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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Fabricio Margarita tenía, efectivamente, una perla adecuada, pero Mario no se la llevó a casa, porque decidió que la perfecta esfera color de luna y de¡ tamaño de una canica fuese engarzada en un grueso collar de oro, adornado a su vez con pequeñas perlas, proceso que iba a requerir unos días. La novedad del deseo de regalar a una mujer un objeto precioso embargaba sus pensamientos, mezclándose al recuerdo del beso y los deseos de ella de convertirse en su esposa, Él no era muy mujeriego, pero sabía suficiente de mujeres para darse cuenta de que Julia no era la clase de muchacha que se daba sin entregar su corazón; y la idea de poseer un corazón tan puro, tan joven y de sangre tan azul como el de Julia le movía a una gratitud que le instaba a cubrirla de joyas. Él interpretaba aquella decisión de la muchacha como un desagravio, un buen augurio. Era su perla que no tenía precio, y debía obsequíarla con perlas, esas lágrimas de una remota luna tropical que caían en el profundo océano y se solidificaban en el fondo. Y encontraría para ella un adamas hindú, una piedra más dura que ninguna otra sustancia conocida y del tamaño de una avellana, y una smaragdus verde de brillo interno azulado del norte de la lejana Escitia… y un carbunculus, tan brillante y luminoso como una ampolla llena de sangre reciente…

Grania estaba en casa, naturalmente. ¿Es que salía alguna vez? A partir de la hora nona le esperaba cada día para cenar y retrasaba de vez en cuando la colación, volviendo loco al carísimo cocinero, y muchas veces acababa por cenar ella sola unos alimentos pensados para reactivar el perdido apetito de una glotona que acababa de hacer un período de régimen.

La obra maestra culinaria del cocinero siempre se echaba a perder, cenara o no Mario en casa; Grania había gastado una fortuna en un cocinero especial capaz de convertir las recetas más raras y epicúreas en platos exquisitos. Cuando Mario estaba en casa para cenar, le presentaban platos como lirones rellenos de pasta de hígado de oca, los más diminutos pajarillos aderezados con una exquisitez inimaginable, verduras exóticas y picantes variedades de salsas demasiado ricas para su paladar y su estómago, por no hablar de su bolsa. A semejanza de casi todos los militares, a él lo que más le complacía era una rebanada de pan y un cuenco de puré de guisantes con tocino, y no le importaba perderse una o dos comidas. Para él, la comida era combustible para el cuerpo, no para el placer. Que Grania, al cabo de tantos años de matrimonio, aún no se hubiese adaptado a ello, era exponente de la distancia que lOs separaba.

Lo que estaba a punto de hacerle a Grania no acababa de comPlacer a Mario, pese al poco afecto que le tenía. Su relación siemPre había estado teñida de culpabilidad por su parte, porque él era consciente de que ella había ido al matrimonio en busca de una vida de felicidad y bienestar conyugal, con niños y comidas familiares, una vida centrada en Arpinum, pero con muchos viajes a Puteoli y quizá unas vacaciones de dos semanas en Roma en el mes de septiembre, durante los Iudi romani.

Pero desde la primera vez que la había visto hasta la primera noche que había dormido con ella le había dejado tan sin cuidado que había sido incapaz de fingir que le gustase y la deseara. No es que fuese fea, no; tenía un rostro redondo bastante agradable, incluso le habían comentado que era hermoso, de grandes ojos y una boca pequeña y carnosa. Tampoco es que fuese una arpía; en realidad ella hacía todo lo posible por complacerle lo mejor que podía, pero el inconveniente estribaba en que no podía complacerle, ni aunque llenase su copa con cantárida y tomase clases de danza lasciva.

La mayor parte de su mala conciencia derivaba del hecho de saber que ella no tenía la menor idea de por qué no podía gustarle, a pesar de las numerosas preguntas al respecto; él nunca le daba una respuesta satisfactoria, porque, sinceramente, tampoco sabía el motivo. Y eso era lo malo.

En los primeros quince años había realizado un encomiable intento por mantener su silueta, que no estaba nada mal -buen busto, cintura estrecha, caderas armoniosas-, y se cepillaba y secaba su pelo negro al sol después de lavárselo para que se mantuviera muy brillante; se perfilaba los ojos castaño claro con una línea negra de stibíum y tenía buen cuidado de no oler jamás a sudor o al menstruo.

Si algo había cambiado en él aquella tarde de primeros de enero cuando el criado le abrió la puerta de su casa, sólo era que por fin había encontrado una mujer que le gustaba, con la que deseaba casarse y compartir su vida. ¿Quién sabe si comparando a las dos, Grania y Julia, encontraría por fin la respuesta? Pero inmediatamente lo vio claro. Grania era pedestre, inculta, poco refinada, casera: la mujer ideal para un caballero latino de campiña. Julia era aristocrática, culta, majestuosa y diplomática: la esposa ideal para un cónsul romano. Prometiéndole con Grania, su familia había asumido con toda lógica que llevaría una vida de caballero rural, por ser ése su linaje, y le habían elegido una esposa en consonancia. Pero Cayo Mario era un águila que volaba sobre sus congéneres de Arpinum; aventurero y ambicioso, de descollante inteligencia, un soldado integral con gran imaginación, que había llegado lejos y pensaba llegar aún más, sobre todo ahora que estaba prometido a Julia de los Julios César. ¡Era la esposa que quería! La clase de esposa que necesitaba.

– ¡Grania! -exclamó, dejando caer la pesada toga en el magnífico suelo de mosaico del atrium y entrando en la mansión antes de que al criado le diera tiempo a acercarse y recogerla para que los zapatos llenos de barro del amo no enturbiaran su blancor.

– Sí, querido -contestó ella, acudiendo apresuradamente desde la sala de estar, dejando una estela de horquillas, prendedores y migajas. Había engordado, porque había aprendido a consolar su amarga soledad a base de dulces y de higos en almíbar.

– Ven al tablinum, por favor -dijo él por encima del hombro mientras se dirigía a grandes zancadas hacia el cuarto.

Ella llegó detrás, taconeando, solícita.

– Cierra la puerta -añadió Mario dirigiéndose a su silla preferida, detrás del gran escritorio; tomó asiento y la obligó a sentarse, como un cliente, enfrente de él, en una amplia repisa de malaquita pulimentada con borde estampado en oro.

– Dime, querido -dijo ella sin temor alguno, pues él nunca se mostraba rudo con ella ni la trataba mal en ningún aspecto, salvo en que la tenía abandonada.

Mario puso ceño, mientras daba vueltas entre las manos a un ábaco de marfil. Movía siempre las manos, porque eran tan atractivas como fuertes, de palma cuadrada y dedos largos, y las utilizaba como un experto, con firmeza y decisión. Ella, con la cabeza ladeada, miraba a aquel extraño con quien llevaba casada veinticinco años. Un hombre guapo, seguía pareciéndole, igual que había pensado miles de veces. ¿Le amaba aún? ¿Cómo iba a saberlo? Después de veinticinco años, lo que sentía era como un complicado entramado desdibujado, tan sutil en algunos puntos, que dejaba pasar la luz de su mente, y tan tupido en otros, que se interponía como una cortina entre sus pensamientos y el vago concepto de quién era ella misma. ¡Rabia, dolor, perplejidad, resentimiento, pesar, autocompasión, un sinnúmero de emociones! Algunas tan antiguas que ya casi las había olvidado, y otras recientes y nuevas, porque tenía cuarenta y cinco años, ya empezaba a faltarle la regla y su pobre vientre estéril comenzaba a encogerse. Si algún sentimiento dominante había habido era el de la decepción corriente, deprimente y mediocre; aquellos días, incluso hacía ofrendas a Vediobis, el dios de las decepciones.

Los labios de Mario se abrieron para hablar; los tenía carnosos y sensuales, pero se había forzado a adoptar un rictus de fuerza antes de enfrentarse a ella. Grania se inclinó ligeramente hacia adelante para prestar atención a lo que iba a decir, esforzándose al máximo por concentrar el interés en cada fibra de su ser.

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