábil y bien organizada que hostigaba constantemente a las tropas romanas en Macedonia. Pero en Marco Livio Druso encontraron a un adversario de excepcional maestría que los supo reducir. Las consecuencias fueron más beneficiosas para Roma de lo habitual; Druso tuvo la suerte de tomar uno de los principales reductos rebeldes y en él halló oculta una parte considerable del tesoro indígena. Casi todos los gobernadores de Macedonia celebraban triunfos al final de su mandato, pero todos coincidieron en que Marco Livio Druso merecía más que nadie aquel honor.
El príncipe Masiva era invitado del cónsul Espurio Postumio Albino en la celebración, y se le asignó en el Circo Máximo un puesto de honor desde el que pudiera contemplar cómodamente el largo desfile triunfal, maravillándose al ver con sus propios ojos lo que tantas veces le habían contado sobre el sentido del espectáculo de los romanos, que sabían organizarlo mejor que nadie. Naturalmente hablaba muy bien griego y había entendido la arenga previa al desfile; y ahora se había levantado del asiento, dispuesto a abandonar el circo antes de que la última legión de Druso saliera por el extremo Capena de la vasta pista. El grupo consular abandonó el circo por una puerta privada que daba al Foro Boarium, subió apresuradamente la escalinata de Cacus hacia el Palatino y prosiguió a buen paso. Siguiendo el itinerario más recto posible, doce lictores encabezaban la comitiva por pasadizos casi desiertos, marcando ruidosamente el paso sobre los adoquines con sus gruesas botas invernales claveteadas.
Diez minutos después de haber abandonado sus asientos en el Circo Máximo, el grupo de Espurio Albino descendía a toda prisa la escalinata de las Vestales hacía el Foro Romano, camino del templo de Cástor y Pólux. Allí, en la explanada de lo alto de la escalinata del imponente edificio, los dos cónsules tenían que tomar asiento con sus invitados para asistir al desfile que desde la altura del Velia descendería por la Vía Sacra hasta el Capitolio. Para no ofender al triunfador, debían hallarse en su sitio cuando llegase el desfile.
– El desfile lo encabezan el resto de los magistrados y miembros del Senado -había explicado Espurio Albino al príncipe Masiva-, y a los cónsules del año se les invita siempre oficialmente a desfilar, así como a la fiesta que el triunfador da a continuación al Senado en el templo de Júpiter Optimus Maximus. Pero no está bien visto que los cónsules acepten esas invitaciones. Es el día grande del triunfador, y él debe ser el personaje más distinguido de las fiestas y disponer de la mayoría de los lictores. Por consíguiente, los cónsules siempre contemplan el desfile desde un lugar Privilegiado y el triunfador los saluda al pasar, pero sin que le hagan sombra.
El príncipe hizo signo de que lo entendía, pese a que siendo Un extranjero con poco trato con los romanos todos se esforzaban Por explicarle las cosas. A diferencia de Yugurta, él había pasado toda su vida en el Africa no romana.
Cuando el grupo consular alcanzó la intersección de la escalinata vestal con la Vía Nova, vio entorpecida su marcha por una gran multitud. Millares de romanos se habían echado a la calle para contemplar el triunfo de Druso, formando una especie de gigantesca vid que invadía todas las callejas del Subura, convencidos de que el triunfo de Druso iba a ser de los memorables. Cuando estaban de servicio portando los fasces dentro de Roma, los lictores vestían togas blancas sin adornos, pero aquel día su atuendo los hacía más anónimos que nunca, ya que los romanos que acudían como espectadores a un triunfo se vestían de blanco, y hasta el último ciudadano se había revestido con su toga alba en lugar de una simple túnica. Por eso los lictores se las veían y deseaban para abrir paso al grupo consular, obligado a aminorar el paso conforme se espesaba la muchedumbre. Cuando llegaron al templo de Cástor y Pólux, el grupo casi se había desintegrado, y el príncipe Masiva, custodiado por un guardaespaldas, se había quedado tan retrasado que había perdido contacto con los demás.
Para su condición real resultaba ofensiva aquella actitud campechana e irrespetuosa de centenares de personas que le rodeaban sin miramientos y le alejaban a codazos de sus guardaespaldas; y hubo un instante en que los perdió de vista.