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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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– No es una mera especulación. La perito del laboratorio dijo que ha sido un experto quien ha desmontado el lienzo -apuntó Gabriel. Se llevó la mano al ojo izquierdo, que parpadeaba incontrolablemente. La piedra verde engastada en la última vuelta de su anillo de oro relumbró. Fue entonces cuando Michael reconoció en el anillo la forma de una serpiente.

– Todo ha sido por culpa de ese cuadro. Siempre lo detesté -declaró Theo, y volvió a mirar a través de los ventanales-. ¡Al menos tienes buenas vistas en este estúpido lugar! -le dijo a Nita, quien, acurrucada en una esquina del sofá, seguía sin despegar los labios-. Siempre lo detesté porque, en primer lugar, no me gusta el género Vanitas, con todas esas calaveras. No entiendo a qué viene dar tanta importancia al memento mori, como si uno se fuera a olvidar de que tiene que morirse. Detesto ese simbolismo, aunque este cuadro en concreto sea magnífico -se quitó las gafas y las dejó sobre la mesita de cobre. Nita reclinó el rostro en las rodillas dobladas-. ¿Recordáis que fuimos a Amsterdam a celebrar el bar mitzvá [2] de Gabi? -dijo Theo-. ¿Y que vimos la versión grande en el Rijksmuseum?

Gabriel se frotó los ojos, se mesó la barba, sepultó el rostro en las manos, y permaneció callado. Nita levantó la cabeza, impasible, como si nadie hubiera preguntado nada.

– Tú no lo recuerdas, sólo tenías tres años -le dijo Gabi con dulzura.

En pie junto a la puerta de la cocina, Michael se preguntó de nuevo qué hacía allí. ¿No estaría de más su presencia en la reunión de los tres hermanos? Después de ver a Nita ocupándose de Ido, sabía que podía marcharse tranquilo. La niñera llegaría dentro de unas horas y entonces él dejaría a la nena en casa de Nita y se iría a la comisaría del barrio ruso como todos los días. Allí Tzilla le podría informar de hasta qué punto estaba Balilty enterado de la situación. Pero se apresuró a detener el curso de esos pensamientos, recordándose que en esos momentos debía preocuparse por Nita, aunque sólo fuera por el agradecimiento que le debía. En lo que a la niña se refería, tendría que esperar para ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. Hacía un rato, en la habitación de Ido, mientras su amiga acariciaba al niño y sus dedos revoloteaban sobre el rostro del pequeño, Michael le había preguntado un par de veces, quedamente, si quería que se quedase o prefería que se fuera. Con voz sorda y mortecina, ella le repitió ambas veces que le gustaría que se quedara. «Si te viene bien», añadió asustada por la posibilidad de haber exigido demasiado. Michael comprendió, una vez más, que la preocupación de Nita por el bienestar ajeno, su necesidad de tomarlo en consideración, que era tanto su principal manifestación de vitalidad como el único impulso que la llevaba a salir de sí misma, resultaba agotadora. El tiempo transcurrido desde entonces no justificaba insistir de nuevo en la pregunta.

Michael sabía que la muerte del padre de Nita, y sobre todo la manera en que había ocurrido, darían al traste con lo que parecía el inicio de un proceso de recuperación. Inicio del que, hasta ese momento, él había tenido la inmensa satisfacción de sentirse responsable. Un hondo temor amenazó con apoderarse una vez más de él cuando pensó en que Nita se vendría abajo en los siguientes días. La sombra de la sonrisa de sabelotodo de la enfermera Nehama se cernió sobre ellos en el cuarto de Ido. Pero Michael repelió con rudeza las sombras amenazadoras. Se dijo firmemente que debía tomarse las cosas tal como vinieran. No le cabía otra posibilidad. Los niños percibían las emociones de su madre desde que estaban en su vientre, pensó. ¿Comprendería ya la nena que ahora Michael era la persona principal de su vida? ¿Notaría la fragilidad del mundo en que él se movía? Abrazó a la nena con fuerza. Ella se revolvió. Michael contempló su semblante terso, rosado por el sueño. Con una breve mirada, la nena le transmitió el sosiego perfecto que sentía al estar en sus brazos. Pero al cabo de un instante, todavía con ella en los brazos, volvieron a asaltarlo las dudas.

– Aquel viaje con motivo de tu bar mitzvá fue un horror -dijo Theo con expresión lánguida-. Nos arrastraron de un museo a otro en Viena, Amsterdam y París. Padre nos llevaba a los museos por su propio gusto y por ti. En aquel entonces, a mí no me interesaban esas cosas… y Nita era una mocosa -dirigió una mirada a su hermana, que volvió a sepultar el rostro en las rodillas.

Al entrar en el piso, hacía una hora larga, Nita se había precipitado a la habitación de los niños, donde se detuvo junto a la cama de Ido mientras Michael la observaba desde la puerta; luego fue a toda prisa a su dormitorio y cerró la puerta; salió vestida con una holgada falda de flores y una sudadera negra. Ahora la falda se derramaba a su alrededor, ocultando los contornos de su cuerpo. Su delgadez sólo se apreciaba cuando se abrazaba las rodillas contra el pecho y reposaba sobre ellas la cabeza. Michael sintió de pronto el impulso de sentarse a su lado y rodearla con los brazos. La víspera, en las mejillas de Nita se veían unos hoyuelos y en sus ojos un brillo travieso, y Michael había conseguido sin dificultad que riera a mandíbula batiente. Le daba la impresión de que la hacía plenamente feliz, y eso lo había tenido muy contento durante los últimos días. Hacía pocas horas, mientras se dirigían al concierto, Michael le había dicho: «He decidido que quiero que seas feliz. Lo deseo con todas mis fuerzas, y sé que vas a ser feliz». Y ella lo había mirado con toda inocencia, seria y confiada.

El viento fresco de las madrugadas de Jerusalén entró por las cristaleras, creando la ilusión de que ya había comenzado el otoño, pero Michael sentía en los huesos que aún tendrían que soportar el calor.

– ¡Qué desgraciado me sentía en aquella época! -exclamó Theo con un suspiro-. Y todo por culpa de Dora Zackheim, que no estaba nada satisfecha conmigo, aunque sí contigo, ¿te acuerdas, Gabriel? Aquel viaje lo emprendimos por ella. Dora opinaba que, además de la música, necesitábamos otros conocimientos generales, y llevar una vida lo más normal posible. Era parte de su filosofía, como si tuviéramos la menor posibilidad de hacer una vida normal… -se detuvo e inspiró profunda y sonoramente-. Y cuando regresamos del viaje, ya no volví a dar clases de violín con ella. Tuvo que pasar mucho tiempo, años, para que sospechase que había sido una manera elegante de librarse de mí. Pero ya en aquel entonces tenía la sospecha intuitiva de que Dora me había dado por perdido. Ni yo mismo sé por qué abandoné sus clases. Pero tú, Gabi, no te dabas cuenta. Ella te quería mucho -Gabriel se revolvió en el sillón de mimbre, como si no encontrara la postura adecuada, y Theo se frotó los ojos-. En fin, la cuestión es que vi esa pintura en el Rijksmuseum -prosiguió Theo-, y que aún la recuerdo bien, presumiblemente por el cuadro que teníamos en casa.

Michael carraspeó, preparándose para hablar tras su prolongado mutismo, y preguntó tímidamente:

– ¿El cuadro de ustedes era una copia? No lo comprendo, si estaba en Amsterdam, ¿cómo llegó a manos de su padre?

– El cuadro de casa de mi padre -repuso Gabriel retirándose las manos de la cara- formaba parte de una serie de tres estudios realizados por Van Steenwijk antes de pintar el gran cuadro del Rijksmuseum. Los tres son óleos.

Theo, que hasta ese momento apenas si se había fijado en Michael, se recostó contra la estantería y dirigió la vista hacia los ventanales mientras decía:

– No sé si estará usted familiarizado con los bodegones del género Vanitas. Fue un tema popular en la pintura flamenca y holandesa del XVII. Van Steenwijk fue coetáneo de Vermeer. Y sin alcanzar la talla de Vermeer, fue un gran pintor. Los especialistas en arte los sitúan dos o tres escalones por debajo de Vermeer. Sus obras poseen en cierto modo la misma luz que las de Vermeer, esa luz amarilla, tamizada. Claro que Vermeer nunca pintó una Vanitas.

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[2] Ceremonia en la que los muchachos judíos asumen responsabilidades religiosas. (N. de la T.)

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