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Los coleccionistas [The Collectors - es]

Электронная книга - «Los coleccionistas [The Collectors - es]». Краткое содержание книги:

l Camel Club entra de nuevo en acción. Son cuatro ciudadanos peculiares con una misma meta: buscar la verdad, algo difícil en Washington. Esta vez el asesinato del presidente de la Cámara de Representantes sacude Estados Unidos. Y el Camel Club encuentra una sorprendente conexión con otra muerte: la del director del departamento de Libros Raros y Especiales de la Biblioteca del Congreso. Los miembros del club se precipitarán en un mundo de espionaje, códigos cifrados y coleccionistas.
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– ¿Quiere que nos reunamos en su despacho?

– No, no puede ser. He… Estoy saliendo de la ciudad.

– No, no es cierto. Ahora mismo está sentado en su despacho. -Esta información era la que Tony le había enviado a Leo por correo electrónico.

La línea enmudeció.

Annabelle colgó el teléfono, miró a Leo y le dedicó un guiño tranquilizador.

El exhaló un fuerte suspiro.

– Nos estamos metiendo en camisa de once varas, Annie.

Ella parecía divertida.

– Sólo me llamabas Annie cuando estabas muy, pero que muy nervioso, Leo.

Se secó un reguero de sudor de la frente y encendió un Winston.

– Sí, bueno, hay cosas que nunca cambian, ¿no?

El teléfono volvió a sonar. Annabelle contestó.

– Esta es mi ciudad -dijo Bagger con tono amenazador-. Nadie me espía en mi ciudad.

– Señor Bagger -respondió ella con toda tranquilidad-, dado que todo esto parece disgustarlo, se lo pondré fácil. Informaré de que rechazó nuestra segunda y última oferta. Así no tendrá que preocuparse más del tema. Y, como he dicho, me iré a otro sitio.

– No hay ningún casino de la zona que vaya a creerse el rollo que me has metido.

– No es un rollo. No podíamos pretender que los propietarios de casinos listos tuvieran una fe ciega en esto. Así que les dejamos probar. Dejamos que ganen dinero muy rápido y que luego decidan. O participan o no. Y, en todo caso, se quedan siempre con los beneficios.

Annabelle oía la respiración de Bagger al otro lado de la línea.

– ¿Cuánto? -preguntó.

– ¿Cuánto quiere?

– ¿Por qué iba el Gobierno a ofrecerme este trato?

– Hay muchas formas de «Gobierno». Sólo porque una parte no lo aprecie especialmente no significa que otros elementos no le veanventajas. A nosotros nos interesa porque la Justicia va a por usted.

– ¿Y qué tiene eso de ventajoso?

– Pues ¿quién iba a creer que el Gobierno de Estados Unidos se asociaría a usted? -se limitó a decir.

– ¿Eres de la ASN?

– No.

– ¿CIA?

– Voy a responder a todas las preguntas así, con un no rotundo. Y, en situaciones como ésta, no llevo encima la placa ni las credenciales.

– Tengo a políticos de Washington metidos en el bolsillo. Me basta una llamada para enterarme.

– Una llamada y no se enterará de nada, porque los políticos no tienen ni puñetera idea del campo en el que trabajo. Pero llame. Llame a la CÍA. Está en Langley, que es McLean, Virginia, por si no lo sabía. Mucha gente piensa que la central está en Washington. Aunque parezca mentira, incluso figura en el listín de teléfonos. Tiene que ponerse en contacto con el Servicio Clandestino Nacional, que antes se llamaba Dirección de Operaciones. Pero, si quiere ahorrarse la llamada, le dirán que nunca han oído hablar de Pamela Young ni de International Management, Inc.

– ¿Cómo sé que esto no es una especie de operación policial del FBI?

– No soy abogada, pero diría que sería un caso claro de incitación al delito. Y, si quiere comprobar que no llevamos micrófonos ocultos, adelante.

– ¿Con qué clase de pruebas? -preguntó Bagger.

– Unos cuantos clics en el ordenador.

– Explícate.

– Por teléfono, no. Cara a cara.

Lo oyó suspirar.

– ¿Habéis cenado? -preguntó Bagger.

– No.

– Dentro de diez minutos en el Pompeii. Os recogerán en la entrada principal.

La línea quedó en silencio.

Annabelle colgó y miró a Leo.

– Estamos dentro.

– Se acerca la hora de la verdad -dijo él.

– Se acerca la hora de la verdad -convino Annabelle.

Capítulo 20

Al cabo de una hora estaban terminando la excelente cena que había preparado el chef personal de Bagger. Él tomó el vaso de bourbon, y Annabelle y Leo, el vino; después, se aposentaron en unos cómodos sillones de cuero junto a una parpadeante chimenea, de gas.

Bagger le había tomado la palabra a Annabelle e hizo que los cachearan para ver si llevaban micrófonos ocultos.

– Muy bien, ya tenemos la barriga llena y el hígado bien empapado de alcohol. Contadme -ordenó Bagger. Levantó un dedo-. Primero, qué os habéis propuesto; luego me habláis del dinero.

Annabelle se recostó en el asiento con la bebida en la mano y miró a Leo.

– ¿Recuerda el Irán-Contra?

– Vagamente.

– En algunas ocasiones se vela mejor por los intereses de Estados Unidos ofreciendo ayuda a países y ciertas organizaciones que no gozan del apoyo popular en el país.

– ¿Cómo? ¿Dando armas a Osama para que ataque a los rusos? -se burló.

– Es elegir un mal menor. Pasa continuamente.

– ¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

– Tenemos dinero de fuentes muy discretas, algunas privadas; pero hay que valerse de ciertos artificios antes de poder utilizarlo -explicó Annabelle, dando un sorbo al vino.

– Quieres decir blanquear-dijo Bagger.

Ella sonrió de forma evasiva.

– No, quiero decir valerse de artificios.

– Sigo sin pillar la conexión.

– El Banco del Caribe. ¿Lo conoce?

– ¿Debería?

– ¿No es ahí donde deposita parte del dinero del casino? -intervino Leo-. Están especializados en hacer desaparecer el dinero, pero sale caro. Sin impuestos.

Bagger se había levantado a medias del asiento.

– Saber cosas de éstas forma parte de nuestro trabajo -dijo Annabelle-. No se lo tome como un asunto personal. No es la única persona de quien tenemos un archivo.

Bagger volvió a sentarse y observó el pelo de punta de Annabelle.

– No tienes pinta de espía.

– Pues precisamente de eso se trata, ¿no? -respondió ella amablemente. Se levantó y se sirvió otra copa de vino.

– A ver, ¿cómo sé que sois legales? Llame a quien llame, nadie ha oído hablar de vosotros. ¿En qué situación me coloca eso?

– El dinero mueve montañas, y las gilipolleces, no -sentenció ella mientras volvía a sentarse.

– ¿Y eso qué significa exactamente?

– Significa que llame a su asesor financiero.

Bagger la miró con suspicacia durante unos instantes, antes de coger el teléfono.

El hombre apareció al cabo de un minuto.

– ¿Sí, señor?

Annabelle extrajo un trozo de papel del bolsillo y se lo tendió.

– Entra en esta cuenta con el ordenador. Está en El Banco del Caribe. Es una contraseña de un solo uso junto con el número de cuenta. Luego vuelve aquí y dile al señor Bagger cuál es el saldo.

El hombre miró a Bagger y éste asintió. Se marchó y volvió al cabo de unos minutos.

– ¿Y bien? -preguntó Bagger con impaciencia.

– Tres millones doce mil dólares y dieciséis centavos, señor.

Bagger observó a Annabelle, por fin con respeto. Hizo señas a su asesor para que se marchara.

– Vale, ahora soy todo oídos -dijo, en cuanto se hubo cerrado la puerta.

– Para despejar las dudas de la gente, solemos hacer una o varias pruebas, según el caso.

– Eso ya me lo has dicho. ¿En qué consisten?

– Ingresa dinero en El Banco durante dos días en la cuenta que designemos; recibe los intereses y luego el dinero vuelve a su cuenta normal del banco.

– ¿De cuánto dinero estamos hablando?

– Lo normal es un millón. El dinero que transfiere se «mezcla» con otros fondos. Al cabo de dos días, usted se va con doscientos mil dólares de beneficio. Si quiere, puede hacerlo cada dos días.

– ¿Mezclado? ¿No te estarás refiriendo a los «artificios»? -dijo Bagger.

Annabelle alzó la copa.

– Aprende rápido.

Pero Bagger la miraba con mala cara.

– ¿Pretendes que ingrese un millón de pavos en una cuenta que tú designes y que espere dos días a que mi dinero más los intereses vuelvan a mí volando? ¿Me has visto cara de imbécil?

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