El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
– ¡Julia! ¡Quieres casarte con él! -exclamó Marcia conteniendo un grito.
– Claro que sí, mamá. Me parece un hombre estupendo.
– Pero, hija, ¡casi es treinta años mayor que tú! Serás viuda dentro de nada.
– Los jóvenes son aburridos; me recuerdan a mis hermanos. Prefiero casarme con un hombre como Cayo Mario -dijo la muchacha-. Prometo ser una buena esposa. Me amará y nunca lamentará el gasto.
– ¿Quién lo habría pensado? -inquirió César sin dirigirse a nadie en concreto.
– No te sorprendas tanto, tata. Pronto tendré dieciocho años y sabía que este año procurarías buscarme marido; debo confesar que la perspectiva me aterraba. No el matrimonio exactamente, sino quién fuera a ser el marido. Pero anoche, cuando vi a Cayo Mario, pensé… pensé inmediatamente que sería estupendo que me encontrases alguien como él -dijo Julia enrojeciendo-. No se parece nada a ti, tata, y, sin embargo, es como tú, correcto, amable y honrado.
Cayo julio César miró a su esposa.
– ¿No es raro placer que a uno le guste su propia hija? Amar a los hijos es natural, pero que a uno le gusten, eso hay que aprender a hacerlo -dijo.
Dos encuentros con mujeres en un mismo día sirvieron para que Cayo Mario se pusiera más nervioso que ante la perspectiva de atacar a un ejército enemigo diez veces mayor que el suyo. El primero fue la visita inicial a su futura esposa y a su suegra, y el otro, la última entrevista con su esposa legal.
La prudencia y la cautela recomendaban ver a Julia antes de entrevistárse con Grania, para asegurarse de que no había inconvenientes imprevistos. Así, a la hora octava del día, a media tarde, llegaba a la casa de Cayo julio César, esta vez ataviado con la toga ribeteada de púrpura, sin compañía y sin la descomunal carga de un millón de denarios de plata que habría equivalido a un peso de 4.530 kilos, es decir, 160 talentos o 160 hombres bien cargados. Afortunadamente lo de "metálico" era un término relativo, y Cayo Mario acudió a la cita con un cheque bancario.
Ya en el despacho de julio César, entregó a su anfitrión un rollo de pergamino.
– Todo lo he hecho lo más discretamente posible -dijo mientras César desenrollaba el pergamino y ojeaba las pocas líneas escritas-. Como veis, he dispuesto el depósito de 200 talentos de plata a vuestro nombre en manos de vuestros banqueros. No hay modo de que nadie pueda identificar que yo he ordenado ese depósito, si no es con una gran pérdida de tiempo que ningún banquero se permitiría por simple curiosidad.
– Pero es igual, porque parecerá que he aceptado un soborno. Si no fuera tan poco importante senatorialmente, seguro que alguien de mi banco informaba al pretor urbano -dijo César, dejando que el pergamino se enrollase y poniéndolo a un lado.
– Mucho dudo de que nadie haya pagado tan alto soborno, incluso a un cónsul con buena influencia -replicó Mario sonriendo.
– No había hecho un cálculo de los talentos -dijo César alargando la mano derecha-. ¡Por los dioses que os he pedido un mundo! ¿Estáis seguro de no haberos quedado empobrecido?
– En absoluto -respondió Mario, incapaz de zafarse del convulsivo apretón de manos de César-. Si la tierra de que me hablasteis vale el precio que decís, os he entregado cuarenta talentos de más, que son la dote de vuestra hija.
– No sé cómo agradecéroslo, Cayo Mario -dijo César, soltando finalmente la mano del militar, cada vez más inquieto-. No hago más que repetirme que no os vendo a mi hija, pero en este momento sí me lo parece. Y es cierto, Cayo Mario, que no vendería a mi hija. Estoy convencido de que su futuro con vos y el destino de los hijos que tengáis será ilustre. Estoy seguro de que la cuidaréis como es debido y la querréis como yo deseo. -Su voz era ronca. No habría sido capaz de conseguir una suma tan importante para la dote de Julia, como deseaba Marcia, se puso en pie un tanto tembloroso, cogió el pergamino con mayor naturalidad de la que le dictaban su mente y su corazón, y se lo guardó en la bolsa que los pliegues de la toga formaban bajo su brazo derecho libre-. No estaré tranquilo hasta haberlo depositado en mi banco. Julia… -añadió vacilante- no cumple dieciocho años hasta primeros de mayo, pero no quisiera retrasar la boda hasta medíados de julio, así que, si os parece, podemos concertar la ceremonia para el mes de abril.
– Aceptado por mi parte -respondió Mario.
– Yo ya lo había pensado así -prosiguió César, por ganas de seguir hablando y romper aquel hielo que había creado-. Es una incomodidad cuando una muchacha ha nacido justo al principio de la única época del año en que se considera mala suerte casarse. No sé yo por qué el final de la primavera y el principio del verano se consideran de mala suerte. Esperad aquí, Cayo Mario -añadió cambiando de tono-. Os enviaré a Julia.
Ahora le tocaba a Cayo Mario estar en ascuas mientras esperaba en el pequeño y ordenado despacho con profunda angustia. ¡Ojalá la muchacha no se mostrara demasiado reacia! No había advertido en la actitud de César nada que se lo indicara, pero sabía muy bien que había cosas que no se decían, y anhelaba que Julia deseara casarse por propia voluntad. Pero ¿cómo iba a desear una unión tan poco adecuada a su cuna, su belleza y su juventud? ¿Habría derramado muchas lágrimas al saber la noticia? ¿No suspiraría ya por algún joven hermoso de la aristocracia, que el sentido común y la necesidad le vedaban? ¡Vaya marido para Julia: un itálico ya mayor que no hablaba griego!
La puerta que daba a la columnata al final del jardín peristilo se abrió hacia dentro y el sol entró en el despacho como una fanfarria de trompetas, cegador, ardiente y dorado. Julia aparecía enmarcada en aquel halo, con la mano derecha alargada y sonriente.
– Cayo Mario -dijo con amable voz y risueña mirada.
– Julia -respondió él acercándose a estrechar su mano, sin saber qué hacer con ella ni cómo reaccionar-. ¿Os ha dicho vuestro padre…? -añadió con un carraspeo.
– Oh, sí -respondió ella sin que su sonrisa se borrase, antes bien aumentó, sin que en su actitud se advirtiese nada pueril ni inmaduro. Muy al contrario, parecía dominar perfectamente la situación con gran aplomo y una actitud de real poderío, aunque sumisa.
– ¿No os importa? -inquirió él, tajante.
– Me complace mucho -respondió ella mirándole con sus hermosos ojos grises, cálidos y risueños; y, como para tranquilizarle, le apretó la mano con afecto-. Cayo Mario, Cayo Mario, ¡no estéis tan preocupado! ¡De verdad que me complace mucho!
Mario alzó la mano izquierda, estorbada por los pliegues de la toga, y sostuvo la de ella entre las suyas, mirando aquellas uñas perfectamente ovales y los rosados dedos.
– ¡Ya soy un hombre mayor! -dijo.
– Pues me gustarán los hombres mayores, porque vos me gustáis.
– ¿Que os gusto?
– ¡Claro! -replicó ella parpadeando-. Si no, no me habría avenido a casarme con vos. Mi padre es un hombre amabilísimo, no un tirano. Por mucho que deseara que yo quisiera casarme con vos, jamás me habría obligado a hacerlo.
– Pero, ¿seguro que no os habéis forzado vos misma? -inquirió Mario.
– No era necesario -respondió ella con voz pausada.
– ¡Seguro que hay un joven que os gusta más!
– Ninguno. Los jóvenes se parecen demasiado a mis hermanos.
– Pero… pero… -balbució él, buscando desesperadamente algún inconveniente-… ¡mis cejas!
– A mí me parecen maravillosas -respondió ella.
Mario notó que se ruborizaba sin poderlo remedíar, y esto le hizo perder aún mayor aplomo; luego comprendió que por muy contenida y entera que ella se mostrara, no dejaba de ser una muchacha inocente, que no se daba cuenta de lo que él estaba pasando.
– Vuestro padre ha fijado la boda para abril, antes de vuestro cumpleaños, ¿os parece bien? -inquirió.
– Bueno, no digo que no, sí él lo ha decidido -replicó ella frunciendo el entrecejo-, pero yo preferiría que fuese en marzo, si a él y a vos os parece. Me gustaría casarme el día de la fiesta de Anna Perenna.