El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
– Hazlo tú mismo.
– ¡No puedo! -gimió Agelasto.
– ¡Hay que hacerlo! No me cabe duda de que en una gran ciudad como ésta tiene que haber mucha gente dispuesta a matar por una buena suma -insistió Bomílcar.
– ¡Claro que la hay! La mitad del proletariado, a decir verdad. Pero yo no tengo relaciones en esos círculos, ¡yo no conozco proletarii! ¡No pensarás que puedo abordar al primero que vea con aspecto facineroso, mostrarle una bolsa de oro y decirle que mate a un príncipe de Numidia! -gimió Agelasto.
– ¿Por qué no? -replicó Bomílcar.
– Porque puede denunciarme al pretor urbano, sencillamente.
– Enséñale primero el oro, y ya verás como no te denuncia. En esta ciudad todos tienen un precio.
– Quizá sea cierto, barón -respondió Agelasto-, pero no estoy dispuesto a verificar tu teoría.
Y no hubo manera de que cambiara de opinión.
Todos decían que el Subura era lo peor de Roma, y al Subura se fue Bomílcar, convenientemente disfrazado y sin ningún esclavo por escolta. Como a todos los visitantes notables, le habían advertído que no se internase en la depresión que había al nordeste del Foro Romano. Y ahora comprendía el porqué. No es que los callejones del Subura fuesen más estrechos que los del Palatino, ni los edificios tan opresivamente altos como los del Viminal y el Esquilino superior. No, lo que diferenciaba al Subura a primera vista era la gente; más gente que la que Bomílcar había visto en su vida. La gente se asomaba a aquellos miles de ventanas, chillándose unos a otros, se abrían paso a codazos entre aglomeraciones tan masivas que sólo se avanzaba a paso de caracol; la gente se comportaba del modo más grosero y agresivo que se da en la especie humana; escupía, meaba y echaba el agua sucia en cualquier sitio y se mostraba dispuesta a pelearse con cualquiera por una simple mirada de través.
La segunda impresión fue la de una suciedad general y un hedor insoportable. Conforme avanzaba desde el civilizado Argiletum hacía las Fauces Suburae, como se llamaba al tramo inicial de la calle más importante del barrio, Bomílcar no dejó ya de percibir más que malos olores y suciedad. Desconchados y destrozados, en los muros de los edificios se veían regueros de porquería; como si el mortero que juntaba ladrillos y madera fuese pura basura. ¿Por qué el año anterior -dio en pensar mientras caminaba- no habrían dejado que ardiera todo aquel barrio en vez de esforzarse por salvarlo? ¡Nada ni nadie del Subura merecía salvarse! Luego, la perplejidad sustituyó al asco, conforme se iba adentrando, con cuidado de no alejarse de la Subura Maior, como se llamaba la calle principal, y perderse por algún pasadizo lateral entre las casas, porque sabía que, de hacerlo, quizá no encontrase la salida. Su asombro crecía ante la vitalidad y la dureza de aquellas gentes y experimentó una alegría incomprensible.
El lenguaje que escuchaba era una curiosa mezcla de latín, griego y arameo, una jerga que posiblemente no entendieran más que los habitantes del barrio, porque en sus largos paseos por Roma nunca había oído nada parecido.
Había tiendas por todas partes, fétidos tenduchos de comidas, al parecer prósperos -dinero no debía de faltar-, alternando con numerosas panaderías, charcuterías, bodegas y unas curiosas tiendecitas en las que parecía venderse (por lo que pudo atisbar en su oscuro interior) toda clase de cosas, desde trozos de bramante, hasta cazuciais lámparas y cirios de sebo. No obstante, el negocio más generalizado era el de las comidas, pues cuando menos un tercio de las tiendas se dedicaban a algún derivado del de la alimentación. También había fábricas; se oía ruido sordo de prensas, chirríar de esmeriladoras y golpeteo de telares, pero esa clase de ruido procedía de portales estrechos y de bocacalles, mezclándose estrepitosamente con el de las viviendas de aquellas casas de varios pisos. ¿Cómo podía la gente vivir allí?
Hasta las pequeñas plazas de los cruces principales estaban abarrotadas de gente. No se explicaba cómo podían lavar la ropa en las fuentes ni circular hasta sus casas cargados con cántaros de agua. No tenía más remedio que admitir que Cirta -ciudad de la que él se sentía muy orgulloso como númida que era-, comparada con Roma, era un pueblo. Y se imaginaba que incluso Alejandría tendría un hormiguero como el del Subura.
No obstante, había lugares en los que los hombres se sentaban a beber y pasar el tiempo. Solían estar situados en los cruces principales, pero aún así no estaba muy seguro, porque no quería salirse de la vía principal. Todo sucedía muy de prisa, en una sucesión de escenas rapidísimas que entreveía en medio de aquel tropel, desde un hombre que aporreaba a un asno cargado, a una mujer que pegaba a un niño cargado. Pero los oscuros interiores de aquellas… -no sabía cómo llamarlas- tabernas de los cruces, eran oasis de relativa calma.
Bomílcar, hombre de buen físico y perfecta salud, decidió que lo mejor era aventurarse y entrar en una de ellas. Al fin y al cabo, estaba en el Subura para encontrar un asesino romano, lo cual le obligaba a hallar el medio de entablar conversación con algún elemento del populacho del barrio.
Salió de la Subura Maior y tomó por el Vicus Patricii, una calle que conducía a la colina del Viminal, y llegó a una taberna situada en un espacio abierto triangular, intersección de la Subura Minor con el Vicus Patricii. Por el tamaño del altar y de la fuente, se dio cuenta de que era un cruce con un compitum muy importante. Al agachar la cabeza para cruzar el dintel de la puerta, todas las caras del interior -y debía haber no menos de cincuenta- se alzaron, girando en su dirección, al tiempo que cesaba el murmullo de las conversaciones.
– Perdonad -dijo Bomílcar, buscando con la mirada, esforzadamente y sin temor, el rostro del dueño.
¡Ah! Allá en el rincón de la izquierda. Pues, los demás, una vez pasada la sorpresa inicial de ver una cara desconocida, dirigían, ahora, sus miradas hacia aquél; un rostro romano, más que griego, perteneciente a un individuo bajo, quizá de unos treinta y cinco años. Bomílcar se dirigió directamente a él, deseando expresarse en un latín lo bastante bueno, pero obligado a hacerlo en griego.
– Perdonad -repitió-. Debo ser culpable de intrusión, pero es que buscaba una taberna en donde sentarme a tomar una copa de vino. Caminar da mucha sed.
– Esto, amigo, es un casino privado -replicó el hombre en un griego atroz pero comprensible.
– ¿No hay aquí tabernas públicas? -inquirió Bomílcar.
– En el Subura no, amigo. Estáis fuera de vuestro barrio. Volved a la Via Nova.
– Ah sí, conozco la Via Nova, pero soy extranjero y pensé que uno se pierde el verdadero ambiente de la ciudad si no visita el barrio más animado -replicó Bomílcar, en una mezcla de viajero necio y forastero ignorante.
El dueño le miraba de arriba abajo, haciéndose una idea.
– ¿Sed es lo único que tenéis, amigo? -inquirió.
– Suficiente sed para invitar a todos a una copa -replicó airoso Bomílcar, siguiéndole el juego.
El que parecía mandar empujó al que tenía al lado fuera de la banqueta y se la señaló con una palmada.
– Bien, si mis honorables colegas están de acuerdo, podemos nombraros socio honorario. Sentaos, amigo. Los que estén a favor de hacer miembro honorario a este caballero que digan sí -añadió volviendo la cabeza.
– ¡Sí! -dijeron todos a coro.
Bomílcar buscó en vano con la mirada un dependiente y un mostrador, lanzó un leve suspiro y puso la bolsa en la mesa, dejando que se escaparan por el cuello un par de denarios de plata; o le asesinaban o le hacían miembro honorario.
– Permítid -dijo al que mandaba.
– Bromido, trae un buen jarro para el caballero y la compañía -dijo aquél al criado a quien había desalojado para hacerle sitio a Bomílcar-. Nos surtimos de vino en la bodega que hay al lado -añadió, a guisa de explicación.
– ¿Es suficiente? -inquirió Bomílcar echando unos cuantos denarios más.