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Las Baladas Del Ajo

Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:

Una tragedia oriental que nos introduce en una China recóndita y contemporánea, que aún continúa siendo algo desconocida a ojos occidentales.
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
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Se despertó con el rugido de las olas, que rompían persistentemente sobre su cuerpo hasta que abrió los ojos. Lo primero que vio fue el rostro demacrado de Gao Ma, bañado en los intensos rayos anaranjados del sol. Su rostro era de color púrpura, sus labios estaban resecos y partidos; tenía círculos oscuros alrededor de los ojos y su cabello parecía el pelaje áspero de un chucho callejero. Estremeciéndose al contemplar semejante panorama, al instante se dio cuenta de que su mano apretaba fuertemente la suya y, mientras le miraba a los ojos, tuvo la sensación de que aquella persona que le agarraba la mano era un completo desconocido. El terror que le recorrió todo el cuerpo se vio invadido por una ligera sensación de culpabilidad, cuya aceptación la aterrorizó todavía más. Jinju le soltó la mano y se apartó de él, hasta que su retirada se vio cortada por una imponente e inflexible pared de yute. Las tajadas doradas de los rayos de sol asomaban a través de los agujeros de la pared de yute y las hojas en forma de garra temblaban emitiendo algún tipo de indicación secreta.

Escuchó la voz de su padre, vieja y áspera: «Jinju… Jinju…». Se incorporó torpemente y agarró la mano de Gao Ma. «Jinju… Jinju…». Esta vez se trataba de la voz de Hermano Mayor, aguda y nerviosa. Sus gritos planeaban sobre las puntas de los arbustos de yute y avanzaban hacia el horizonte. Gao Ma se incorporó, con los ojos redondos y despiertos, como los de un perro arrinconado.

Contuvieron la respiración y escucharon atentamente. El crujido de los arbustos y los sonidos de las pesadas respiraciones en el banco de arena dirigiéndose hacia el norte penetraron profundamente en la quietud de la noche. Jinju podía escuchar su propia respiración.

– Jinju… Jinju… Jinju… Jinju! ¡Pequeña puta, te comportas así para acabar conmigo!

Casi podía ver llorar a su padre. Soltándose de la mano de Gao Ma, se levantó con lágrimas en los ojos.

Los gritos de su padre eran más sombríos que nunca. Jinju lanzó un grito justo antes de que Gao Ma le tapara la mano con la boca. La mano apestaba a ajo -ella la arañó, y sus gritos ahogados se escaparon entre los dedos-. Gao Ma pasó el otro brazo alrededor de su cintura y comenzó a llevársela a rastras. Ella le arañó la cabeza. Mientras Gao Ma contenía la respiración, dejó caer la mano con la que tapaba la boca de la joven. Un líquido húmedo y viscoso se deslizó por las yemas de los dedos de Jinju mientras se clavaban en el cráneo de Gao Ma y observó cómo aparecían regueros de sangre de color rojo cobrizo en el nacimiento del pelo y resbalaban hacia las cejas.

Jinju pasó sus brazos alrededor del cuello de Gao Ma.

– Dime… ¿Qué es esto? -dijo llorando.

Gao Ma se tocó la frente con su palma.

– Has arrancado la costra de la herida que me hicieron con el taburete.

Jinju, apoyando la cabeza sobre el hombro de su amado, gimió suavemente.

– Hermano Mayor Gao Ma, todo es culpa mía… Yo te he hecho esto.

– No es culpa tuya. Me lo he buscado yo solo -dijo haciendo una pausa-. Jinju, me he dado cuenta con total claridad de cómo son las cosas. Vuelve a casa.

Una vez dicho esto, se agachó y ocultó la cabeza entre sus manos.

– No… Hermano Mayor… -Jinju se agachó y pasó sus brazos alrededor de las rodillas de Gao Ma-. He tomado una decisión. Voy a seguirte allá donde vayas, aunque tengamos que mendigar para sobrevivir.

La noche cayó mientras el sol se hundía en el horizonte. Las puntas del yute estaban envueltas por una neblina verde etérea, a través de la cual asomaba una docena de estrellas del tamaño de un puño. Jinju se torció el tobillo y cayó.

– Gao Ma -gritó-. No puedo dar un paso más…

Él se agachó y la ayudó a incorporarse.

– Tenemos que seguir avanzando. Tu familia enviará a alguien para que nos dé caza.

– Pero no puedo caminar -replicó entre lágrimas.

Él se despegó de sus brazos y comenzó a pasear de un lado a otro. El zumbido de los insectos de otoño se escuchaba entre el yute, al tiempo que un perro ladraba desde una aldea lejana.

Jinju se tumbó de espaldas completamente aturdida. Tenía el tobillo hinchado y le dolían las piernas.

– Duerme un poco -dijo Gao Ma-. Aquí debe haber cinco mil hectáreas de yute y la única manera de que nos puedan encontrar es usando perros policía. Cierra los ojos y trata de dormir un poco.

Jinju se despertó en mitad de la noche. El cielo estaba cubierto de estrellas que parpadeaban misteriosamente. Las pesadas perlas de rocío golpeaban con ruido sobre las hojas del yute que se habían caído al suelo.

Los insectos emitían sus zumbidos con más fuerza que nunca, llenando el aire de un sonido que recordaba al roce de las cuerdas del laúd con una púa de bambú. Desde el suelo del campo de yute procedía un susurro parecido al de las arenas movedizas. Así es como se debe sentir uno cuando navega por el océano, pensó Jinju, tumbada de espaldas. El yute desprendía un olor acre que recogía el aroma fétido de la tierra húmeda que emanaba del suelo. Un par de aves nocturnas volaba formando círculos sobre sus cabezas, mientras el aleteo de sus alas y sus espeluznantes bramidos penetraban en la espesa bruma. Jinju trató de darse la vuelta, pero le resultó imposible, ya que su cuerpo era tan pesado que tenía la sensación de haberse convertido en piedra. Una miríada de ruidos diminutos y apenas perceptibles procedía del campo, como si estuviera invadido por pequeñas criaturas misteriosas que brincaban y se deslizaban de puntillas entre las plantas de yute, cuyos ojos fosforescentes parpadeaban y brillaban con luz trémula. Volvió a sentirse invadida por el pánico.

Haciendo acopio de toda la fuerza que le quedaba, Jinju se puso de pie con mucho esfuerzo. El aire frío de la noche de otoño le había helado hasta los huesos, entumeciendo sus extremidades con la humedad del suelo. De repente, se acordó de una advertencia que una vez le había dado su madre: si duermes al raso sobre el suelo húmedo en una noche de bruma puedes contraer la lepra. El rostro de la anciana pasó como una centella por delante de sus ojos, arrastrando consigo un torrente de remordimientos: no tenía ningún kang caliente sobre el que dormir, ningún ratón se escabullía por las vigas del techo, ningún grillo chirriaba en la esquina de la pared, y no escuchaba a Hermano Mayor hablar en sueños ni los ronquidos de Segundo Hermano en la habitación de al lado. Se quedó paralizada como si su cuerpo hubiera dejado de funcionar, con el pensamiento fijo en su acogedor y humeante kang. Asustada al pensar en la noche que la envolvía y en el día que estaba por venir, de repente se vio a sí misma como una mujer completamente irracional y a Gao Ma como un ser detestable.

Sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad y ahora las estrellas brillaban con fuerza en el cielo, y una parte de su luz se había vuelto de color verde pálido, como si se reflejaran en ella las hojas y los tallos del yute. Miró a Gao Ma, que se encontraba sentado a sólo unos cuantos pasos de distancia, con las manos entrelazadas alrededor de las rodillas para que le sirvieran de almohada a la cabeza. Como si fuera una figura esculpida en piedra, no se movía ni emitía el menor sonido. En ese momento, estaban separados por un inmenso abismo y Jinju se sintió muy sola mientras, uno a uno, los ojos verdes de su alrededor se acercaban más y más y el crujido de las hojas secas producido por unas diminutas garras repiqueteaba en sus oídos. A su espalda se extendía un manto de aire fresco, mientras unos hocicos helados se arrimaban a su cogote. Un grito se escapó de su garganta sin que pudiera evitarlo.

Gao Ma se puso de pie de un salto y corrió en círculos mientras el yute crujía como el aceite hirviendo, y una hilera de pequeñas luces verdes brillaba a su alrededor como un aro que da vueltas.

– ¿Qué ocurre? ¿Qué está pasando?

Se trataba de un hombre, y no de una fría y oscura roca en un arrecife, y su pánico hizo que Jinju se olvidara de sus pensamientos. Las oleadas de aire frío que venían por su espalda le empujaron a los brazos de Gao Ma, hacia el calor de su cuerpo.

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