Los coleccionistas [The Collectors - es]
- Автор: Балдаччи Дэвид
- Серия: Camel Club (es) #2
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los coleccionistas [The Collectors - es]». Краткое содержание книги:
– Una propuesta.
Bagger entornó los ojos.
– Oh, ya estamos. -Se sentó en un sofá de cuero, cogió una nuez de un cuenco situado en la mesa de al lado y la abrió, sirviéndose únicamente de la mano derecha-. ¿Ahora viene la parte en la que me decís que vais a hacerme ganar un montón de dinero, aunque ya tenga un montón de dinero? -Se comió los trocitos de nuez.
– Sí. Y, de paso, podrá servir a su país.
Bagger soltó un gruñido:
– ¿Mi país? ¿El mismo país que no para de intentar bloquear mi negocio por hacer algo totalmente legal?
– Podemos ayudarlo al respecto -dijo Annabelle.
– Oh, ¿ahora resulta que sois del FBI? -Miró a sus hombres-. Eh, chicos, tenemos a los del FBI en el casino. Llamad al fumigador.
Los matones rieron todos a la vez.
Annabelle se sentó en el sofá junto a Bagger y le tendió una tarjeta. Él la miró.
– Pamela Young, International Management, Inc. -leyó-. Me quedo igual. -Se la arrojó-. Mis hombres dicen que sois expertos en timos de casinos. ¿Ahora lo enseñan en la escuela de federales? Tampoco es que me crea que sois del FBI.
Leo habló en tono áspero:
– ¿Cuánto maneja en un día? ¿Treinta, cuarenta millones? Tiene que mantener cierto nivel de reservas para cumplir los reglamentos de los establecimientos de juego estatales, pero eso deja mucho dinero en el aire. Así pues, ¿qué hace con el excedente? Venga, díganoslo.
El propietario del casino lo miró asombrado.
– Me empapelo la puta casa, gilipollas. -Miró a sus matones-. Apartad de mi vista a este mamón.
Los hombres dieron un paso adelante y dos de ellos incluso levantaron a Leo del suelo antes de que Annabelle hablara:
– ¿Qué diría si ese dinero le proporcionara un rendimiento del diez por ciento?
– Diría que es una mierda. -Bagger se puso en pie y se acercó al escritorio.
– Me refiero a un diez por ciento cada dos días. -Entonces él se paró, se dio la vuelta y la miró-. ¿Qué le parece eso? -inquirió ella.
– Demasiado bonito para ser cierto, eso es lo que me parece. -Cogió una ficha gris acerado, por valor de cinco mil dólares, y se la lanzó-. Diviértete un rato. No hace falta que me des las gracias. Considéralo un regalo caído del cielo. Y vete con cuidado para que la puerta no te golpee ese bonito culo al salir. -Hizo un gesto a sus hombres para que soltaran a Leo.
– Piénseselo, señor Bagger -dijo ella-. Mañana volveremos a preguntárselo otra vez. He recibido órdenes de preguntar dos veces. Si no le interesa, el tío Sam irá a cualquier otro casino de la competencia del paseo marítimo.
– Pues buena suerte.
– Si ha funcionado en Las Vegas, aquí también funcionará -dijo Annabelle, convencida.
– Sí, ya. Ojalá tomara las mismas drogas que tú.
– Los ingresos por el juego tocaron techo hace cinco años, señor Bagger. ¿Cómo es que la gente de Las Vegas sigue levantando edificios multimillonarios? Es como si fabricaran dinero. -Hizo una pausa-. Y es lo que hacen, al tiempo que ayudan a este país.
Bagger se sentó tras el escritorio y la observó fijamente, con un atisbo de interés por primera vez en toda la conversación. Entonces, aquello era todo lo que ella necesitaba.
– ¿Y no se ha planteado nunca por qué el FBI no ha investigado ningún casino de Las Vegas en los últimos cinco años? -prosiguió Annabelle-. No hablo de juicios contra la mafia, eso es agua pasada. Usted y yo sabemos lo que se cuece ahí. Pero, como bien ha dicho, el Ministerio de Justicia no deja de buscarle las cosquillas. -Guardó silencio unos instantes antes de añadir-: Y sé que un hombre tan listo como Jerry Bagger no cree que sólo sea cuestión de suerte. -Dejó la tarjeta encima de la mesa-. Puede llamar a cualquier hora. -Echó un vistazo a los hombretones que seguían pendientes de Leo-. Ya encontraremos la salida solitos, chicos, gracias.
Ella y Leo se marcharon.
– Seguidlos -ordenó Bagger cuando la puerta se cerró tras ellos.
Capítulo 19
Annabelle y Leo iban en un taxi, y ella no había dejado de mirar por la ventanilla trasera.
– ¿Siguen ahí? -preguntó Leo en un susurro.
– Por supuesto. ¿Dónde, si no?
– Cuando estábamos allí dentro, por un momento pensé que esos matones iban a arrojarme por la ventana. ¿Cómo es que yo siempre hago de policía malo, y tú, de policía bueno?
– Porque hacer de malo te sale súper bien.
Leo sintió un escalofrío.
– Ese tipo sigue siendo tan hijo de puta como lo recordaba. ¿Has visto cómo cascaba la nuez con una sola mano?
– Venga ya, es un estereotipo andante de una mala película de mafiosos.
El taxi paró delante de su hotel y se apearon. Annabelle fue calle abajo y luego cruzó. Dio un golpecito en la ventanilla del Hummer que estaba aparcado. El cristal bajó lentamente y apareció uno de los matones de Bagger.
– Puedes decirle al señor Bagger que me alojo en la habitación 1412 -dijo amablemente-. Ah, toma otra tarjeta por si ha tirado la que le di antes. -Se giró, se reunió con Leo y entraron juntos en el hotel. El teléfono de Annabelle sonó. Era Tony, que llamaba para confirmar la ocupación de su puesto. Le había comprado unos prismáticos de vigilancia muy caros y había hecho que se registrase en la habitación de un hotel situado frente al Pompeii, desde la que se disfrutaba de una buena vista al ventanal del despacho de Bagger.
Recibió la esperada llamada al cabo de diez minutos. Entonces hizo una seña a Leo, que estaba junto a la ventana, y éste le mandó a Tony un rápido SMS con su Blackberry.
Annabelle colocó una mano encima del teléfono y, con la otra, hizo una seña a Leo.
– Vamos, vamos. -El teléfono sonó cinco, seis, siete veces.
Al noveno ring, Leo recibió una respuesta de confirmación y asintió. Annabelle contestó al teléfono:
– ¿Diga?
– ¿Cómo has reconocido a mis hombres tan rápido? -gritó Bagger.
– En temas de vigilancia, mi… jefe es el mejor, señor Bagger -le informó ella-. No es más que una cuestión de miles de activos sobre el terreno y fondos ilimitados. -Lo cierto es que sabía que les ordenaría que la siguieran y había estado mirando por la ventanilla trasera del taxi. En la anterior ronda de reconocimiento del casino había visto que el personal de seguridad de Bagger se desplazaba en Hummer amarillos. Tampoco eran tan difíciles de distinguir.
– ¿Eso significa que me están vigilando? -espetó él.
– Todos estamos vigilados, señor Bagger. No se sienta tan especial.
– Deja de llamarme «señor Bagger» de una puta vez. ¿Cómo es que sabéis tanto de timos de casino que detectasteis dos a la vez? Me hace pensar que estáis demasiado cerca del mundo de los estafadores.
– Yo no los detecté. Hoy teníamos tres equipos en el casino que buscaban algo que yo pudiera utilizar como anzuelo para llegar a usted. Los miembros de esos equipos son expertos en estafas de casino. Nos han transmitido la información, y nosotros se lo hemos dicho a sus jefes de zona. Así de simple.
– Bueno, vamos a dejar eso por ahora. ¿Qué quieres, exactamente?
– Creo que he dejado claras mis intenciones en su despacho…
– ¡Sí! ¡Sí! Ya sé lo que has dicho. Quiero saber a qué te refieres con ello.
– No se trata de un tema del que quiera hablar por teléfono. La AS… -empezó a decir, antes de añadir rápidamente-: Las líneas de teléfono fijo no son muy seguras.
– Ibas a decir la ASN, ¿verdad? -replicó él-. Los espías, lo sé todo de ellos.
– Con el debido respeto, nadie lo sabe todo sobre la ASN, ni siquiera el POTUS -dijo ella, refiriéndose al presidente de Estados Unidos con esas siglas cuidadosamente ensayadas.
Se hizo un largo silencio al otro lado de la línea.
– ¿Sigue ahí? -preguntó ella.
– ¡Sigo aquí! -gritó él.