Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Un asesinato musical
Un asesinato musical - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
1 ... 23 24 25 26 27 28 29 30 31 ... 124
Перейти на страницу:

– ¿Ni siquiera después de lo que te he dicho? -preguntó Nita y se le humedecieron los ojos.

– ¿Qué ibas a decir, Theo? Vamos, dilo. A mí no me importa -lo animó Gabriel con una voz ahogada que parecía proceder de la alfombra.

Michael se fue a la cocina a preparar café. Hasta allí llegaba el sonido de los susurros de Theo. Pero no alcanzó a distinguir las palabras hasta que le oyó decir casi a voces: «No comprendo por qué. ¡Al menos me lo podrías explicar!». De nuevo se oyeron murmullos, sin que Michael lograra identificar a quien hablaba. Regresó a la sala y dejó el café sobre la mesita de cobre. Era consciente de que la conversación se había interrumpido al llegar él. Le puso delante a Nita una taza de té, pero ella hizo un gesto negativo a la vez que se señalaba la garganta para indicar que la tenía atascada.

– ¡No te vayas! -le dijo a Michael cuando éste inició una retirada hacia el dormitorio.

Theo cogió sus gafas de la mesita y se las puso. Rodeó el sillón de mimbre donde descansaba su hermano, se detuvo junto a las cristaleras y luego se sentó. Como Gabriel persistía en su silencio, Theo volvió a tomar la palabra:

– Nita no tiene ningún problema. No tiene nada que ocultar. Todos sus movimientos se conocen gracias al niño. Pero yo, por ejemplo, sí prefiero guardarme algunos asuntos para mí. No me gusta que metan las narices en mi vida, y, a pesar de todo, se lo conté al policía, aunque ya viste que me resultó violento. ¿Por qué te quedaste callado? Para él es una mera cuestión de procedimiento. Nadie sospecha que ninguno de nosotros… -se interrumpió y lanzó un bufido sardónico.

Gabriel permaneció impasible.

– Pero ¿qué estás buscando en la alfombra? -estalló Theo-. ¿Por qué no me respondes?

– Theo -suplicó Nita-. Dejadlo estar. No comprendo cómo podéis enzarzaros en una discusión en estos momentos.

– Me he limitado a preguntarle algo -se defendió Theo-. No es una discusión, no nos hemos enzarzado… sólo quiero saber por qué no ha querido decírselo. ¿Por qué no le explicaste dónde habías estado?

Gabriel levantó la vista de la alfombra. Su rostro, a contraluz y orlado por una barba castaño rojiza, parecía una máscara que representara la rabia. Torció la boca en una falsa sonrisa.

– ¿Y a ti qué te importa? -le espetó a Theo-. Lo único que te preocupa son tus conciertos en Japón y que ninguno de nosotros deje de trabajar y que nada interfiera en tus planes, Dios nos asista. Y, hablando de planes, ahora tienes el campo libre para seguir adelante con el concierto de Bayreuth sin que nadie te lo impida. Quiero que sepas que nunca te perdonaré el último ataque que le provocaste a papá, cuando le hablaste del festival de Wagner. Sufrió un ataque, pero tú te largaste pegando un portazo. Y yo me tuve que ocupar de la botella de oxígeno y de todo lo demás. ¿No podrías haber esperado a que… muriera en paz? No, tenías que imponer tu voluntad, contarle lo de Wagner, y luego largarte. Así que ¿a cuento de qué voy yo a darte explicaciones? -Gabriel sepultó el rostro en las manos, sus hombros temblaban. Por entre sus dedos escapó un sonido a caballo entre el sollozo y el gruñido.

Theo apagó el cigarrillo en un cenicero azul. Su tez se había demudado hasta el verde pálido. Se cruzó de brazos. Michael miró a Nita. Ella retiró los brazos de sus rodillas y miró a Theo asustada.

– ¿Qué pasa? ¿Theo? ¿A qué se refiere Gabriel?

– A nada, no tiene importancia. Olvídalo -dijo Theo-. Es irrelevante, de verdad.

– ¡Quiero enterarme! -exigió Nita, y en sus ojos apareció un brillo enérgico cuando añadió-: Estoy harta de que me ocultéis las cosas. Tengo treinta y ocho años, soy madre de un niño. ¡Ya va siendo hora de que dejéis de considerarme una niña!

– No fue culpa mía -dijo Theo, dirigiéndose a la cabeza inclinada de su hermano-. A papá le llegó la noticia por otro lado, y luego, cuando me preguntó si era así, ¿qué quieres que hiciera? ¿Mentir? ¿Decir que no sabía nada de eso?

Theo encendió otro de los cigarrillos de Michael. A Michael también le apetecía fumar, pero prefirió no moverse para no llamar la atención. Estaba muy quieto, y hasta respiraba con cautela para que siguieran olvidados de su presencia.

– ¿Qué noticia le llegó? ¿Cómo se enteró? ¿De qué estáis hablando? ¿Por qué nunca me contáis nada? -Nita concluyó la última frase casi en un alarido. Había una nota de histeria en su voz, que se había ido adelgazando y subiendo de tono. Los ojos se le anegaron de nuevo en lágrimas y una vez más se los enjugó con el dorso de la mano. Estiró las piernas y se las tapó cuidadosamente con la falda.

– No es nada -dijo Gabriel con aire culpable-. De verdad, Nita, no tiene importancia.

– ¡Si está relacionado con papá, con Wagner y con el enfisema, es imposible que no tenga importancia! -gritó Nita. Era la primera vez que Michael la oía alzar la voz. Sus gritos eran agudos, sin rastro alguno de ronquera-. Estoy harta de desempeñar este papel. ¡Quiero enterarme! Theo, ¿a qué se refiere Gabriel? ¿De qué estáis hablando? ¡Contéstame! ¡Ahora mismo!

– Se refiere a una entrevista que me hizo The New York Times -repuso Theo en tono formal-. Allí me citaban diciendo que mi sueño era celebrar un festival de Wagner en Jerusalén, y que Israel al fin rescatase del olvido a este gran compositor, y que mi sueño se iba a cumplir el año que viene. Era un detalle de una larga entrevista realizada por un periódico extranjero. Nunca pensé que padre llegaría a verla.

– Y después -intervino Gabriel-, padre la vio-, naturalmente, se enteró de todo, y le preguntó a Theo si era cierto. ¿Te lo imaginas? Nuestro padre se entera de que va a celebrarse un festival de Wagner en Jerusalén, ¡después de tantísimos años sin que sonara una sola nota de Wagner en el hogar más musical de todo Jerusalén! Padre odiaba la violencia a tal punto que incluso defendió al tipo que le rompió la mano a Jascha Heifetz en los años cincuenta, durante una pelea a propósito de Wagner.

– No fue la mano -musitó Theo-, y no se la rompió, y ni siquiera estoy seguro de que fuera una pelea motivada por Wagner. Creo que más bien fue por Richard Strauss, y además era Menuhin, no Heifetz.

– Theo no quería mentir, le contó a padre la verdad; así, de pronto, le resultaba imposible decir una mentira -dijo Gabriel con amargura.

– Alguien se lo contó a papá, no sé quién -explicó Theo-. Ya puedes imaginarte cómo reaccionó. Pero no fue eso lo que le acortó la vida. No puedo llegar a viejo sin llevar a la práctica mis ideas sólo porque no se ajusten a las de mi padre. Si hubiera sido por él, ahora mismo sería el encargado de la tienda de música. Nunca aceptaba mis opiniones.

– Theo necesitaba que el festival se celebrase en Jerusalén -dijo Gabriel, la vista clavada en el mismo punto de la alfombra-. No se contentaba con dirigir a Wagner en Bayreuth y en Glyndebourne. Tenía que ser en Jerusalén.

– En el extranjero no estuve a cargo de todo -se defendió Theo-. Sólo me puse al frente de la orquesta para interpretar Parsifal en Bayreuth. No pretendo que comprendas por qué necesitaba lograrlo. Te falta imaginación. No tienes ni idea de lo que supone dirigir un ciclo de El anillo o incluso una simple interpretación de El holandés errante. Esa música no te interesa porque es más compleja de lo que puedan serlo un par de violines barrocos de época. No soportas…

– ¡Es una música depravada! -lo interrumpió Gabriel a grito pelado-. Música depravada, ¡eso es Tristán para mí!

– ¡Dejadlo ya! -chilló Nita, y se tapó los oídos con las manos-. ¡Dejadlo! Ni siquiera ha pasado un día, fue ayer por la tarde cuando… -dejó la frase a medias.

Theo bajó la cabeza.

1 ... 23 24 25 26 27 28 29 30 31 ... 124
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)