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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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– Es una hipocresía -masculló-. ¿Sabes cuántas personas hay en Israel hoy día a quienes les importa lo más mínimo? ¡Han muerto todos! ¡Han pasado cincuenta años! ¿A quién puede importarle?

– A papá le importaba.

– ¿Sabéis que estos últimos meses se ha estado retransmitiendo a Wagner en la radio nacional de Israel? En La voz de la música. Dos o tres veces por semana, sin que nadie se rasgara las vestiduras.

– ¿Conque sí, eh? -replicó Gabriel-. ¿Así que nadie se ha rasgado las vestiduras? La primera vez que pusieron un fragmento de Tannhäuser, el presentador tuvo que pedir disculpas por un fallo técnico. Se produjo más de un minuto de silencio en las ondas, como si alguien hubiera saboteado la retransmisión. Además, tuvieron que pedir a los oyentes que dejaran de llamar a la emisora. Eso demuestra lo poco que le interesaba a la gente -un rubor oscuro tiñó su cara mientras hablaba; aunque se dirigía a Theo, evitaba mirarlo a los ojos.

Theo dio una chupada al cigarrillo.

– Yo no he tenido la culpa de que muriera -dijo débilmente.

– No deberías habérselo contado -insistió Gabriel, que parecía haberse calmado un poco; volvió a sepultar el rostro en las manos.

– No podía mentirle -alegó Theo-. Ya no soy un niño, tengo derecho a formarme mis propias opiniones. No hay ningún motivo… Wagner es un gigante, no se puede hacer como si no existiera.

– De eso a celebrar un Bayreuth en Jerusalén hay un gran paso -dijo Gabriel enfadado.

– No era más que una manera de expresarlo -explicó Theo-. Llevará su tiempo…

– Entonces deberías tener más cuidado con lo que dices -exigió Gabriel, y alzó la cabeza, todavía congestionado-. Ahora debemos tomar una decisión sobre la shivá. En cualquier caso, no habrá entierro.

Michael sintió que se le tensaban los músculos.

– Claro que lo habrá -intervino Nita-. No estoy dispuesta a donar el cuerpo de nuestro padre para la investigación médica. Lo han asesinado. Así las cosas, la policía realizará una autopsia. Me niego a donar el cuerpo.

– Si padre dio a conocer su intención, lo vas a tener difícil. Si lo especificó en el testamento, tiene derecho legal a que se cumpla su voluntad -dijo Gabriel.

– No lo especificó en el testamento -dijo Theo.

– ¿Cómo lo sabes? -preguntó Gabriel, mirándolo a los ojos.

– ¿Lo sabes tú? -le replicó Theo.

– Sí, lo sé -dijo Gabriel-. Padre me habló de su testamento.

– Y a mí también -replicó Theo-. Por eso sé que quería reformarlo para incluir ese punto. La cuestión es si Spiegel también lo sabe. Si padre le consultó su opinión. Es un asunto legal. No tiene nada que ver con la familia.

– ¡Quiero que tenga un entierro como es debido! -insistió Nita-. Y que no sea dentro de un año. Estoy harta de la mentalidad científica y liberal holandesa, quiero… enterrar a mi padre -dijo en son de desafío-. Vamos a hacerlo como está mandado, por favor -murmuró a la vez que agachaba la cabeza-. Padre no sabía que iba a morir maniatado. No ha tenido una muerte decente, démosle al menos un entierro decente. Por cierto, ¿dónde está Herzl? ¡Tenemos que comunicárselo!

Ambos hermanos miraron a Nita y luego cruzaron una mirada entre ellos. A Michael le palpitaba el corazón. Si no había entierro, si no se publicaba una esquela, tal vez la enfermera Nehama no llegaría a enterarse de nada. Pero eso era esperar demasiado. ¿Quién sería Herzl?, se preguntaba sin atreverse a dar voz a su curiosidad.

– Y otra cosa -dijo Nita con una voz decidida y en absoluto apagada-, ¡quiero decir otra cosa y que os quede bien claro de una vez por todas! Se ha acabado eso de no tenerme en cuenta. ¡Quiero saber lo que pasa! ¡En todo momento! Quiero saber todo lo que sabéis vosotros. Ya tengo treinta y ocho años, por si no os habíais enterado.

– Durante este último año -dijo Theo con cautela-, ha sido imposible hablar contigo de nada.

– ¡Nunca lo has intentado! -replicó Nita-. Nunca has venido a contarme que soñabas con celebrar un festival de Wagner en Jerusalén. ¿Estás loco? -preguntó repentinamente, como si acabara de captar el significado de aquellas palabras-. ¿Le contaste a papá una cosa así? ¿Después de lo de Yehudi Menuhin y todo lo demás?

– ¡Y dale con Menuhin! -se quejó Theo-. Nadie le rompió la mano -insistió con cansancio-. Es una de esas leyendas promovidas por los ideólogos.

– Y ahora os pregunto: ¿por qué nadie informa a Herzl?

– Ya oíste lo que le hemos explicado al policía esta noche -dijo Gabriel-. Herzl ha desaparecido. Llevo un par de meses tratando de dar con él para…

– ¿Qué significa que ha desaparecido? -lo interrumpió Nita-. ¿Se lo ha tragado la tierra? No puede estar en el extranjero. Detesta salir del país. Y no ha muerto, porque nos habríamos enterado. ¿Cómo es posible que, después de tantos años, no se entere de la muerte de padre ni asista al entierro?

– Si queréis, llamaré a Spiegel -dijo Gabriel- para enterarme de cuál es la situación legal con respecto… -el timbre de la puerta lo interrumpió.

– ¿Es la prensa? -preguntó Theo alarmado-. ¿Se nos van a echar encima los periodistas?

– ¿Cómo va a ser la prensa? -lo tranquilizó Gabriel-. Nadie sabe que estamos aquí. Precisamente, por eso hemos venido. Nita no es una figura pública como tú, o incluso como yo.

Se oyó el timbre de nuevo.

– ¿Crees que ya se habrán enterado? -insistió Theo, todavía nervioso.

– ¿Qué más me da? Aquí no van a venir. Y si vinieran, no hablaríamos con ellos. No nos pueden obligar. Tienen que comprender que ni siquiera tú vas a colaborar ni a ser amable con ellos en un momento como éste -añadió Gabriel con amargura.

Michael dirigió una mirada a Nita. Ella se la devolvió con aire implorante. Michael fue a abrir la puerta a la niñera y se quedó contemplando su ancho rostro, coronado por una babushka, mientras la mujer escudriñaba perpleja la escena con la que se había encontrado: Nita sentada en el pequeño sofá, Gabriel en el sillón de mimbre y Theo de pie en medio de la habitación, donde había detenido su deambular y donde un rayo de sol relumbraba sobre la negra raya de raso de sus pantalones. Michael acompañó a la niñera a la habitación de los niños y le explicó la situación. Observó el aturdido desconcierto que se pintaba en el semblante de la mujer y sus dedos encallecidos tironeando de la babushka. Quedó a la espera de que la mujer reaccionara, y al fin ésta suspiró y dijo:

– Pobrecillos. Pobrecillos. Pobrecillos.

Con absoluto desapego, Michael la contempló mientras se enjugaba los ojos, inflamados como muchas otras veces. Era una mujer sencilla, cuyo rostro se encendía de dicha cuando sujetaba al nene en los brazos. También ahora un apagado rubor se extendió por sus mejillas cuando se inclinó sobre la cuna y le echó una ojeada a la nena, a la vez que emitía sonidos ininteligibles, que a Michael le recordaron las bendiciones y juramentos lanzados por su abuela. La mujer apoyó los brazos en la barandilla de la cuna de Ido y sus pulseras de oro tintinearon. Ido abrió los ojos. La niñera estiró los brazos y enseguida tenía al niño bien apretado contra el pecho, sus mejillas rozándose, el rostro de ella radiante. Michael le preguntó si podía hacer unas horas extras y dar a Ido un paseo más largo de lo habitual. Ella asintió de buena gana y masculló: «Pobrecillos. Pobrecillos», y puso a Ido sobre la mesa para cambiarle el pañal.

– No vamos a dejarlos solos, claro que no. ¿Y la pequeñita?

– preguntó inclinada sobre Ido, que pataleaba y trataba de darse la vuelta; lo sujetó por el vientre con la enrojecida mano-. ¿Qué debo hacer con la pequeñita?

Entonces sonó el teléfono. Nita llamó a Michael.

– ¿Es verdad? -le preguntó Tzilla, que era quien llamaba-. Lo he oído en las noticias. Nita me ha dicho que sí. ¿Es verdad? -Michael se lo confirmó-. ¿Qué tal sobrelleváis la situación? ¿Y ahora qué? -preguntó con reserva.

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