Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:
Era Theo van Gelden quien llamaba. Y fue él quien le contó que habían encontrado la casa allanada y a su anciano padre maniatado, amordazado y muerto. En un susurro monótono, le explicó que en aquellos momentos Nita estaba hablando con la policía y se encontraba «en un estado terrible».
– El médico le ha dado una pastilla. Y no hay nada que hacer -emitió un repentino gemido-. Nuestro padre ha muerto. Se acabó.
Sorbiendo las lágrimas, dijo que Nita le rogaba a Michael que no se fuera de su casa hasta que ella llegara. Ambos habían acordado tácitamente pasar las noches separados y, a la hora de dormir, tras la última toma de biberón del día, Michael siempre envolvía a la nena en una mantita rosa regalada por Tzilla y se la llevaba a su piso, donde la metía en una cuna de mimbre que iba trasladando de habitación en habitación.
Al comprender que se había desencadenado una catástrofe que lo pondría todo patas arriba, y también debido al tono trastornado de Theo, Michael preguntó si podía hablar un momento con Nita. Hubo una breve pausa. Luego Theo van Gelden dijo:
– No es el mejor momento. Está aquí la policía, la ambulancia, todo el follón…
«Precisamente por eso», estuvo a punto de decir Michael, pero recapacitó y no dijo nada. Su intención era preguntarle a Nita si quería que fuera a verla, si necesitaba su presencia, pero comprendió que no podía dejar solos a los niños y también cayó en la cuenta de algo más grave: si el responsable de la investigación era alguien conocido, el asunto de la nena no tardaría en salir a la luz. Conteniendo el pánico, se limitó a preguntar a qué hora habían tenido lugar el allanamiento y la muerte.
– Todavía no lo saben con seguridad -respondió Theo van Gelden-. Están barajando las posibilidades de que haya sido a última hora de la tarde o ya de noche. No han establecido… -barboteó, carraspeó y suspiró-. No han establecido la relación entre la temperatura de la habitación y… el rigor mortis.
– ¿Puede hablar con libertad? -preguntó Michael.
– Estoy en la cocina -repuso Theo, sin demostrar sorpresa por la pregunta.
– ¿Sabe cómo se llaman los policías que han acudido?
– Han venido dos… no, tres. Y también una mujer del… del laboratorio forense. Y un médico, y otras personas. No sabría decirle sus nombres.
– Pero habrá alguien al mando. Alguien que dé las órdenes.
– Sí -dijo Theo van Gelden con impaciencia-. Un tipo que no para de hablar. Con una barriga enorme. Pero no recuerdo cómo se llama.
Michael ponderó la posibilidad de pedirle a Theo que fuera a enterarse de su nombre, pero comprendió que resultaría sospechoso. Si el hijo que acababa de ver a su padre muerto regresaba a la escena del crimen para informarse del nombre del policía a cargo de la investigación, le preguntarían inmediatamente por qué quería saberlo. Y Michael no podía decirle que no mencionara su nombre. Pero, en su fuero interno, algo se rebelaba contra la idea de quedarse de brazos cruzados. Sopesó por un momento la posibilidad de llamar a una canguro, e incluso la de llevarse consigo a los niños. ¿No era inaudito que lo dejaran al margen?
– ¿Para qué quiere saberlo? ¿Conoce a alguna de las personas que están aquí? -preguntó Theo van Gelden con cierta irritación.
Michael recordó que el director de orquesta no sabía nada sobre su persona. Y, ciertamente, no sabía que era policía. Lo mejor sería no comentárselo en ese momento, decidió. Repentinamente, se oyó por el teléfono una lejana tos de fumador y luego una voz potente y bien conocida por él dijo:
– Señor Van Gelden, lo necesitamos un momento.
– Enseguida termino -oyó responder a Theo van Gelden-, estoy resolviendo lo del hijo de mi hermana.
– Muy bien, sin problemas, venga en cuanto termine -gruñó la voz familiar.
No cabía la menor duda, y, sin embargo, Michael susurró por el auricular:
– ¿Danny Balilty? ¿Se llama así?
– Eso creo -dijo Theo-, y ahora tengo que… Usted mismo lo ha oído. ¿Puedo decirle a Nita que todo va bien? ¿Que se va a quedar con el niño?
– Dígale que no me moveré de aquí hasta que llegue -aseguró Michael-. Y dígale que me llame cuando pueda y que no mencione mi nombre -añadió incómodo-. Pero esto último dígaselo en voz baja -se quedó pasmado por haberlo dicho. «Mira que tener que vérmelas con Balilty», reflexionó. «Una persona de mi mundo.»
Theo van Gelden masculló una frase poco tranquilizadora con la que no se comprometía a nada.
Michael se quedó sentado, escuchando los latidos de su corazón. Había sido una estupidez por su parte creer que podría mantener oculta a la nena. Haberlo conseguido hasta ese momento ya era un milagro. Pero ahora que Danny Balilty había entrado en juego y sería una presencia constante en la vida de Nita en el futuro inmediato, la posibilidad de guardar cualquier secreto se había ido al infierno. Y, en tal caso, ¿qué demonios lo obligaba a quedarse allí, entre niños y platos sucios? Una parte de sí se negaba a creer que estaba allí, junto a la pila de la cocina, y no apresurándose a acudir a donde lo necesitaban.
Fregó y secó los platos. Luego preparó sendos biberones para Ido y para la nena. Cuando el teléfono volvió a sonar ya se habían acumulado cinco colillas en el cenicero. Nita le dijo con voz apagada:
– Mi padre ha muerto. Ha muerto hoy. Ya no tengo padre ni madre.
Michael se quedó sin saber qué decir.
– Tus padres también han muerto.
– Hace mucho tiempo.
– Estamos huérfanos -dijo Nita llorando-. Todos estamos huérfanos.
Michael seguía sin encontrar qué decir.
– Ahora están concentrándose otra vez en el cuadro. Ya se han cerciorado de que han robado las joyas, pero no logramos dar con la foto del cuadro. Le quitaron el marco. No sé si padre murió antes… -quedó en silencio, aquietando su respiración-. Tenía un pañuelo dentro de la boca, y esparadrapo sellándosela. Se ha ahogado. No sé cuánto tiempo…
Michael no dijo nada. No sabía cómo decirle que su padre no había sufrido, que debía de haber muerto instantáneamente. «No es un asesinato», se dijo a sí mismo, «es un robo a mano armada. Mi presencia no es necesaria».
Como si hubiera oído sus pensamientos, Nita dijo en el mismo tono apagado:
– No me dejan verlo. Ha sido Gabriel quien lo ha encontrado. Estaba en el dormitorio. Lo llevaron allí a rastras. Theo también lo ha visto. Pero a mí no me dejan. Así que no sé si ha pasado un miedo terrible, ni durante cuánto tiempo ha estado así. Es espantoso. ¡Espantoso!
Michael masculló unas palabras. Y, cobrando ánimo al fin, preguntó:
– ¿No basta con la presencia de tus dos hermanos? ¿No pueden dejarte volver a casa? -era increíble que estuviera diciendo eso. Hablaba como un perfecto ignorante. Como quien desconoce por completo los procedimientos policiales. Su personalidad parecía haberse escindido en dos.
– Acabo de terminar de describir las joyas. Ninguno de nosotros recuerda exactamente cuáles eran. Y es necesario que los tres hablemos del cuadro.
– ¿Qué cuadro?
– Ya te lo he dicho -replicó Nita con voz mortecina, pero sin su habitual impaciencia-. La culpa de todo ha sido del cuadro. Debían de saber que lo tenía. Y el cuadro vale, yo qué sé, tal vez medio millón de dólares.
– ¿De qué cuadro me hablas exactamente?
Una nota de emoción se coló en la voz de Nita cuando respondió:
– ¿No te lo había contado? Sí, sí te lo he contado. Te conté que mi padre tenía un cuadro llamado Vanitas. De un pintor holandés del XVII llamado Hendrik van Steenwijk. Pues se han llevado el lienzo. Aquí no está. Han revuelto toda la casa. ¡Y nosotros enfadados porque no había venido al concierto! -prosiguió con voz ahogada-. Cuando pienso en las horas que ha pasado aquí mientras nosotros…