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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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– ¡Oh, tata, gracias! ¡Gracias! -exclamó la muchacha, abrazándole y besándole. Y salió.

– Siéntate, Julia -dijo César, mirando complacido a su hija mayor.

La muchacha, intrigada, se sentó pero no dijo palabra hasta que llegó Marcia, quien tomó asiento a su lado.

– ¿De qué se trata, Cayo julio? -inquirió Marcia, curiosa pero sin temor.

César permaneció de pie, cambiando el peso del cuerpo de un lado a otro, y luego posó sus bellos ojos azules en Julia.

– Bien, querida, ¿te gustó Cayo Mario? -inquirió.

– Pues sí, tata.

– ¿Por qué?

La muchacha reflexionó un instante.

– Por su forma de hablar sencilla y sincera, creo. Y por su falta de afectación. Confirmó lo que yo imaginaba.

– ¿Ah, sí?

– Sí. Es que por los chismes que corren por ahí… que si no habla griego, que es un zoquete de pueblo, que su fama militar la ha adquirido a expensas de otros y por capricho de Escipión Emilíano… A mí siempre me había parecido que la gente hablaba demasiado, mucho y con sumo desprecio, para que fuese cierto lo que se dice. Después de conocerle, estoy segura de que no me equivoco. No es ningún patán y no creo que se comporte como un palurdo. ¡Es muy inteligente! Y ha leído mucho. Oh, el griego que habla no suena muy bien, pero es sólo por culpa del acento; la sintaxis y el léxico son excelentes. Igual que el latín con que se expresa. Y sus cejas me parecen muy distinguidas, ¿no os parece? Su gusto para la vestimenta es un poco ostentoso, pero supongo que es culpa de la esposa.

Dicho lo último, Julia se quedó callada y como aturdida.

– ¡Julia! ¡Sí que te ha gustado! -dijo César, con extraño tono de respeto.

– Sí, tata, claro que me gustó -respondió ella, confusa.

– Me alegro de saberlo, porque vas a casarte con él -espetó César, haciendo caso omiso en esta ocasión extraordinaria del famoso tacto diplomático que le caracterizaba.

– ¿Ah, sí? -inquirió Julia, perpleja.

– ¿Es cierto? -añadió Marcia, muy tiesa.

– Sí -contestó César, tomando asiento finalmente.

– ¿Y cuándo has tomado esa decisión? -inquirió Marcia con un peligroso tono de resentimiento-. ¿Dónde ha visto él a Julia para pedir su mano?

– El no ha pedido su mano -respondió César a la defensiva-. Fui yo quien le ofrecí a Julia. O a Julilla. Por eso le invité a cenar.

Ahora Marcia le miraba con expresión de sorpresa, como si estuviera loco.

– ¿Has ofrecido en matrimonio a un hombre nuevo, casi de tu edad, tu hija, o una de tus dos hijas? -inquirió con enfado.

– Eso he hecho.

– ¿Por qué?

– Me consta que sabes quién es.

– Claro que sé quién es.

– Entonces, sabrás que es uno de los hombres más ricos de Roma.

– ¡Pues sí!

– Escuchad -replicó César muy serio, dirigiéndose a las dos-, sabéis de sobra la situación en que estamos. Son cuatro hijos y no tenemos bastantes bienes ni dinero para que abriguen esperanzas de un buen futuro. Dos varones con cuna e inteligencia para llegar a donde sea, y dos muchachas con cuna y belleza para casarse con lo mejor. Pero no tenemos dinero. Nos falta dinero para el cursus honorum y para las dotes.

– Sí -asintió Marcia con voz desmayada.

Como su padre había muerto antes de que ella hubiese alcanzado edad casadera, los hijos de la primera mujer se habían puesto de acuerdo con los tasadores de los bienes para que a ella no le quedase casi nada. Cayo julio César se había casado con ella por amor, y, como tenía una dote muy escasa, su familia había dado consentimiento al matrimonio con gran complacencia. Sí, se habían casado por amor y eso les había dado la felicidad, la tranquilidad, tres hijos modélicos y una mariposilla preciosa. Pero a Marcia siempre le había humillado que César no mejorara económicamente casándose con ella.

– Cayo Mario necesita una esposa patricia de una familia cuya integridad y dignitas sean tan impecables como su valía -dijo César-. Habría debido ser cónsul hace tres años, pero los Cecilios Metelos lo impidieron, y él es un hombre nuevo con una esposa de Campania y carece de relaciones familiares capaces de hacer frente a ese clan. Nuestra hija le servirá para que Roma lo tome en serio. Nuestra Julia dará a Cayo Mario categoría y enaltecerá su dignitas, y su estima pública y su posición se multiplicarán por mil. A cambio, Cayo Mario se ha comprometido a paliar nuestra situación económica.

– ¡Oh, Cayo! -exclamó Marcia, con los ojos llenos de lágrimas.

– ¡Oh, padre! -añadió Julia a punto de llorar.

Al ver que a su mujer se le pasaba el enfado y que su hija parecía contenta, César se sintió más tranquilo.

– Le vi anteayer en el acto de toma de posesión de los nuevos cónsules. Lo curioso es que antes nunca había reparado en él, ni cuando era pretor ni cuando se presentó inútilmente a cónsul. Pero el día de Año Nuevo, no sé si sería exagerado decir que fue como si me cayera la venda de los ojos; y me di cuenta de que es un gran hombre. Sé que Roma le va a necesitar. No sabría deciros cuándo me vino la idea de ayudarnos mutuamente. Lo cierto es que al entrar en el templo y verle junto a mí, la idea ya se me había ocurrido. Así que aproveché la oportunidad y le invité a cenar.

– ¿Y fuiste tú el que se lo propusiste y no al revés? -inquirió Marcia.

– Así es.

– ¿Y acabarán nuestros apuros?

– Sí, Cayo Mario no será un romano natural de Roma, pero creo que es un hombre de honor. Creo que cumplirá su parte del trato.

– ¿Cuál es su parte del trato? -inquirió Marcia, cual práctica madre, conectando mentalmente con el ábaco.

– Hoy nos entregará cuatro millones de sestercios en metálico para comprar las tierras junto a las nuestras en Bovillac, con lo que nuestro hijo Cayo dispondrá de bienes suficientes para conseguir un puesto en el Senado sin necesidad de tocar la herencia de Sexto. Ayudará a nuestros dos hijos en el nombramiento de ediles curules y en todo lo que sea necesario para que los elijan cónsules cuando llegue el momento. Y, aunque no lo tratamos en detalle, dará una buena dote para Julilla.

– ¿Y qué va a hacer por Julia? -inquirió Marcia con sequedad.

– ¿Por Julia? -repitió César estupefacto-. ¿Qué más puede hacer por Julia además de casarse con ella? Nosotros no se la damos con dote y a él le va a costar una fortuna este matrimonio.

– Normalmente una mujer aporta su dote para tener la seguridad de que conserva cierta independencia económica después de casarse, sobre todo si se da el caso de divorcio. Aunque hay mujeres con poco seso que entregan la dote al marido, cierto que no todas, y si se rompe el matrimonio hay que especificar el estado de la dote, incluso en el caso de que el esposo haya hecho uso de ella. Yo insisto en que Cayo Mario dé una dote a Julia que la permita vivir en caso de que se divorcie de ella -dijo Marcia en un tono que no admitía réplica.

– ¡Marcia, no puedo pedirle más! -replicó César.

– Pues tendrás que pedírselo. En realidad, me sorprende que no se te ocurriera pensarlo, Cayo julio -añadió ella con un suspiro de exasperación-. Nunca entenderé por qué el mundo funciona con la falsa creencia de que los hombres son más listos que las mujeres para los negocios. Y no es verdad, está visto. Y tú, mi querido esposo, eres todavía más cándido. Julia es la pieza clave de nuestro cambio de fortuna y tenemos que asegurar también su futuro.

– Admito que tienes razón, querida -dijo César con voz hueca-, pero no puedo pedirle a ese hombre más dinero.

Julia miró sucesivamente a su padre y a su madre. Desde luego no era la primera vez que los veía discutir, sobre todo en lo relativo a dinero, pero sí que era la primera vez que el tema de discrepancia era ella, y eso la afligía, por lo que decidió intervenir.

– ¡Ya está bien! Yo misma le pediré a Cayo Mario una dote. No me da miedo y él lo entenderá.

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