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Los coleccionistas [The Collectors - es]

Электронная книга - «Los coleccionistas [The Collectors - es]». Краткое содержание книги:

l Camel Club entra de nuevo en acción. Son cuatro ciudadanos peculiares con una misma meta: buscar la verdad, algo difícil en Washington. Esta vez el asesinato del presidente de la Cámara de Representantes sacude Estados Unidos. Y el Camel Club encuentra una sorprendente conexión con otra muerte: la del director del departamento de Libros Raros y Especiales de la Biblioteca del Congreso. Los miembros del club se precipitarán en un mundo de espionaje, códigos cifrados y coleccionistas.
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Leo giró hacia la playa. Se paró para quitarse los zapatos y los calcetines mientras Annabelle hacía lo mismo con sus zapatos planos y se remangaba los pantalones. Caminaron por la orilla. Al final, Leo se agachó, cogió una concha y la lanzó hacia una ola que venía.

– ¿Estás preparado para hablar del tema? -preguntó ella, mirándolo fijamente.

– ¿Por qué haces esto?

– ¿Hacer qué? ¿Planear un golpe? Es lo que he hecho toda la vida. Y tú deberías saberlo mejor que nadie, Leo.

– No, me refiero a por qué viniste a buscarme a mí, a Freddy y al chico. Podías haber elegido a cualquier otro para esto.

– No quería a cualquiera. Hace tiempo que nos conocemos, Leo. Y pensé que querrías intentarlo de nuevo con Jerry. ¿Me equivoco?

Leo lanzó otra concha al agua y observó cómo desaparecía.

– Es la historia de mi vida, Annabelle. Lanzo conchas a las olas y siguen viniendo.

– No te pongas a filosofar conmigo.

La miró de reojo.

– ¿Es por tu viejo?

– Tampoco me hagas de psiquiatra. -Se apartó ligeramente de él, se cruzó de brazos y se quedó mirando el mar, en cuyo horizonte un barco avanzaba despacio hacia algún lugar-. Con trece millones de dólares, podría comprarme un barco lo suficientemente grande para cruzar el océano, ¿verdad? -preguntó ella.

Leo se encogió de hombros.

– No lo sé. Supongo. Nunca he tenido motivos para comparar precios. -Se miró los pies descalzos y removió la arena que tenía entre los dedos-. Annabelle, siempre has sido sensata con el dinero, mucho más sensata que yo. Después de todas las estafas que has hecho, sé que no necesitas el dinero.

– ¿Quién se conforma con el dinero que tiene? -repuso ella, sin apartar la mirada del barco en movimiento.

Leo cogió otra concha y la lanzó.

– Tienes muchas ganas de hacer esto, ¿verdad?

– Una parte de mí no quiere. La parte de mí a la que escucho sabe que tengo que hacerlo.

– ¿El chico no abre la boca?

– El chico no abre la boca.

– Si esto sale mal, no quiero ni pensar qué será de nosotros.

– Entonces no dejes que salga mal.

– ¿Tienes un solo nervio en el cuerpo?

– No, que yo sepa. -Annabelle recogió una concha y la lanzó a una ola que rompía, y luego dejó que el océano le bañara los pies y los tobillos-. ¿Seguimos adelante?

– Sí, seguimos adelante -respondió Leo asintiendo lentamente.

– ¿Se acabó el ponerte hecho una furia conmigo?

Leo sonrió.

– Eso no puedo prometérselo a ninguna mujer.

– Hace tiempo que no sé nada de tu madre -le dijo él de regreso al apartamento-. ¿Cómo está Tammy?

– No muy bien.

– ¿Tu viejo está vivo?

– ¡Y yo qué sé! -respondió Annabelle.

Capítulo 17

Tardaron una semana entera en hacer los preparativos. Parte del trabajo consistía en dar una lista de documentos e identificaciones a Freddy. Cuando éste llegó al final de la lista, tuvo que leer la información dos veces.

– ¿Cuatro pasaportes norteamericanos?

Tony alzó la vista del ordenador.

– ¿Pasaportes? ¿Para qué?

Leo lo miró con desdén.

– ¿Qué? ¿Te crees que puedes contrariar al loco de Jerry Bagger y permanecer en el país? ¡Venga ya! Un servidor se va a Mongolia a hacer de monje durante unos años. Prefiero llevar sotana e ir en yak que dejar que Bagger me haga picadillo mientras grita que quiere que le devuelva la pasta. -Siguió trabajando en su disfraz.

– Necesitamos los pasaportes para pasar un tiempo en el extranjero, hasta que la situación se normalice.

– ¿En el extranjero? -exclamó Tony, medio levantándose de la silla.

– Jerry no es infalible, pero tampoco hay que ser idiota. Puedes ver mundo, Tony. Aprende italiano -le aconsejó Annabelle.

– ¿Y mis padres? -preguntó Tony.

– Mándales postales -gruñó Leo por encima del hombro, mientras se esforzaba por colocarse un peluquín en la cabeza.

– Anda que no es novato, el chaval.

– Los pasaportes norteamericanos son difíciles de hacer, Annabelle -dijo Freddy-. En la calle cuestan diez mil dólares.

Annabelle lo miró con dureza.

– Pues a ti te pagan seis millones y medio por hacerlos, Freddy.

El hombre tragó saliva, nervioso.

– Entiendo. Los haré. -Freddy se marchó con la lista.

– Nunca he estado en el extranjero -reconoció Tony.

– El mejor momento para ir es cuando uno es joven -dijo Annabelle, sentada a la mesa frente a él.

– ¿Tú has estado en el extranjero? -le preguntó él.

Leo se entrometió:

– ¿Estás de broma? ¿Te crees que Estados Unidos es el único lugar del mundo donde se puede estafar? ¡Ja!

– He estado fuera -respondió Annabelle.

Tony la miró nervioso.

– Pues a lo mejor podríamos viajar juntos. Podríais enseñarme sitios. Tú y Leo -añadió rápidamente-. Y seguro que Freddy también se apuntaría.

Annabelle ya había empezado a menear la cabeza.

– Nos separaremos. Cuatro personas separadas son mucho más difíciles de pillar que cuatro juntas.

– Bueno, vale, claro -dijo Tony.

– Tendrás un montón de dinero para vivir -añadió ella.

– Una mansión en algún lugar de Europa con personal propio. -Tony se animó.

– No empieces derrochando. Resulta sospechoso. Empieza con discreción y mantén la cabeza gacha. Yo te sacaré del país y, a partir de ahí, sigues tú solo. -Annabelle se inclinó hacia delante-. Y ahora voy a decirte exactamente lo que necesito de ti. -Annabelle explicó la misión de Tony con todo lujo de detalles-. ¿Te ves capaz?

– Sin problemas -repuso él de inmediato. Ella le lanzó una mirada crítica-. Mira, dejé el MIT después del segundo curso porque me aburría.

– Lo sé. Ese es el otro motivo por el que te elegí.

Tony dirigió la mirada al portátil y empezó a teclear:

– En realidad, ya lo he hecho con anterioridad: engañé al sistema más seguro del mundo.

– ¿Dónde fue eso, en el Pentágono? -preguntó Leo.

– No. En la cadena de hipermercados Wal-Mart.

Leo lo miró de hito en hito.

– ¿Me estás tomando el pelo? ¿Wal-Mart?

– Oye, los de Wal-Mart no se andan con chiquitas.

– ¿Cuánto tiempo necesitas? -preguntó Annabelle.

– Dame un par de días.

– No más de dos. Quiero probarlo.

– No me supondrá ningún problema -afirmó él con seguridad.

Leo entornó los ojos, rezó en silencio, se persignó y siguió con su peluquín.

Mientras Freddy y Tony se dedicaban a lo que les habían encomendado, Leo y Annabelle se disfrazaron y se dirigieron al Pompeii Casino. Era el mayor establecimiento de juego del paseo marítimo y uno de los más nuevos tras resurgir de las cenizas a partir de un viejo local de apuestas. El Pompeii, fiel a su nombre, también contaba con un volcán activo que entraba en «erupción» dos veces al día, a las doce del mediodía y a las seis de la tarde. El volcán no escupía lava, sino vales que podían canjearse por comida y bebida. Dado que los casinos prácticamente regalaban la comida y la bebida para que los clientes siguieran jugando, no suponía demasiado sacrificio por parte de Bagger. Sin embargo, a la gente le encantaba pensar que conseguía algo gratis. Por consiguiente, las dos erupciones del día eran una atracción asegurada; la gente empezaba temprano a hacer cola y luego se dedicaba a tirar mucho más dinero en el casino del que jamás recuperaría, en forma de comida y alcohol, de las entrañas del falso volcán.

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