Las Baladas Del Ajo
- Автор: Янь Мо
- Язык: испанский
- Переводчик: Carlos Osses Torron
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
– ¿Por qué has hecho eso, asesino? ¿Acaso disfrutas siendo cruel?
El hombre de mediana edad apretó sus fuertes y amarillos dientes y dijo gruñendo:
– Tu viejo seguro que murió cuando era joven, ¿no es así?
– ¡Tu viejo sí que murió joven!
– Es cierto, así fue, ese cerdo hijo de puta -dijo el hombre, para desconcierto de Gao Yang. ¿Cómo puede llamar hijo de puta a su propio padre?-. Pero yo te pregunté si tu viejo murió joven.
– Mi viejo está vivo y coleando -dijo el joven prisionero.
– Entonces, es un mal padre y, además, un hijo de puta. ¿Acaso no te enseñó que es de mala educación estirarse y bostezar delante de los demás?
– ¿Qué tiene eso de malo?
– Trae mala suerte -respondió el hombre de mediana edad en un tono sombrío. A continuación escupió en el suelo, pisó fuertemente tres veces el viscoso escupitajo con el pie izquierdo y luego otras tres veces con el pie derecho.
– Tienes un problema -dijo su joven compañero de celda mientras se frotaba la pierna, y luego añadió entre dientes-: Deberían haberte disparado, maldito asesino.
– A mí no -el hombre de mediana edad dejó escapar una risa extraña-. Los únicos a los que van a disparar son a los que están en el corredor de la muerte.
Después de empujar los dos cuencos de esmalte hacia el pasillo a través del agujero que había en la puerta, el anciano se mojó los labios, como una lagartija que come bolas de grasa. Gao Yang se asustó al ver sus dientes podridos y deformes, así como sus ojos llorosos e infectados.
La quietud del pasillo se vio interrumpida por el sonido de un cacillo golpeando contra un balde de metal. El ruido todavía se encontraba a mucha distancia. El anciano encorvado avanzó arrastrando los pies y se agarró a los barrotes para mirar fuera, pero no tenía la altura suficiente, así que se apartó de la puerta y comenzó a rascarse la cabeza y a contraer las mejillas como si fuera un mono inquieto, A continuación, se dejó caer sobre su vientre para echar una mirada por el agujero que había debajo de la puerta. Lo más probable es que lo único que viera fueran los cuencos, así que se levantó, mojándose todavía los labios. Gao Yang se giró con una mueca de desagrado.
El sonido de los golpes cada vez se oía más próximo y el anciano parpadeó con mayor rapidez. Los demás prisioneros cogieron sus cuencos y se dirigieron hacia la puerta. Sin saber muy bien qué hacer, Gao Yang se sentó desconcertado sobre su catre gris y se quedó mirando al ciempiés que ascendía por la pared de enfrente.
Al sonido del balde que procedía del otro lado de la puerta se le unió la voz del guardia que les había gritado unos momentos antes.
– Cocinero Han, hoy ha entrado un prisionero nuevo, Número Nueve.
El cocinero Han, o quienquiera que fuera, aporreó la puerta.
– Escucha, Número Nueve. Un bollo al vapor y un cacillo de sopa por prisionero.
El cacillo golpeó contra el balde, e inmediatamente después una palangana se deslizó a través del agujero de la puerta, seguida de otra. La primera -gris, con un brillo de porcelana-, estaba llena de cuatro bollos al vapor; la segunda estaba a medio llenar con sopa, de color rojo intenso y con grumos de grasa flotando por encima, junto a unos cuantos pedazos amarillentos de ajo.
El tufillo del ajo enmohecido golpeó de lleno a Gao Yang, produciéndole al instante una sensación de ansiedad y de náusea. Su estómago borboteó como una bañera de burbujas; todavía tenía la sensación de estómago lleno después de las tres botellas de agua fría que se había tomado a mediodía. Sentía espasmos en el vientre y la cabeza le iba a estallar.
Cada uno de los compañeros de celda agarró un bollo al vapor, y dejaron uno, del tamaño de un puño y de color gris, con una piel brillante. Gao Yang sabía que le correspondía, pero no tenía apetito.
El prisionero de mediana edad y su compañero de celda más joven dejaron sus cuencos junto al bol de sopa. El anciano siguió su ejemplo y a continuación miró hacia Gao Yang con sus putrefactos ojos.
– No te apetece comer, ¿eh amigo? -dijo el hombre de mediana edad-. Probablemente todavía no has digerido los deliciosos alimentos que has tomado en el desayuno, ¿verdad?
Gao Yang apretó los dientes para contener la intensa sensación de náusea.
– Tú, viejo sinvergüenza, haz los honores. Y guarda algo para él. -La voz del hombre de mediana edad estaba cargada con un tono de autoridad.
El anciano prisionero cogió un cacillo grasiento y lo sumergió en la sopa, escurriéndolo durante unos instantes. A continuación levantó el cacillo, con cuidado de no derramar nada, y con una destreza v un equilibrio sorprendentes llenó el cuenco del prisionero de mediana edad.
En su rostro asomaba una sonrisa de sumisión. Pero la expresión del hombre de mediana edad no cambió un ápice. La segunda cucharada fue despachada con mayor rapidez, sin la menor destreza o equilibrio, directa al cuenco del prisionero más joven.
– ¡Maldito viejo gamberro! -gritó el joven-. Sólo me has dado caldo aguado.
– Ya tienes mucho -respondió el anciano-. ¿De qué te quejas?
El joven miró a Gao Yang como si buscara un aliado.
– ¿Sabías que este viejo cabrón fue atrapado agitando las cenizas de su familia? Cuando su hijo fue nombrado oficial y tuvo que marcharse a la ciudad, dejó a su vieja esposa en casa como si fuera una especie de mujer abandonada. Y empezó a acostarse con su propia nuera…
Antes de que el joven prisionero pudiera finalizar, su anciano compañero de celda le lanzó el cacillo de aluminio, golpeándole con tanta fuerza que se agarró la cabeza y empezó a gemir, mientras la sopa resbalaba por su rostro. El impacto hizo que se desconchara el cacillo, que el anciano prisionero recogió, manteniéndose todo lo erguido que le permitía su encorvado torso; con el cuello rígido y una mirada venenosa en el rostro.
El joven prisionero, aceptando el reto, agarró su bollo al vapor mirándolo pensativo, y lo arrojó a la cabeza del anciano, que estaba tan calvo como el propio bollo, salvo por unos graciosos mechones que asomaban a lo largo de las sienes. El bollo aterrizó en mitad de su amplia y brillante cabeza. El anciano se tambaleó y cayó de espaldas, sacudiendo la cabeza como si tratara de desprenderse de algo. Después de golpear su cabeza rapada, el bollo gris rebotó una vez en el suelo por delante del prisionero joven, que lo atrapó en el aire y lo levantó para ver si se había dañado.
Todo el episodio hizo que a Gao Yang se le pusieran los pelos de punta, pero sirvió para que se le pasara la náusea. Los sonidos que salían de su vientre también se detuvieron en seco. Entonces, como si se hubiera encendido un interruptor, el agua pareció vaciarse en sus intestinos y de ahí pasar a su vejiga. Ahora necesitaba orinar.
Cuando el anciano prisionero acabó de llenar los cuencos con sopa y con algunos trozos de verdura, quedó un poco en el fondo de la palangana. Miró a Gao Yang y, a continuación, al hombre de mediana edad.
– Déjalo ahí para nuestro amigo -ordenó este último.
– ¿Dónde está tu cuenco? -preguntó el prisionero a Gao Yang.
Con la vejiga a punto de reventar, Gao Yang apenas podía mantenerse erguido, y mucho menos hablar.
El prisionero de mediana edad se inclinó y deslizó un recipiente limpio de debajo del catre de Gao Yang. Era de color gris, con un número «9» impreso en el lateral, contenía un cuenco gris para la comida y un par de palillos rojos, además del contraste blanco de las telarañas y el negro de la suciedad y del hollín.