Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Un asesinato musical
Un asesinato musical - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
1 ... 26 27 28 29 30 31 32 33 34 ... 124
Перейти на страницу:

– ¡No estés tan seguro! El conservador del Museo de Tel Aviv me explicó ayer que ni siquiera los museos son muy escrupulosos. Pueden realizar una compra con inocencia real o fingida, y luego guardar el cuadro en los sótanos. Los conservadores de museos también son humanos -Balilty soltó una risita-. No dejarán pasar la oportunidad de dar un buen golpe. No te olvides de que son coleccionistas compulsivos. Y, para colmo, se pueden justificar aludiendo al bien público. ¡Y no digamos ya los coleccionistas privados! Eso es todo un mundo. Son una raza aparte. Esas personas necesitan poseer las cosas. Tienen castillos en Suiza o en sitios por el estilo, y casas de veraneo en el campo, yo qué sé… No es una cuestión de dinero, ni de imagen… No acabo de entenderlo -reconoció.

– Es un asunto extraño, desde luego -masculló Michael-. Hay que reflexionar mucho para comprenderlo.

– ¿Qué hay que comprender? -replicó Balilty-. No es tan complicado. La codicia, la avaricia, el ansia de poder… todo lo relacionado con el dinero y las propiedades en general es aplicable también en este caso -dijo con desdén-. El hecho de que se trate de cuadros, de obras de arte, te hace pensar que detrás del asunto hay impulsos más nobles, pero no es así. Creer en motivaciones más elevadas es un error. No es más que simple codicia, avaricia, en un terreno que nos inspira respeto. Basta sustituir la palabra «cuadro», y encima cuadro del siglo XVII, por, digamos, «diamantes», para poner las cosas en su sitio.

– Yo no lo veo así -dijo Michael-. Tú mismo has dicho que no obtienen ningún beneficio. Es algo más complejo. Está relacionado con el amor a la belleza, con la comunión íntima con la belleza, con el deseo de estar cerca de la belleza, en contacto directo con ella, de incorporarla casi, se podría decir. Y es precisamente el secreto lo que da sentido a poseerla. Es muy complicado, ciertamente. Supongo que los psicólogos tienen mucho que decir al respecto -concluyó con una voz cada vez más tenue.

Balilty había adoptado un gesto de escepticismo. Michael encendió un cigarrillo, sabedor de que la conversación iba girando cautelosamente en torno al asunto del que no hablaban, del que evitaban hablar. Tzilla y él llevaban un par de días cavilando sobre cómo abordar a Balilty. Ella lo había esperado esa mañana a la entrada de las dependencias policiales.

– No vamos a poder mantenerlo en secreto -le dijo-. Ya estoy recibiendo llamadas. Quieren saber cómo se lo está tomando Nita. «En la Agencia de Bienestar Infantil concedemos extrema importancia a la salud mental de la madre adoptiva» -repitió sarcásticamente, e hizo una mueca-. Ve preparándote para recibir más visitas suyas -le advirtió-. Están «desconcertados», es un asunto «sin precedentes». Eso han dicho.

– ¿Y qué hay de la madre? ¿Se ha descubierto algo? -preguntó Michael inquieto.

– Nada en absoluto -respondió Tzilla-. Carecen de pistas porque la niña no es una recién nacida y no saben cuándo ni dónde nació. Tratar de localizarla en los registros de nacimientos del país de los últimos dos meses es como querer encontrar una aguja en un pajar. Y eso es precisamente lo que están haciendo. No infravalores a Malka, no es tan torpe como parece. Y es muy concienzuda.

– Puede que diera a luz en casa. No tiene por qué haber sido en un hospital -señaló Michael.

– Tal vez -dijo Tzilla dubitativa-. Y quizá la madre se ha ido de Israel -añadió-. Tal vez es una beduina o una árabe que dio a luz en su aldea. A veces tienen hijos de piel muy clara. Puede que el padre sea un judío. En cualquier caso, yo no trataría de ocultárselo a Balilty.

– ¿Qué opina Eli? ¿Se lo has contado? -Michael suponía que Tzilla se lo habría contado a su marido. Los tres habían trabajado juntos durante muchos años, y Michael había sido testigo de las vicisitudes de su relación, desde los tiempos en que Eli cortejaba a Tzilla discreta y persistentemente, hasta su boda y el nacimiento de sus dos hijos. Confiaba en la lealtad de Eli. Pero una cierta vergüenza inspirada por el deseo de quedarse a la niña le impedía abordar el asunto sin rodeos.

– Él opina lo mismo -dijo Tzilla, bajando la vista.

– ¿Qué opina?

– Que debes confiar en Balilty.

– Con esa lengua que tiene -reflexionó Michael en voz alta.

– Yo lo he visto comportarse con discreción. Además, no tienes alternativa -dijo Tzilla-. Sería complicarte la vida. Y, al final, lo descubrirá. Siempre lo descubre todo.

Michael volvió a sentir un nudo en el estómago, un nudo vibrante para el que no había justificación objetiva. Aun cuando Balilty se enterase de la existencia de la niña y del acuerdo con Nita, jamás se le ocurriría ir a denunciar a la Agencia de Bienestar Infantil que no eran una verdadera pareja. Entonces, ¿de qué tenía miedo? Del mero hecho de que lo supiera, se dijo Michael mientras miraba por la ventana y pegaba una calada. De una implacable intromisión en sus flaquezas. Balilty se burlaría de su sentimentalismo. «Que te pongan en ridículo y te hagan pasar por tonto… eso es lo que te da miedo», se dijo.

De pronto lo atenazó el pánico al pensar que el mundo exterior iba a inmiscuirse en su intimidad: el rostro de la nena, sus mejillas cada vez más redondeadas, sus grandes ojos que lo contemplaban mientras le daba el biberón o la sujetaba en alto. Desde hacía un par de días, Michael había creído percibir incluso un atisbo de gesto, una especie de espasmo de los labios, que él habría identificado sin lugar a dudas con una sonrisa, si no fuera por el empeño de Nita en que aún era demasiado pronto para que la nena sonriera. De no ser por su relación con Nita, no se vería ahora en este atolladero. Pero sin su relación con Nita, no habría superado la prueba de la familia adoptiva. Hablaría con Balilty, sí, tomó esa decisión mientras Tzilla le daba una palmadita en el brazo y, volviendo la cabeza, le decía:

– Me voy corriendo. Como llegue tarde, me matan.

Y se alejó a largas zancadas, sus zapatillas deportivas rechinando con cada paso. Tenía que asistir a una reunión del Equipo Especial de Investigación dedicado a un caso que venía ocupando los titulares desde hacía seis semanas. Una pareja que había sido hallada estrangulada dentro de su coche.

Y ahora, a la vez que echaba la ceniza sobre los posos del café, Michael se ratificó en la decisión de hablar con Balilty, e incluso tal vez de recabar su ayuda. Al final la madre sería descubierta. Era imposible ocultar la desaparición de una niña. Salvo, quizá, en caso de abandono del país, muerte o cambio de identidad.

– Sí, no es una cuestión de dinero -dijo Balilty meditabundo-, y los cuadros ni siquiera se coleccionan como inversión -salió de su ensimismamiento y añadió-: Pero ¿de qué estamos hablando? ¿De la psicología de los coleccionistas? ¿De eso querías hablar conmigo?

Balilty había adoptado un gesto impasible, como si pretendiera defenderse de antemano de posibles manipulaciones. No tenía sentido continuar eludiendo el asunto. De pronto, se hizo patente que Balilty lo sabía. Como los jefes de un par de clanes de beduinos dispuestos a posponer una discusión decisiva con ayuda de sus ritos tradicionales, Michael y Balilty se demoraban sentados a ambos lados de la mesa, con sendos cafés delante.

– Estás trabajando con la Interpol -dijo Michael, en un intento de conseguir una prórroga.

Balilty se encogió de hombros.

– Por estos pagos no hay mucho que hacer. Necesito información de Europa, es evidente.

– Hacía mucho que no te veía tan pesimista sobre un caso -señaló Michael. Hablaban en tono relajado, como si no tuvieran ningún asunto urgente en el orden del día.

– ¿Qué voy a hacer desde aquí? -dijo Balilty, desdeñoso, a la vez que daba vueltas a la taza de café con su manaza y examinaba el contenido cual adivino concentrado en leer los posos-. Algunos extremos no están claros en absoluto. Principalmente que no aprovecharan un momento en que Van Gelden no estuviera en casa. Eso es lo que más llama la atención. Era un hombre de costumbres, podrían haberlo hecho sin matarlo. Es muy raro que unos profesionales de este estilo se impliquen en un asesinato. Y ni siquiera ha sido por un Picasso.

1 ... 26 27 28 29 30 31 32 33 34 ... 124
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)