El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
– Para pagar una ronda, amigo, de sobra.
– ¿Y para varias rondas? -inquirió, largando más monedas. Todos lanzaron un suspiro, visiblemente relajados. El criado Bromido recogió las monedas y salió por la puerta seguido de tres voluntarios, mientras Bomílcar daba la mano al que mandaba.
– Mi nombre es Juba -dijo, presentándose.
– Lucio Decumio -respondió el otro, estrechándole la mano con fuerza-. ¡Juba! ¿Qué clase de nombre es ése? -inquirió.
– Moro. Soy de Mauritania.
– ¿Mauri… qué? ¿Dónde está eso?
– En Africa.
– ¿En Africa?
Era evidente que hubiera dado igual que al pobre Lucio Decumio le hubiese dicho del país de los hiperbóreos.
– Muy lejos de Roma -añadió el miembro honorario-. Un país al oeste de Cartago.
– ¡Ah, Cartago! ¿Por qué no empezasteis por ahí? -replicó Lucio Decumio, volviéndose a mirar fijamente a su interlocutor-. Creía que Escipión Emiliano no dejó vivo a uno solo de los de allí.
– Y no los dejó. Pero Mauritania no es Cartago; está al oeste pero muy lejos. Lo único que tienen en común es que están en Africa -respondió Bomílcar pacientemente-. Lo que era Cartago es ahora la provincia romana de Africa; a donde va a ir el cónsul de este año, Espurio Postumio Albino.
– ¡Cónsules! -exclamó Lucio Decumio, encogiéndose de hombros-. Los cónsules van y vienen, amigo; van y vienen. En el Subura nos da lo mismo, por aquí no moran; ya me entendéis. Pero con tal que admitáis que Roma es quien manda en el mundo, amigo, sois bien venido en Subura. Igual que los cónsules.
– Os aseguro que sé que Roma es quien manda en el mundo -dijo Bomílcar con entusiasmo-. Mi amo, el rey Boco de Mauritania, me ha enviado a Roma para solicitar del Senado que le nombren aliado del pueblo romano.
– Vaya, ¿qué te parece? -dijo Lucio Decumio, indolente. Bromido regresó, tambaleante bajo el peso de una jarra enorme, seguido de otros tres igual de cargados, y procedió a servir a todos. Comenzó por Decumio, que le dio un fuerte golpe en el muslo.
– Por aquí, imbécil, ¿no tienes modales? Sirve primero al caballero que nos ha invitado o te saco los hígados.
A los pocos segundos, Bomílcar tenía un vaso lleno, que alzó para brindar.
– Por el mejor lugar y los mejores amigos que he encontrado hasta ahora en Roma -dijo bebiendo el horrible vino con fingido deleite. ¡Por los dioses que debían tener tripas de hierro!
Aparecieron también cuencos con pepinillos en vinagre, cebollas y nueces, trozos de apio y rodajas de zanahoria y una mezcla hedionda de pescadítos en salazón que desaparecieron en menos que canta un gallo. Pero Bomílcar fue incapaz de probar nada.
– ¡A vuestra salud, amigo Juba! -dijo Decumio.
– ¡Juba! -corearon los demás, muy animados.
Al cabo de media hora, Bomílcar sabía más sobre la clase obrera romana de lo que habría podido imaginar, y le pareció fascinante, aunque no se le ocurrió pensar que sabía bien poco sobre la clase obrera de Numidia. Se enteró de que todos los socios de aquel local trabajaban, que cada día se reunían en él distintos miembros, y que la mayoría tenían un día libre cada ocho; aproximadamente la cuarta parte de los que allí estaban exhibían en la nuca un extraño cachivache cónico en señal de que eran libertos. Para su gran sorpresa, advirtió que algunos de los otros eran esclavos, pero no parecían estar discriminados respecto al resto, trabajaban en las mismas tareas con igual paga, los mismos días y las mismas horas; cosa que a él le parecía extraña, pero normal a los demás. Y, así, Bomílcar Comenzó a entender la verdadera diferencia entre un esclavo y un hombre libre; un hombre libre podía ir y venir a su antojo y elegir el trabajo que quisiera, mientras que un esclavo pertenecía al patrón, era propiedad del patrón y no podía decidir su propia vida. Muy distinto a la esclavitud en Numidia. Pero, claro, pensó objetivamente -porque él era objetivo- que cada nación tiene distintos reglamentos a propósito de los esclavos y no hay dos países iguales.
A diferencia de los socios ordinarios, Lucio Decumio era miembro permanente.
– Soy el vigilante del casino -dijo, tan despejado como antes del primer trago.
– ¿Pero qué clase de asociación es exactamente? -inquirió Bomílcar, tratando de prolongar la bebida lo más posible.
– Me imagino que no podéis entenderlo -respondió Lucio Decumio-. Esto, amigo, es una asociación de encrucijada. Una hermandad y al mismo tiempo una especie de colegio, registrado ante los ediles y el pretor urbano y bendecido por el pontífice máximo. Las asociaciones de los cruces se remontan a la época de los reyes, antes de la república. Actualmente hay mucho poder en las encrucijadas de calles importantes. Me refiero a los compita auténticos, no a los pequeños meaderos de cruce de callejuelas y callejas. Sí, en los cruces hay mucho poder. Quiero decir… imaginaos que fueseis un dios y pasaseis por Roma; os veríais un tanto desconcertado si quisierais lanzar un rayo o una buena plaga, ¿no? Si subís al Capitolio, os haréis buena idea de lo que quiero decir, pues veréis un montón de tejados rojos, pegados unos a otros como las piezas de un mosaico. Pero si miráis con más detenímiento podréis ver los sitios de confluencia de las calles importantes, los compita que hay en la calle. Así que, si fueseis un dios, allí es donde lanzaríais el rayo o desencadenaríais la plaga, ¿verdad? Pero nosotros los romanos somos más listos, amigo. Muy listos. Los reyes estipularon que nosotros mismos nos protegiésemos en los cruces, y por ello los pusimos bajo la advocación de los lares con altares en su honor en todos ellos, que se construyeron incluso antes que las fuentes. ¿No os habéis fijado en el altar que hay en el muro, afuera? ¿Una especie de torrecilla?
– Sí -contestó Bomílcar, cada vez más confuso-. ¿Qué son exactamente los lares? ¿Más de un dios?
– Oh, hay lares por todas partes… cientos, miles -respondió Decumio sin precisar-. Roma está llena de lares. Dicen que toda Italia, aunque yo nunca he viajado a Italia. Como no conozco a ningún soldado, no puedo decir si los lares van a ultramar con las legiones. Pero aquí sí que los tenemos, en todos los sitios en que hacen falta. Y somos las asociaciones de los cruces las que nos encargamos de cuidar de los lares. Mantenemos el altar limpio para las ofrendas, y la fuente también, apartamos los carros rotos, los cadáveres, en su mayoría de animales, y quitamos los escombros cuando cae una casa. Y por Año Nuevo celebramos esa gran fiesta que se llama la Compitalia. Fue hace un par de días… por eso no tenemos dinero para comprar vino; nos lo gastamos todo y cuesta tiempo volver a ahorrar.
– Entiendo -dijo Bomílcar, que no entendía nada, y se había quedado sin saber qué eran aquellos viejos dioses romanos-. ¿Tuvisteis que pagar la fiesta entre todos?
– Sí y no -respondió Lucio Decumio, rascándose el sobaco-. El pretor urbano nos da algo de dinero, el suficiente para asar unos cerdos; depende de quién sea el pretor urbano. Algunos son muy generosos, pero hay años en que son muy roñosos.
La conversación derivó hacia curiosas preguntas sobre la vida en Cartago; Era imposible hacerles comprender que existiese un país distinto en Africa, porque sus conocimientos de historia y geografía parecían reducirse a lo que habían visto en sus paseos por el Foro Romano, debido, al parecer, a que el malestar político procuraba interés y un matiz circense al centro de Roma. Así, era un tanto sesgado su concepto de la vida política de Roma, cuyo punto culminante parecían haber sido los desórdenes que terminaron con la muerte de Cayo Sempronio Graco.
Finalmente llegó el momento. Todos los socios se habían acostumbrado tanto a su presencia, que ya pasaba inadvertido y, además, todos estaban borrachos. Lucio Decumio seguía sobrio y no apartaba de Bomílcar sus ojos vivarachos e inquisitivos. No podía ser simple casualidad que aquel juba estuviera allí, en medio de gente de inferior condición. Aquél buscaba algo.