Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:
– ¿Por qué nos limitamos a hablar del cuadro? -preguntó Gabriel-. También han desaparecido las joyas y el dinero. ¿Por qué estás tan seguro de que el objetivo era el cuadro?
– Pero si tú mismo acabas de decir que…
– ¿Y qué? -replicó Gabriel enfadado-. Lo he pensado mejor. Aunque, en el fondo, da igual.
– El tipo ese, ¿Balilty? -le dijo Theo a Michael-, opina que el resto de los objetos tenían menos importancia. Pero no sabe cuánto dinero había en la casa, ni tampoco nosotros lo sabemos con exactitud. Lo único que sabemos es dónde estaba -volvió a fijar la vista en Michael y prosiguió-: Nuestro padre no confiaba en los bancos. A raíz de la bancarrota del Feuchtwanger. La recuerda, ¿verdad? -Michael asintió desganadamente y echó una ojeada a Nita por el rabillo del ojo. Se la veía ajena a todo. Ya no podría contar con ella. Eso lo tenía cada vez más claro, pero no debía dejarse arrastrar por el pánico. Lo mejor sería ver cómo se iban desarrollando los acontecimientos. Y, entretanto, prestar atención a Theo, que decía-: Como perdió todo el dinero que tenía en el Feuchtwanger, comenzó a guardar moneda extranjera en casa. Tenía un escondite, más de uno. Era mucho dinero, y yo sabía dónde estaba, me lo enseñó. Y a Nita también -se volvió hacia Gabriel-. ¿Y a ti? ¿También te lo enseñó a ti?
Gabriel asintió con la cabeza.
Theo se levantó del sillón de mimbre y empezó a pasearse una vez más arriba y abajo.
– Yo creía que a ti no te lo había enseñado. Tú no estabas en Israel en aquella época, creía que…
– Me lo enseñó a mi regreso. Por si le ocurría algo estando tú en el extranjero. Le preocupaba mucho Nita -Nita se estrechó las rodillas con los brazos.
– Quería tomar precauciones por si le ocurría algo de repente -continuó Theo-. Tenía mucho dinero. La última vez que me lo mostró, había decenas de miles de dólares en florines. Le pregunté por qué se le había ocurrido comprar precisamente florines. No me respondió. Así era éclass="underline" cuando no le apetecía responder, se quedaba callado -Theo resopló y se enjugó la cara-. ¿Te lo explicó a ti, Gabi?
– No, no tengo ni idea -repuso Gabriel lánguidamente. Y volvió a clavar la vista en la alfombra.
– Lo que no comprendo -dijo Theo- es qué piensa hacer con el cuadro quien se lo haya llevado. No lo podrá vender. ¿Para qué robarlo, entonces? -miró a Michael, como si esperase que él se lo aclarara.
En contra de su voluntad, Michael, que trataba de pasar desapercibido, se sintió obligado a expresar su opinión. Señaló para empezar que aquél no era su campo y que no estaba muy al tanto de esas cuestiones. Pero sí sabía que cuando se presentaba un caso de las mismas características, la policía nacional solía requerir la colaboración de la Interpol. Tenía entendido que detrás de este tipo de robos había por lo general un coleccionista.
– Por lo visto, así fue cuando robaron la colección de relojes del Museo Islámico de Jerusalén -por eso resulta tan difícil localizar los objetos robados, tuvo la tentación de añadir, pero se contuvo.
– ¡El escocés! -exclamó Theo-. Quizá fue él quien envió a los ladrones ya que padre no le quería vender el cuadro.
– No digas tonterías -replicó Gabriel a la vez que se enderezaba-. Yo también lo conozco. Lo conocimos a la vez, ¿te acuerdas? Es un hombre agradable, tú mismo lo has dicho. Su deseo de comprar el cuadro que le falta es muy comprensible. Ya tiene los otros dos. El escocés no haría daño ni a una mosca.
– ¿Qué sabemos nosotros de lo que es capaz de hacer la gente? -preguntó Theo.
– ¡No ha sido el escocés! -insistió Gabriel.
– En primer lugar -dijo Theo-, la muerte de papá ha sido un accidente. No pretendían matarlo, ha muerto porque… -echó una ojeada a Nita, que apenas daba señales de vida-. Se asfixió. Por culpa de la mordaza y de su enfisema -Theo dirigió una mirada fugaz a Michael-. Nuestro padre tenía un enfisema en fase avanzada. Algunos días necesitaba conectarse a una botella de oxígeno -volvió a mirar a Nita y luego a Gabriel-. Por eso ha muerto. Hay una expresión médica específica. El doctor la dijo -concluyó, mirando a su hermano.
– Oclusión de las vías respiratorias -dijo Gabriel sin levantar la cabeza.
Theo se volvió hacia Michael.
– Su compañero, el policía -dijo-, no entendía por qué eligieron ese momento para entrar en la casa. Podrían haber entrado cuando padre estaba en el dentista, como muy bien dijo él, o en el concierto, o en la reunión semanal de su logia masónica.
– Si es que llegó a ir al dentista -apuntó Gabriel. Theo quedó paralizado. Nita levantó la cabeza de las rodillas y miró a Gabriel-. Puede que cancelara la cita. Tal vez, ni siquiera tenía una cita -susurró Gabriel. Su voz cobró fuerza cuando añadió-: Papá detestaba ir al dentista. Y quería asistir al concierto. Ir al dentista justo antes de un concierto en el que íbamos a actuar los tres sería lo último que le apetecería.
– Eso es muy fácil de comprobar -terció Michael.
– Mira que terminar así después de todo lo que tuvo que soportar en la vida -declamó Theo, como si sus palabras ya no le pertenecieran y sólo las pronunciara por la compulsiva necesidad de escuchar su propia voz-. Después de todo lo que tuvo que soportar -repitió, y una vez más se puso en pie para deambular de un lado a otro, las manos en los bolsillos-. Y yo que pensaba que no se había encontrado con fuerzas para ir al concierto -dijo de pronto, parado junto a Gabriel-. Debemos llamar al dentista -aseveró.
– Eso déjaselo a la policía -replicó Gabriel abruptamente-. ¿Para qué perseguir ahora al dentista? Papá ha muerto. Todo lo demás da igual. No quiero seguir hablando de esto -las mejillas se le iban hundiendo más y más, las ojeras resaltaban bajo sus inflamados ojos, su respiración estentórea resonaba en la sala.
Theo se inclinó a coger el paquete de tabaco que Michael había dejado sobre la mesita de cobre.
– ¿Me permite? -preguntó. Y, sin esperar a que le respondiera, encendió un cigarrillo. Una nube blanquecina envolvió a Gabriel, que agitó los brazos para disiparla.
– Gabi -dijo Theo de pronto-, hay algo que no comprendo. Quizá… deberíamos esperar a estar a solas. Quería preguntarte… en fin, no tiene importancia -echó una ojeada a Michael y quedó en silencio.
Nita los miró a ambos. Abrió de par en par los ojos, que parecían más claros en contraste con las ojeras. En torno al verde grisáceo de los iris se veían finos anillos oscuros, que parecían líneas trazadas para delimitarlos. Era la primera vez que Michael se fijaba en ese detalle.
– ¿Qué ibas a decir, Theo? -preguntó Nita con impaciencia-. Deja de tratarme como si fuera una niña. Ya no es necesario que me ocultéis nada. He demostrado que soy capaz de soportar…
– No es por ti, Nita -dijo Theo, y le dirigió una mirada implorante-. De verdad que no. Aunque para mí siempre hayas sido mi hermanita pequeña. ¿Qué le voy a hacer? Pero me ha parecido… -giró la cabeza hacia Michael y luego volvió a mirar a Gabriel-. No es por nada especial, pero…
– Puedes hablar con toda libertad delante de él -dijo Nita-. Para mí, es uno más de la familia. Confío en él plenam… confío en él -quedó en silencio y bajó la mirada.
– Pero yo apenas lo conozco -explicó Theo-. No sé por qué debería fiarme de él -hizo un ademán y masculló-: Usted me disculpará, no es nada personal.