Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3) - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
1 ... 252 253 254 255 256 257 258 259 260 ... 293
Перейти на страницу:

La mujer se llevó un dedo al labio inferior.

— Ya veo. Pero necesitas una cita. Ésas son las reglas. Lo siento.

Richard se encaminó hacia la puerta abierta. Empezaba a impacientarse, pero trató de hablar con voz calmada pues no deseaba asustar a la anciana sirvienta.

— Escúchame, tengo que hablar con la Prelada o todos nosotros vamos a tener pronto una cita con el mismísimo Custodio.

— ¿De veras? —La mujer enarcó las cejas en gesto de asombro. Luego chasqueó la lengua y comentó—: El Custodio, vaya, vaya.

Richard se paró de golpe, se estremeció y lanzó un gruñido. Entonces giró sobre sus talones.

— Tú eres la Prelada, ¿verdad?

La mujer esbozó una pícara sonrisa y los ojos le brillaron.

— Sí, Richard, supongo que sí.

— ¿Sabes quién soy yo?

— Oh, pues claro que sí.

Richard suspiró.

— Así pues, ¿tú eres quien manda aquí?

La Prelada rió más fuerte.

— Por lo que he oído, eres tú quien manda ahora. Apenas llevas aquí un mes y te has ganado ya a medio palacio. Estaba pensando en pedirte a ti una cita.

— Yo te la hubiera concedido enseguida —replicó Richard con un amistoso frunce de la frente.

— Tenía muchas ganas de conocerte. —La Prelada le palmeó suavemente un brazo—. A partir de ahora puedes venir a verme cuando gustes.

— ¿Y por qué no me lo permitiste antes?

La mujer cruzó las manos debajo de sus generosos senos.

— Era una prueba, hijo mío, una prueba. Debo decir que estoy impresionada. Supuse que te costaría otros seis u ocho meses lograrlo.

La puerta se abrió de repente. Una fuerza que emanaba del collar levantó a Richard del suelo y lo arrojó violentamente contra la pared. No podía moverse y le faltaba la respiración. Dos airadas Hermanas acababan de aparecer por la puerta con las manos en las caderas.

— Vamos, vamos —les dijo la Prelada—, parad ya. Bajad al chico.

Richard cayó al suelo y fulminó con la mirada a las dos Hermanas.

— Soy yo quien convenció a Kipp y a Hersh para que hicieran eso. Es culpa mía. Si hay represalias, que sean contra mí y no contra ellos. Si les hacéis algún daño, tendréis que responder ante mí.

Una de las Hermana dio un paso hacia él.

— Ya está decidido cuál será su castigo. Esta vez, para variar, recibirán una lección. —Furiosa, lo señaló con una recia vara—. No te preocupes por ellos; preocúpate por cuál será tu propio castigo.

— Sí, hermana Ulicia —intervino la Prelada—. Creo que se impone un castigo. —La Hermana dirigió a Richard una petulante sonrisa—. A vosotras, concretamente.

La hermana Ulicia ahogó una exclamación.

— ¿Cómo, prelada Annalina?

— ¿Acaso no os di instrucciones muy precisas de que no dejarais entrar a Richard?

Las dos Hermanas se irguieron.

— Sí, prelada Annalina.

— Y aquí está. En mi oficina.

La hermana Ulicia señaló la puerta.

— Pero… ¡Pero si dejamos un escudo! Es imposible que…

— ¿Imposible? —La Hermana dejó caer la mano ante el gesto de desaprobación de su superiora—. Pues yo lo estoy viendo plantado delante de mí. ¿Acaso me engañan mis ojos, Hermanas?

— No, prelada Annalina —respondieron al unísono.

— ¿Y ahora pretendéis recompensar vuestro fracaso volviendo a vuestros puestos, como si nada hubiera pasado, y castigar su éxito? —La Prelada chasqueó la lengua—. Vosotras dos recibiréis el castigo que habéis decidido para los muchachos.

Las Hermanas palidecieron.

— Pero Prelada… —susurró la hermana Finella—. No se puede hacer eso a una Hermana.

— ¿De veras, hermana Finella? ¿Qué castigo les habéis impuesto?

— Que les azoten el trasero… públicamente… mañana por la mañana después del desayuno.

— Suena justo. Vosotras dos ocuparéis su lugar.

— Pero Prelada —susurró atónita la hermana Ulicia—. Somos Hermanas de la Luz. Eso sería humillante.

— Aprender humildad nunca ha hecho daño a nadie. En castigo por vuestra incompetencia seréis azotadas públicamente.

La hermana Ulicia se puso tensa.

— ¿Y si nos negamos, prelada Annalina?

La Prelada sonrió.

— Lo interpretaré como que ya no sois dignas de mi confianza y, además, que no deseáis seguir siendo Hermanas de la Luz.

Ambas inclinaron la cabeza. Cuando la puerta se hubo cerrado tras ellas, Richard enarcó una ceja hacia la Prelada.

— Espero no ganarme nunca tu desaprobación, prelada Annalina.

La mujer se rió entre dientes.

— Richard, por favor, llámame Ann. Así es como me llaman mis viejos amigos.

— Sería un honor llamarte Ann, Prelada, pero me temo que no soy un viejo amigo.

— ¿Eso crees? Vaya, vaya, qué chico más sabio. Bueno, no importa. De todos modos llámame Ann. ¿Sabes por qué he castigado a las Hermanas? Porque no han aceptado la responsabilidad por sus acciones. No se han dado cuenta de la importancia de ello. Estás aprendiendo a ser un mago, Richard.

— ¿A qué te refieres?

— Sabías que era peligroso contrariar a esas dos, ¿verdad? —Richard asintió—. No obstante, usaste a los dos muchachos, sabiendo perfectamente que podían salir mal parados.

— Sí, lo sabía, pero tuve que hacerlo. Era muy importante verte, y no se me ocurrió otro modo de lograrlo.

— La carga de un mago; así es como se llama. Utilizar a otros. Un mago sabio comprende que no puede hacerlo todo solo y que, si algo es suficientemente importante, debe utilizar a sus semejantes aunque eso signifique poner en peligro sus vidas. Es una habilidad extremadamente rara y al mismo tiempo esencial para ser un buen mago. Y tal vez también para ser una Prelada.

— Ann, es urgente. Debo hablar contigo.

— ¿Urgente, dices? Bueno, en ese caso ¿qué te parece si hablamos de ese asunto tan urgente mientras damos un paseo por mi jardín?

La mujer lo cogió por el brazo y lo condujo a través de la puerta abierta. Fuera, la luz de la luna se derramaba sobre un magnífico jardín con árboles, senderos, macizos de flores, plantas silvestres y un precioso estanque. Pero Richard apenas se dio cuenta de la belleza del lugar; desde que había hablado con Warren casi no podía comer ni dormir. Si el Custodio se escapaba, todos, incluida Kahlan, caerían en sus garras. Tenía que impedirlo.

— Ann, el mundo está en peligro. Necesito tu ayuda. Y necesito que me quites este collar para buscar más ayuda.

— Para eso estoy aquí, Richard, para ayudarte. ¿Qué ocurre?

— El Custodio…

— El Innombrable —lo corrigió la Prelada.

— ¿Qué más da eso?

— Llamarlo por su nombre llama su atención.

— Ann, no es más que una palabra. Lo importante es el significado de esa palabra, no una sucesión de letras. ¿Crees que si lo llamáis Innombrable en vez de Custodio lo engañáis? ¿Crees que no se da cuenta de que habláis de él? Es un error suponer que tus enemigos son ignorantes y tú eres listo.

La Prelada se rió con ganas.

— Llevaba mucho tiempo esperando que alguien se diera cuenta.

La mujer se detuvo al borde del estanque. Richard le preguntó:

— ¿Qué es «el guijarro en el estanque»?

— Tú eres uno, Richard —repuso ella con la mirada fija en el agua.

— ¿Quieres decir que hay más de uno?

Una piedrecilla flotó en el aire hasta la mano de la Prelada.

— Todo el mundo tiene un efecto sobre los demás. Algunas personas inspiran a otras para conseguir grandes cosas, mientras que otras las arrastran al crimen. Quienes poseen el don causan un efecto más profundo en quienes los rodean. Cuanto mayor es el han, mayor es el efecto.

— ¿Qué tiene eso que ver conmigo? ¿Qué tiene que ver con un guijarro en un estanque?

— ¿Ves todas esas plantas acuáticas que flotan en la superficie? Digamos que son las demás personas, el mundo de los vivos, y que este guijarro eres tú. —La Prelada arrojó la piedra al estanque—. ¿Ves lo que ocurre? Las ondas originadas por el guijarro, que eres tú, afectan a todo el mundo. Sin ti esas ondas nunca se hubieran originado.

1 ... 252 253 254 255 256 257 258 259 260 ... 293
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)