Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:
– Horas no han sido, eso tenlo por seguro. Es cuestión de minutos, cuando no de segundos -dijo Michael con aplomo.
– ¿Es verdad eso? ¿O lo dices por decir?
– Es verdad. Lo sé.
– Sea como fuere, es espantoso. No sé cómo… cómo voy a… Bueno, ¿qué tal está Ido?
– Muy bien. Profundamente dormido. De momento no hace falta que te preocupes por él.
– Se lo han llevado. Se lo han llevado de aquí. Sólo quedamos nosotros y un policía que está esperando a que nos vayamos para precintar el piso, según dice.
– Siento mucho no poder estar contigo.
Nita hizo caso omiso del puente que le tendía. Su voz apagada tembló al decir:
– Porque no han terminado el registro. Hasta que acaben, no podemos tocar nada salvo lo que hay en la cocina.
– ¿Cómo que no han terminado? -estaba asombrado-. ¿Se han ido sin haber acabado el registro?
– Uno sigue aquí, el que no para de hablar.
– ¿Balilty?
– Sí -susurró Nita-. Oye -prosiguió con voz trémula-, ya sé que no quieres que diga que te conozco. Y no he dicho nada, pero ¿no sería mejor…?
– No -respondió Michael con firmeza-. Ya te lo explicaré, confía en mí. Es un profesional de primera, créeme, hará todo como es debido sin necesidad de que menciones mi nombre.
Nita quedó en silencio.
– Pregúntale cuándo puedes irte a casa.
– Ya se lo he preguntado. No me ha respondido. Habla mucho, pero nunca te contesta si le preguntas algo.
– No tendréis que esperar mucho más -prometió Michael.
– Como si eso importara ahora -barboteó Nita-. Ahora todo, absolutamente todo… -su voz volvió a adquirir un tono apagado. Al fondo se oían voces masculinas-. Quieren que vaya a repasar la lista de joyas. Como si ahora importase algo.
Michael no volvió a conciliar el sueño. Ido sólo se despertó una vez, la niña dos. Pero, entretanto, Michael fue incapaz de dormir. Se tendió con la niña sobre el pecho. Ella tenía la cara sepultada en el cuello de Michael y los piececitos le llegaban a su cintura. De tanto en tanto la nena respiraba hondo, se estremecía y cambiaba de postura la cabeza. Al cabo, Michael la dejó en la cuna. Tampoco lograba concentrarse en la lectura. Tumbado en la oscuridad, se dedicó a fumar, mirando la punta incandescente del cigarrillo, el oído atento a los sonidos procedentes de la calle, pese a que sabía perfectamente que no iba a oír el motor del coche que trajera a Nita a casa. Se detendrían al otro lado del edificio, a donde daba el balcón de la cocina y no las cristaleras de la sala. Acabó por levantarse para ir al balcón de la cocina, donde siguió fumando junto a la barandilla, tirando la ceniza en un tiesto vacío. Y así, bajo la primera luz pálida y lechosa del amanecer, vio a Gabriel van Gelden sujetando a Nita del brazo para ayudarla a apearse del coche y conducirla a casa.
3
– ¡Quién podría haberlo imaginado! -exclamó Theo van Gelden a la vez que se detenía junto a la puerta del dormitorio de Nita. Se quedó mirando la puerta cerrada y luego reanudó su lento deambular por el estrecho pasillo. Llevaba las manos metidas en los bolsillos. De tanto en tanto, a intervalos regulares, pegaba una patada en el suelo, como obedeciendo a un ritmo que le dictaran desde fuera-. Después de todo por lo que ha tenido que pasar en la vida -dijo mientras se aproximaba a la sala, donde estaban sentados Nita y Gabriel-. Un hombre llega a los ochenta y dos, después de sobrevivir a la ocupación nazi de Holanda, después de que le salven la vida una y otra vez, ¡y termina sus días asesinado por un ladrón en su propia casa, en el Estado de Israel!
Ya eran las seis de la mañana y el aguacate de los sándwiches preparados por Gabriel comenzaba a negrear. Gabriel había sido el único que había comido un bocado y había bebido un par de tazas de café. Theo se había limitado a mordisquear distraídamente la miga de un trozo de pan blanco, mientras Nita ni siquiera había mirado la mesita de cobre donde reposaba el plato de comida. Michael supo, desde el instante en que colgó el teléfono tras su primera conversación con Theo, que la opresión que sentía no se iba a disipar. Y en cuanto se hubo enterado de que Danny Balilty era el jefe del Equipo Especial de Investigación, expulsó de su mente todo pensamiento explícito sobre el futuro de la niña. En ese momento lo invadió el convencimiento, súbito y claro como un relámpago, de que la existencia de la nena ya no se podría mantener en secreto. Cuando Danny Balilty estaba implicado en un caso, había que dar por descontado que, a su singular y despreocupada manera, con esa especie de despiste indiferente, desvelaría hasta el último retazo de información al que lo guiara su buen olfato. Al ver a Nita en el umbral, las piernas enfundadas en las medias, los zapatos de tacón en la mano, todavía con su negro traje de noche, un gesto ausente y petrificado en la cara, el remordimiento acongojó a Michael por estar preocupándose de cómo mantener la confidencialidad, de sus propias inquietudes, de cómo conservar a la nena. La estructura que supuestamente iba a protegerlos a ambos se había venido abajo en un instante. Lo que parecía un lugar seguro se había derrumbado como un castillo de naipes. Y como siempre le sucedía últimamente, o más bien desde el momento en que encontró a la nena, sintió miedo de perderla. Estaba abrumado por la amenaza de lo irreversible, de una pérdida para la que no habría consuelo. Desecharía esos pensamientos y dejaría que la ansiedad se deslizara como una rama a la deriva en la corriente general de inquietud, trataría de pensar en Nita.
Nita le dio el biberón a Ido, despertado por la llegada de los Van Gelden, y luego sepultó el rostro en el cuello de su hijo. Le cambió el pañal, sonriéndole. Michael se había ofrecido a hacerlo él, pero Nita rechazó, obstinada, su ofrecimiento. Apoyó la mejilla en el mullido pecho de Ido y se puso a hablarle en susurros. Al cabo, lo metió en la cuna y tomó asiento en el sofá, y allí se quedó en silencio, abrazándose las rodillas contra el cuerpo. A Michael le resultaba lo más natural del mundo hacerles compañía a ella y a sus hermanos en esos momentos. Había pasado muchas horas de su vida con personas dolientes como consecuencia de un asesinato, había escuchado sus conversaciones, les había hecho preguntas. Pero esta vez era diferente. Esta vez no tenía nada que preguntar, y además sentía a Nita muy próxima y, al mismo tiempo, muy distante.
– No es seguro que haya sido un robo normal y corriente -corrigió Gabriel a su hermano-. Puede haber sido alguien que venía directamente a por el cuadro. Ya has oído lo que ha dicho el policía.
Michael quiso preguntar qué había dicho el policía, pero no hubo necesidad, porque Theo, que no podía dejar de hablar, tal como no podía dejar de pasearse de un extremo a otro de la sala, se detuvo junto a las cristaleras, contempló las colinas envueltas en niebla y murmuró:
– He oído lo que ha dicho. Pero no es más que una especulación. Han robado todo el dinero, los dólares y los florines han desaparecido de donde los tenía guardados. Y han puesto toda la casa patas arriba, se han llevado los papeles y las joyas. ¿En qué se basa el policía ese, el tipo ese que nos ha preguntado a nosotros, a nosotros, que dónde estábamos antes del concierto?
– Hazme un favor, Theo -dijo Gabriel-, deja quietas las llaves. No soporto más ese ruido.
Theo se sacó la mano del bolsillo y arrojó sobre la mesa el manojo de llaves que no había cesado de agitar. El director de orquesta seguía llevando los pantalones del esmoquin, pero se había quitado la chaqueta. Sus gemelos de madreperla ribeteados en oro destellaron cuando se detuvo bajo la lámpara e hizo un ademán. Después reanudó su deambular por el pasillo, echó una ojeada a la habitación de Ido y comentó que los niños tenían la gran suerte de quedarse dormidos en cualquier circunstancia. Luego continuó paseándose por la sala.