Los coleccionistas [The Collectors - es]
- Автор: Балдаччи Дэвид
- Серия: Camel Club (es) #2
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los coleccionistas [The Collectors - es]». Краткое содержание книги:
Leo giró hacia la playa. Se paró para quitarse los zapatos y los calcetines mientras Annabelle hacía lo mismo con sus zapatos planos y se remangaba los pantalones. Caminaron por la orilla. Al final, Leo se agachó, cogió una concha y la lanzó hacia una ola que venía.
– ¿Estás preparado para hablar del tema? -preguntó ella, mirándolo fijamente.
– ¿Por qué haces esto?
– ¿Hacer qué? ¿Planear un golpe? Es lo que he hecho toda la vida. Y tú deberías saberlo mejor que nadie, Leo.
– No, me refiero a por qué viniste a buscarme a mí, a Freddy y al chico. Podías haber elegido a cualquier otro para esto.
– No quería a cualquiera. Hace tiempo que nos conocemos, Leo. Y pensé que querrías intentarlo de nuevo con Jerry. ¿Me equivoco?
Leo lanzó otra concha al agua y observó cómo desaparecía.
– Es la historia de mi vida, Annabelle. Lanzo conchas a las olas y siguen viniendo.
– No te pongas a filosofar conmigo.
La miró de reojo.
– ¿Es por tu viejo?
– Tampoco me hagas de psiquiatra. -Se apartó ligeramente de él, se cruzó de brazos y se quedó mirando el mar, en cuyo horizonte un barco avanzaba despacio hacia algún lugar-. Con trece millones de dólares, podría comprarme un barco lo suficientemente grande para cruzar el océano, ¿verdad? -preguntó ella.
Leo se encogió de hombros.
– No lo sé. Supongo. Nunca he tenido motivos para comparar precios. -Se miró los pies descalzos y removió la arena que tenía entre los dedos-. Annabelle, siempre has sido sensata con el dinero, mucho más sensata que yo. Después de todas las estafas que has hecho, sé que no necesitas el dinero.
– ¿Quién se conforma con el dinero que tiene? -repuso ella, sin apartar la mirada del barco en movimiento.
Leo cogió otra concha y la lanzó.
– Tienes muchas ganas de hacer esto, ¿verdad?
– Una parte de mí no quiere. La parte de mí a la que escucho sabe que tengo que hacerlo.
– ¿El chico no abre la boca?
– El chico no abre la boca.
– Si esto sale mal, no quiero ni pensar qué será de nosotros.
– Entonces no dejes que salga mal.
– ¿Tienes un solo nervio en el cuerpo?
– No, que yo sepa. -Annabelle recogió una concha y la lanzó a una ola que rompía, y luego dejó que el océano le bañara los pies y los tobillos-. ¿Seguimos adelante?
– Sí, seguimos adelante -respondió Leo asintiendo lentamente.
– ¿Se acabó el ponerte hecho una furia conmigo?
Leo sonrió.
– Eso no puedo prometérselo a ninguna mujer.
– Hace tiempo que no sé nada de tu madre -le dijo él de regreso al apartamento-. ¿Cómo está Tammy?
– No muy bien.
– ¿Tu viejo está vivo?
– ¡Y yo qué sé! -respondió Annabelle.
Capítulo 17
Tardaron una semana entera en hacer los preparativos. Parte del trabajo consistía en dar una lista de documentos e identificaciones a Freddy. Cuando éste llegó al final de la lista, tuvo que leer la información dos veces.
– ¿Cuatro pasaportes norteamericanos?
Tony alzó la vista del ordenador.
– ¿Pasaportes? ¿Para qué?
Leo lo miró con desdén.
– ¿Qué? ¿Te crees que puedes contrariar al loco de Jerry Bagger y permanecer en el país? ¡Venga ya! Un servidor se va a Mongolia a hacer de monje durante unos años. Prefiero llevar sotana e ir en yak que dejar que Bagger me haga picadillo mientras grita que quiere que le devuelva la pasta. -Siguió trabajando en su disfraz.
– Necesitamos los pasaportes para pasar un tiempo en el extranjero, hasta que la situación se normalice.
– ¿En el extranjero? -exclamó Tony, medio levantándose de la silla.
– Jerry no es infalible, pero tampoco hay que ser idiota. Puedes ver mundo, Tony. Aprende italiano -le aconsejó Annabelle.
– ¿Y mis padres? -preguntó Tony.
– Mándales postales -gruñó Leo por encima del hombro, mientras se esforzaba por colocarse un peluquín en la cabeza.
– Anda que no es novato, el chaval.
– Los pasaportes norteamericanos son difíciles de hacer, Annabelle -dijo Freddy-. En la calle cuestan diez mil dólares.
Annabelle lo miró con dureza.
– Pues a ti te pagan seis millones y medio por hacerlos, Freddy.
El hombre tragó saliva, nervioso.
– Entiendo. Los haré. -Freddy se marchó con la lista.
– Nunca he estado en el extranjero -reconoció Tony.
– El mejor momento para ir es cuando uno es joven -dijo Annabelle, sentada a la mesa frente a él.
– ¿Tú has estado en el extranjero? -le preguntó él.
Leo se entrometió:
– ¿Estás de broma? ¿Te crees que Estados Unidos es el único lugar del mundo donde se puede estafar? ¡Ja!
– He estado fuera -respondió Annabelle.
Tony la miró nervioso.
– Pues a lo mejor podríamos viajar juntos. Podríais enseñarme sitios. Tú y Leo -añadió rápidamente-. Y seguro que Freddy también se apuntaría.
Annabelle ya había empezado a menear la cabeza.
– Nos separaremos. Cuatro personas separadas son mucho más difíciles de pillar que cuatro juntas.
– Bueno, vale, claro -dijo Tony.
– Tendrás un montón de dinero para vivir -añadió ella.
– Una mansión en algún lugar de Europa con personal propio. -Tony se animó.
– No empieces derrochando. Resulta sospechoso. Empieza con discreción y mantén la cabeza gacha. Yo te sacaré del país y, a partir de ahí, sigues tú solo. -Annabelle se inclinó hacia delante-. Y ahora voy a decirte exactamente lo que necesito de ti. -Annabelle explicó la misión de Tony con todo lujo de detalles-. ¿Te ves capaz?
– Sin problemas -repuso él de inmediato. Ella le lanzó una mirada crítica-. Mira, dejé el MIT después del segundo curso porque me aburría.
– Lo sé. Ese es el otro motivo por el que te elegí.
Tony dirigió la mirada al portátil y empezó a teclear:
– En realidad, ya lo he hecho con anterioridad: engañé al sistema más seguro del mundo.
– ¿Dónde fue eso, en el Pentágono? -preguntó Leo.
– No. En la cadena de hipermercados Wal-Mart.
Leo lo miró de hito en hito.
– ¿Me estás tomando el pelo? ¿Wal-Mart?
– Oye, los de Wal-Mart no se andan con chiquitas.
– ¿Cuánto tiempo necesitas? -preguntó Annabelle.
– Dame un par de días.
– No más de dos. Quiero probarlo.
– No me supondrá ningún problema -afirmó él con seguridad.
Leo entornó los ojos, rezó en silencio, se persignó y siguió con su peluquín.
Mientras Freddy y Tony se dedicaban a lo que les habían encomendado, Leo y Annabelle se disfrazaron y se dirigieron al Pompeii Casino. Era el mayor establecimiento de juego del paseo marítimo y uno de los más nuevos tras resurgir de las cenizas a partir de un viejo local de apuestas. El Pompeii, fiel a su nombre, también contaba con un volcán activo que entraba en «erupción» dos veces al día, a las doce del mediodía y a las seis de la tarde. El volcán no escupía lava, sino vales que podían canjearse por comida y bebida. Dado que los casinos prácticamente regalaban la comida y la bebida para que los clientes siguieran jugando, no suponía demasiado sacrificio por parte de Bagger. Sin embargo, a la gente le encantaba pensar que conseguía algo gratis. Por consiguiente, las dos erupciones del día eran una atracción asegurada; la gente empezaba temprano a hacer cola y luego se dedicaba a tirar mucho más dinero en el casino del que jamás recuperaría, en forma de comida y alcohol, de las entrañas del falso volcán.