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El hijo del hombre [Son of Man - es]

Электронная книга - «El hijo del hombre [Son of Man - es]». Краткое содержание книги:

Clay, el protagonista, despierta en un futuro muy lejano donde los descendientes del hombre adoptan formas de vida muy diversas y alucinantes. En su entrada a ese tiempo es acogido por Hammer, una criatura que tanto puede adoptar formas sexuadas como asexuadas, y también macho y hembra, y en cuya compañía vive asombrosas experiencias de percepción y explora todas las posibilidades de la sexualidad.
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¿Volveré a cambiar alguna vez?

Clay se lleva ambas manos a la entrepierna. Trata de recordar su perdida virilidad. ¡Tener una erección, qué sensación tan buena! Y el intuitivo picor, la palpitación, los martillazos, el repentino chorro. Todo perdido. Ahora él se limitará a ponerse blando y húmedo, y a recibir.

Hanmer, varón de nuevo, se acerca a Clay.

—Qué hermoso aspecto tienes —dice—. Qué extraño. Qué elegante.

Clay piensa: ojalá pudiera taparme el cuerpo. Hanmer se acerca más.

—¿Puedo tocarte? ¿Puedo examinarte? Admiramos tu otra personalidad, pero valoramos la nueva. ¿Es copia exacta del original?

Clay emite un turbio sonido de asentimiento.

—Te amo —dice tranquilamente Hanmer.

—Por favor.

—Deberíamos celebrar otra vez. Ha sido un Alzamiento del Mar muy logrado.

—Quizás en otra ocasión.

—Posponerlo sería cruel. Vamos. Vamos.

Hanmer toca los pechos de Clay. Los menudos y delgados dedos se asemejan a mil articulaciones de artrópodo mientras erizan los pezones. Clay muestra su disgusto. Hanmer se entristece.

—Debemos compartir sensaciones —dice el Deslizador—. Vamos. Déjame entrar en tu cuerpo como tú entraste en el mío una vez.

Clay recuerda: Hanmer convertido en hembra, poco después de que se conocieran, un cordial y delicioso compañero que pronto desaparecería. Entonces Clay no puso reparos a la metamorfosis sexual de Hanmer. No le pareció incorrecto copular con alguien que hacía muy poco había sido varón. Pero ahora, cuando las posiciones se han alterado, él no puede consentir. No se entregará. Una mujer difícil, una virgen de hierro. Trata de tapar su desnudez, una mano apoyada en los oscilantes senos, otra extendida sobre la base de su vientre. Un dechado de pudor. Hanmer esboza la sonrisa del libertino frustrado, se bate en prudente retirada ante la invencible virginidad; no forzará a Clay, porque quizás el resultado no justifique la molestia. ¿Eh? ¿Eh? Los ojos de Clay aletean. Doradas abejas zumban alrededor de su cabeza. Clay echa a correr. Huye precipitadamente, baja una empinada senda hacia el río que hay al pie de la garganta. Las zarzas le arañan, rasgan un blando pecho y dejan una señal roja. No tarda en perder el aliento. La senda se tuerce y cambia de dirección; al poco rato Clay ya no ve el saliente donde reposan los Deslizadores. No le han seguido. Desnudo, dando tumbos, Clay corre hacia abajo.

Cae en los últimos tres metros del camino y queda atontado un rato. Luego se levanta. Está solo. Se recobra. Las paredes de la garganta se alzan sobre él como losas de negro cristal. El cielo es una distante grieta. Aquí no hay árboles, sólo pequeños hongos rojos y fálicos que brotan en la vaporosa ribera. Se abre paso entre los hongos, temblando ante la idea de aplastar uno con el talón.

El río no es como él supone que son los ríos.

El color básico del agua es el azul, aunque teñido de brillantes franjas rojas, amarillas y verdes, como si arrastrara un enjambre de coloreadas partículas que apenas alcanzan el umbral de la visibilidad. El efecto es sorprendente, de cambio perpetuo; las diversas tonalidades del arco iris pasan, se encrespan, se mezclan. En los puntos donde rocosos colmillos sobresalen de la corriente, una deslumbrante rociada se lanza al aire.

Clay se arrodilla en la orilla, inclinado hacia delante para examinar atentamente el agua. Sí, partículas teñidas, separadas y definidas, no hay duda de ello. Puede ser agua, pero contiene pasajeros. ¿Un torrente de medusas? Clay ahueca la mano y coge un poco de agua. Chispeantes luces juguetean en el líquido, hay cosas que centellean. Pero, rápidamente, los colores se apagan. El agua que gotea ahora entre los apretados dedos de Clay tiene el color que le corresponde, nada más. Clay vacía la mano y prueba de nuevo. Otra vez iguaclass="underline" recoge algo, pero este algo no perdura.

Tras apoyar las manos en una roca que sobresale, Clay acerca la cara a la corriente. Escucha un confuso ruido de parloteo, como si el río hablara para sí mismo con vaga monotonía. Y los colores son brillantes. No parecen provenir de las partículas que contiene el río, empero, sino que se diría que son componentes del mismo, fragmentos de su mole. Existe superposición de identidades entre la serie de colores y su portador. Clay, de pronto, ve el río como un ser vivo, en la frontera que separa lo animado de lo inanimado. Estas son las células, los corpúsculos, los homúnculos del río.

¿Debe Clay entrar en el río?

Localiza una zona arenosa donde el curso es accesible y lo vadea. Con el agua hasta los tobillos, Clay observa los cosquilleantes colores que relucen alrededor de sus pies. Percibe una invitación a continuar.

Más hondo. El agua hasta los muslos, ahora. Salpica con agua sus pechos y hombros. Se restriega la cara. Da otro paso; el fondo es liso y firme. Sus nalgas tocan el agua. Sus lomos. Vamos, dice al río, devuélveme los testículos. El oscuro triángulo púbico brilla con los colores del río. Algo extraño está pasando con sus pies, pero él ya no puede verlos. Sigue adentrándose. El agua le llega al ombligo. Se estremece. La corriente le alza y le arrastra. Chapotea y cae boca abajo en el agua. Nota la violencia de la corriente en sus senos. ¡Quémalos, sí, abrásalos! Patea, nada. Luego se relaja. ¿Por qué cansarse? A pesar de todo, va río abajo. Flota. Su talante se apacigua. Siente moderado arrepentimiento, ahora, por querer renunciar tan rápidamente a su nueva femineidad. ¿Por qué tanto pánico? ¿Por qué tanta precipitación? ¿No debería aprender primero lo que se siente con un cuerpo así? Siempre se ha mostrado receptivo a nuevas experiencias; es un rasgo que le enorgullece. ¿Acaso no es cierto que hace muy poco intentó esta misma transformación en su persona, simplemente para ver si era posible conseguirlo? Y ahora lo ha conseguido. Y está oponiéndose. Angustiado por el horror de que Ti le ha metido algo en el cuerpo. Ha rechazado a Hanmer. Arisco, descortés, egoísta. Una zorra. Un fastidioso. De repente, le abruma la pena. Ni siquiera ha empezado a explorar las posibilidades de este cuerpo. ¿Acaso entregarse es mucho más repugnante que apetecer la entrega? ¿Tanto te conmociona que te penetren después de una vida entera penetrando? ¿Eres incapaz de adaptarte? ¿Eres rígido en tu orientación? ¿Por qué no echarse boca arriba, abrir las piernas, dejarles entrar? Expande tu comprensión. Llega a entender al Otro Bando. Cede. Cede. Cede. Ya recuperarás el pájaro en otra ocasión.

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