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Las Baladas Del Ajo

Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:

Una tragedia oriental que nos introduce en una China recóndita y contemporánea, que aún continúa siendo algo desconocida a ojos occidentales.
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
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– Éste es el tuyo -dijo-. De ahora en adelante, eres el Preso Número Nueve.

Uno de sus compañeros de celda, un joven, saltó de su catre y comenzó a aplaudir.

– Bienvenido, compañero de armas. Bienvenido.

La puerta de metal se cerró de golpe. El joven lanzó un redoble con la boca y, en un espacio tan reducido, comenzó a hacer piruetas y cabriolas. Gao Yang le observó nerviosamente. Tenía la cabeza afeitada, pero le habían quedado tantos huecos que los mechones de pelo oscuro que no había rasurado la navaja daban a su cráneo un aspecto desagradable y moteado. Mientras el joven hacía piruetas alrededor de la celda provisional, la imagen que Gao Yang tenía de él alternaba entre un rostro pálido y demacrado y una espalda salpicada de lunares. Estaba tan famélico que no parecía tener caderas y, cuando hacía cabriolas por la celda, parecía una de esas figuras de papel que dan saltos mortales cuando aprietas los palillos que las manejan.

Alguien desde el exterior golpeó la puerta con un objeto contundente y soltó un grito. Casi inmediatamente, en el ventanuco que había en la parte superior de la puerta, apareció un rostro sombrío y anguloso.

– Número Siete, ¿se puede saber qué demonios te pasa? -tronó el rostro.

El joven dejó de bailar, puso en blanco sus vidriosos ojos y miró el rostro que había al otro lado de la ventana.

– Nada, oficial.

– Entonces, ¿por qué estás dando saltos? -El rostro anguloso preguntó severamente-: ¿Y por qué estás gritando?

Gao Yang observó la hoja reluciente de una bayoneta.

– Estoy haciendo ejercicio.

– ¿Quién dijo que podías hacer ejercicio aquí, maldito idiota?

– ¡Aja! -dejó escapar el joven prisionero mientras se acercaba a la puerta-. Así que, como eres un oficial, te gusta insultar a la gente, ¿no es cierto? Las instrucciones del presidente Mao dicen: «No golpees a los demás y no les insultes». Quiero ver al oficial al mando. Veremos si puedes dirigirte a mí en ese tono.

El guardia, al que llamaban oficial, golpeó las barras de la ventana con la culata del rifle.

– ¡Sujeta tu lengua o hago que el carcelero te abofetee!

El joven prisionero se dio la vuelta y corrió hacia su catre, sujetándose la cabeza con las manos y suplicando cínicamente.

– Oficial, buen amigo. Ya me callo, ¿lo ves? Perdóname, por favor.

– ¡Maldito imbécil de mierda! -se quejó el rostro mientras desaparecía del ventanuco.

Gao Yang escuchó el repiqueteo de las botas alejándose por el pasillo, que parecía interminable. Cuando Gao Yang fue conducido allí en la furgoneta de la policía, le llevaron por el largo pasillo, atravesaron una puerta de acero tras otra, un ventanuco tras otro, detrás de los cuales se asomó un desfile de rostros desencajados. Parecían figuras de papel recortadas, que podía haber derribado con sólo soplarlas.

Luego recordó vagamente cómo dos policías sacaban de la furgoneta al joven con cara de caballo, todavía con la casaca blanca envuelta alrededor de la cabeza. A continuación, si no recordaba mal, llegó un enfermero y se llevaron al joven en una camilla. Trató de imaginar qué habría sido de él después de aquello, pero esos pensamientos no hacían más que confundirle, así que optó por dejarlo.

Era una celda oscura, con el suelo gris, las paredes grises y los catres grises; hasta los cuencos para la comida eran grises. Los últimos rayos de luz que procedían del sol del atardecer se filtraron a través de la ventana de barrotes, tiñendo algunas partes de la grisácea pared de un tono púrpura rojizo. Lo único que se podía ver a través de la ventana era una torre de perforación, recubierta con una jaula de cristal que resplandecía a la luz del sol. Una bandada de palomas, con las alas teñidas de rojo dorado, pasó por encima de la jaula emitiendo sus lúgubres gritos y haciendo que Gao Yang temblara de miedo. Volaron hasta quedar fuera del alcance de su vista, luego cambiaron de rumbo y regresaron, acompañadas de los mismos gritos.

Un anciano encorvado se acercó al desorientado Gao Yang y le tocó con un dedo tembloroso.

– Un cigarrillo… Un cigarrillo… Nuevo… ¿Tienes un cigarrillos-chilló.

Gao Yang, descalzo y con el torso desnudo, no llevaba más que un par de pantalones cortos anchos y cuando la mano pegajosa y maloliente le tocó, su piel se estremeció. A duras penas consiguió reprimir los gritos. Tras ser rechazado, el anciano se dio la vuelta con enfado y se enroscó en su catre.

– ¿Por qué estás aquí, amigo? -preguntó sin darle importancia una voz que procedía de la espalda de Gao Yang.

Gao Yang no fue capaz de distinguir los rasgos de aquel hombre entre la tenebrosa oscuridad, pero su instinto le dijo que se trataba de un individuo de mediana edad. Estaba sentado sobre el suelo de hormigón y tenía apoyada su enorme cabeza sobre un catre gris.

– Yo… -Gao Yang no tenía ganas de contestar-. No estoy seguro.

– ¿Quieres decir que te han tendido una trampa para incriminarte? -replicó el hombre con hostilidad.

– No, no es eso lo que he querido decir -se defendió Gao Yang.

– ¡No me mientas! -espetó el hombre, mientras le señalaba amenazante con un rechoncho dedo negro-. A mí no me engañas: estás aquí por violación.

– No es cierto -protestó Gao Yang tímidamente-.Tengo esposa e hijos. ¿Cómo iba a hacer algo tan despreciable?

– Entonces estás aquí por haber robado.

– ¡Te equivocas! -replicó Gao Yang con enfado-. ¡En mis cuarenta años no he robado ni un alfiler!

– Entonces… Entonces debes ser un asesino.

– El único asesino que hay aquí eres tú.

– Casi aciertas -replicó el hombre de mediana edad-. Aunque aquel muchacho no llegó a morir. Le partí el cráneo con un palo y dijeron que se le salió el cerebro. ¿Quién diablos ha visto salirse un cerebro del cráneo?

Un agudo silbido recorrió todo el pasillo, cortando de raíz su conversación.

– ¡Hora de comer! -gritó alguien roncamente fuera-. Sacad los cuencos al pasillo.

El anciano que había tocado a Gao Yang extrajo de debajo de la cama dos vasijas grises de esmalte y las empujó a través de una pequeña abertura rectangular que se encontraba en la base de la puerta. La celda se iluminó con una luz intensa, pero sólo durante un breve momento, antes de volver a sumergirse en una tenebrosa oscuridad. Pero fue suficiente para que Gao Yang viera lo alta y estrecha que era la celda: una pequeña bombilla eléctrica, que tenía forma de cabeza de ajo, colgaba del techo -que, naturalmente, estaba pintado de gris- como una tenue estrella solitaria en el inmenso cielo. Resultaba imposible alcanzar un techo tan elevado incluso para un hombre alto que se subiera a los hombros de otro. ¿Por qué razón, se preguntó, han tenido que hacer el techo tan alto? Lo único que se consigue es que resulte muy difícil cambiar la bombilla. Un par de metros al norte de la instalación de la luz se encontraba un pequeño tragaluz cubierto por unas láminas de hojalata. Cuando la luz se encendió, una docena aproximada de moscas enormes comenzó a zumbar alrededor de la sala, poniéndole nervioso. A continuación observó otra nube de moscas pegada a las paredes.

El supuesto asesino, que sin duda era un hombre de mediana edad, cogió un cuenco de esmalte de su catre y limpió algunos restos de alimento de su interior con la mano desnuda, luego lo sujetó por el borde y comenzó a golpearlo con un par de palillos rojos. El prisionero joven y demacrado sacó su cuenco de debajo del catre. Pero, en lugar de golpearlo, lo arrojó sobre el camastro. Luego se estiró y bostezó perezosamente, con lágrimas en los ojos y mucosidad en la nariz.

El otro prisionero dejó de golpear el cuenco para dar una patada al compañero de celda más joven con un gran zapato de cuero que daba la sensación de pesar varios kilos; la piel oscura y el vello rubio asomaban por entre los jirones de sus pantalones. Su patada, que con toda seguridad debió ser muy dolorosa, alcanzó al joven en la espinilla e hizo que emitiera un grito de dolor. Poniéndose de pie, se fue saltando hasta su catre y se tumbó en él para restregarse su pierna dolorida.

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