Mujeres peligrosas
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:
– ¿Lo dice en serio? -preguntó.
– Tan serio como un ataque al corazón. Ahora saque su culo de aquí y vuelva con una orden de arresto si espera que vuelva a dirigirle la palabra.
Kitteridge se puso de pie.
– No sé a qué está jugando, León -dijo-. Pero no puede echar a la ley.
– Pero sí puedo echar a un idiota que no tiene una orden judicial.
El teniente se demoró un momento más y luego empezó a ponerse en movimiento.
Leonid fue tras él por el corredor y hasta la puerta, que cerró con un fuerte golpe detrás del agente del orden. De una patada abrió otro agujero en el tabique y volvió a la oficina, donde empezó a dolerle el vientre a causa del whisky y de la bilis.
– Sí, señorita Brown -le decía Leonid a su cliente por teléfono, esa misma tarde-. Tengo las fotografías aquí. No se trataba de una mujer mayor como usted sospechaba.
– ¿Pero era una mujer?
– Más bien una muchacha.
– ¿Hay alguna duda sobre su… eeeh… sobre la relación entre ambos?
– No. No hay ninguna duda de la naturaleza íntima de la relación. ¿Qué quiere que haga con estas fotografías y cómo arreglaremos cuentas?
– ¿Puede traérmelas? ¿A mi departamento? Tendré el dinero que usted invirtió en el caso y tengo otra cosa que me gustaría que hiciera.
– Por cierto que iré, si eso es lo que usted quiere. ¿Cuál es la dirección?
Karmen Brown vivía en un sexto piso. Tocó el portero eléctrico del número que ella le había dado, el sesenta y dos, y la encontró esperándolo en la puerta del departamento.
La recatada joven tenía puesta una falda de cuero de color marrón oscuro que no la convertiría en un espectáculo decente si se sentaba sin cruzar las piernas. Su blusa tenía desprendidos los tres botones superiores. No era una muchacha de grandes senos pero lo que tenía estaba perfectamente a la vista.
Sus rasgos delicados revelaban una expresión seria, pero Leonid no hubiera dicho que se la veía desconsolada.
– Pase, señor McGill.
El departamento era pequeño… como el de Gert.
En el medio del cuarto había una mesa y sobre ella se veía un sobre marrón de papel manila.
Leonid llevaba un sobre similar en la mano derecha.
– Siéntese -dijo Karmen, indicándole un sofá azul.
Frente a él había una mesa pequeña con un botellón semilleno de un líquido ambarino, flanqueado por dos vasos panzones y bajos.
Leonid abrió su carpeta para buscar las fotos que había tomado.
Ella levantó una mano para detenerlo.
– Me acompaña con un trago primero? -le preguntó la joven sirena.
– Creo que sí.
Ella sirvió y los dos bebieron el contenido hasta el fondo. Ella volvió a servir la bebida.
Después de tres copas llenas y con otra servida, Karmen dijo:
– Sabe, era lo que más quería.
– ¿De veras? -dijo Leonid, mientras sus ojos iban de la hendidura de sus senos hasta sus piernas cruzadas-. A mí me pareció una especie de perdedor.
– Yo moriría por él -dijo ella, mirando fijamente a los ojos al detective.
Él extrajo la docena de fotos.
– ¿Por este piojo? Ni siquiera la respeta a usted, y tampoco a ella -Leonid sintió el whisky detrás de los ojos y debajo de la lengua-. Mírelo acá, con las manos debajo del vestido de ella.
– Mire esto -le respondió ella.
Leonid alzó la vista y vio su amplia mata de vello púbico. Karmen se había alzado la falda, revelando que no llevaba nada puesto debajo.
– Esta es mi venganza -dijo-. ¿La quiere?
– Sí, señora -respondió Leonid, pensando que esa era la otra cosa que ella le había avisado que necesitaba que hiciera.
Él se había sentido excitado desde la última noche que había visto a Gert. No exactamente erótico, pero sí preso del hambre sexual. El whisky había liberado ese apetito.
Ella se puso de rodillas en el sofá azul y Leonid se bajó los pantalones. No recordaba cuándo había sido la última vez que había experimentado tanto deseo sexual. Se sentía un adolescente. Sin embargo, por más que lo intentaba, no lograba penetrarla.
Finalmente ella le dijo:
– Espera un momento, papi -y extendió la mano para lubricar la erección de Leonid con su propia saliva.
En cuanto la penetró plenamente supo que iba a eyacular. No había nada que pudiera hacer para evitarlo.
– ¡Hazlo, papi! ¡Hazlo! -gritó ella.
Leonid pensó en Gert, advirtiendo en ese momento que siempre la había amado, y en Katrina, para quien él nunca había sido suficientemente bueno. Pensó en esa pobre criatura tan enamorada de su hombre que para vengarse de él tenía que degradar su amor entregándose a un detective privado, excedido de peso y de edad madura.
Todo eso le pasó por la cabeza, pero nada podía interponerse en el camino del ritmo incontenible. Estaba martillando el esbelto trasero de Karmen Brown. Ella aullaba. Él aullaba.
Y de repente, todo terminó… así como así. Leonid ni siquiera sintió la eyaculación. Todo se mezcló en su violento ataque espasmódico.
Karmen Brown había terminado en el suelo. Estaba llorando.
El extendió la mano para ayudarla pero ella lo rechazó.
– Déjeme en paz -le dijo-. Suélteme.
Estaba hecha un lío, con la falda alrededor de la cintura y los muslos pegajosos y brillantes de saliva.
Leonid se levantó los pantalones. Sentía algo parecido a la culpa por haber tenido sexo con la muchacha. Era apenas unos años más grande que la joven hija de su esposa, la hija del joyero indio.
– Me debe trescientos dólares -dijo.
Tal vez en algún momento, en el futuro, le contaría a alguien que el mejor trasero que había tenido en su vida le había pagado trescientos dólares por el privilegio.
– En el sobre, arriba de la mesa. Hay mil dólares allí. Eso y el anillo y el brazalete que él me regaló. Quiero que se los devuelva. Lléveselos y váyase. Váyase.
Leonid rasgó el sobre para abrirlo. Encontró el dinero, un anillo con un gran rubí y un brazalete engarzado con diamantes de un cuarto de carat.
– ¿Qué quiere que le diga? -preguntó Leonid.
– No tendrá que decir ni una palabra.
Leonid quería decir algo, pero no lo hizo.
Fue hacia la puerta, y decidió bajar por la escalera en vez de esperar el ascensor.
Durante el primer tramo pensó en Karmen Brown, que había rogado tener sexo y que luego había llorado tan amargamente. En el tercer tramo comenzó a pensar en Gert. Ansiaba extender las manos y tocarla, pero ella había desaparecido.
En el primer piso se cruzó con un joven tatuado que esperaba ante la puerta del ascensor.
Cuando Leonid lo miró, el joven desvió la mirada.
Llevaba puestos unos guantes de cuero.
Leonid traspuso la puerta y se dirigió hacia el oeste.
Dio cuatro pasos, cinco.
Recorrió la distancia hasta el final de la manzana y fue entonces, cuando se quitó la chaqueta por el calor, que se preguntó por qué a alguien se le ocurriría usar guantes de cuero en un día tan caluroso. Pensó en los tatuajes y le vino a la cabeza la imagen de una moto.
La había visto estacionada justo ante la puerta del edificio de Karmen Brown.
Oprimió todos los timbres hasta que alguien lo dejó entrar. Estaba dispuesto a subir corriendo por la escalera pero el ascensor estaba en la planta baja, y abierto.
Mientras subía intentó encontrar el sentido de todo eso.
Las puertas se abrieron y él se abalanzó hacia el departamento de Karmen.
El joven con los brazos tatuados estaba saliendo. Saltó hacia atrás y metió la mano en el bolsillo, pero Leonid saltó sobre él y lo golpeó. El joven recibió el golpe de lleno pero no soltó la pistola. Leonid le aferró la mano y se abrazaron, describiendo una intrincada danza que giraba en torno de la fuerza de ambos y de esa pistola. Cuando el muchacho logró arrebatar la pistola de la mano de Leonid, el detective, más pesado, se abalanzó sobre el otro con todo su peso muerto y ambos cayeron al suelo. La pistola se disparó.