Las Baladas Del Ajo
- Автор: Янь Мо
- Язык: испанский
- Переводчик: Carlos Osses Torron
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
– Apenas hemos comenzado -respondió su madre lacónica – mente.
Xinghua se agachó para pasar la mano sobre la pila de ajo que había debajo de ella.
– ¡Qué bien! -exclamó-. El montón está creciendo mucho. Vamos a ganar mucho dinero.
– Calculo que este año vamos a sacar más de mil quinientos kilos. A cincuenta fen el kilo, son mil quinientos yuan.
– No te olvides de los impuestos -le recordó su mujer.
– Ah, claro, los impuestos -murmuró Gao Yang-. Por no hablar de los enormes gastos. El año pasado el fertilizante costaba veintiún yuan el saco. Este año ha subido a veintinueve con noventa y nueve.
– Se creen que así nos suena mejor que treinta -protestó su esposa.
– El gobierno siempre cuenta en números impares.
– Hoy en día, el dinero apenas vale el papel con el que está impreso -se quejó su esposa-. Al principio del año se podía comprar un kilo de cerdo a uno cuarenta y ahora está por encima de uno ochenta. Los huevos costaban uno sesenta el puñado y eran bien grandes. Ahora están a dos yuan y son más pequeños que los albaricoques.
– Todo el mundo se está enriqueciendo. El Viejo Su, del instituto empresarial, acaba de construirse una casa de cinco habitaciones. Casi me muero cuando me enteré de que costaba cincuenta y seis mil.
– Ese tipo nunca ha tenido problemas para ganar dinero -dijo su esposa-. Pero la gente como nosotros, que nos ganamos la vida con la tierra, seguiremos siendo pobres dentro de miles de años.
– Da gracias por tener lo que tienes -dijo Gao Yang-. Acuérdate de cómo estábamos hace unos años, cuando no teníamos ni para comer. Los últimos dos años hemos tenido buena harina para elaborar comida y nuestros mayores nunca han estado tan bien como ahora.
– ¿Tú procedes de una familia de terratenientes y todavía dices que tus mayores nunca han estado tan bien como nosotros? -se burló su esposa.
– ¿De qué les sirvió ser terratenientes? Eran demasiado tacaños como para comer y demasiado rastreros como para cagar. Todos los fen se invertían en adquirir más tierra. Mis padres sufrieron toda su vida. Mi madre me dijo una vez que antes de la Liberación del 49 solían comenzar cada año con ocho onzas de aceite de cocina y al final del año todavía les sobraban seis.
– Me suena a arte de magia.
– No. Ella decía que cuando cocinaban algún alimento, solían mojar un palillo en el agua antes de sumergirlo en el aceite. De ese modo, por cada gota de aceite que se adhería al palillo, una gota de agua permanecía en la botella. Así es como empiezas con ocho onzas y acabas con seis.
– En aquellos tiempos, el pueblo sabía cómo arreglárselas.
– Pero sus hijos e hijas aprendieron lo que es el sufrimiento -dijo Gao Yang-. Si no fuera por Deng Xiaoping, me habrían pegado la etiqueta de terrateniente.
– El Viejo Deng lleva diez años en el poder. Espero que los dioses le permitan vivir muchos más.
– Las personas que son tan enérgicas están destinadas a tener una vida larga.
– Lo que no entiendo es cómo los funcionarios superiores pueden comer como reyes, vestir como príncipes y tener el cuidado médico de los dioses; entonces, cuando alcanzan los setenta u ochenta años y les llega el momento de morir, no tardan un minuto. Sin embargo, mira a nuestros viejos campesinos. Trabajan durante toda su vida, crían a un par de hijos inútiles, nunca comen buenos alimentos ni llevan ropas decentes y a los noventa años todavía salen a trabajar al campo cada día.
– Nuestros líderes tienen que lidiar con todo tipo de problemas, mientras que nosotros nos preocupamos de trabajar, de comer y de dormir. Por esa razón vivimos tantos años: no desgastamos el cerebro.
– Entonces, explícame por qué ludo el mundo quiere ser funcionario y nadie quiere ser campesino.
– Ser funcionario tiene sus propios riesgos. Un paso en falso y estás más perdido de lo que cualquier campesino puede imaginar.
Un tallo de ajo se partió en dos cuando su esposa, con un quejido, lo arrancó del suelo.
– ¡Ten cuidado! -gritó Gao Yang-. Cada uno de ellos vale varios fen.
– ¿Por qué me miras así? -se defendió su esposa-. No lo he hecho a propósito.
– No he dicho que lo hicieras.
El camión de policía atravesó una puerta roja y dio un frenazo, haciendo que la cabeza de Gao Yang se deslizara hasta el joven con cara de caballo. El hedor de la sangre persistía, pero el olor a ajo había desaparecido.
CAPÍTULO 6
Un jefe de prefectura que extermina clanes, un administrador del Condado que aniquila familias. Ninguna broma delirante sale de las bocas del poder: nos dices que plantemos ajo y eso es lo que hacemos, así que, ¿qué derecho tienes a no comprarnos nuestra cosecha?
Extracto de una balada de Zhang Kou cantada delante de la casa del administrador de la Provincia Zhong después de la saturación.
Ella perdía y recuperaba la consciencia mientras se apoyaba en la espalda de Gao Ma, con los brazos enrollados fuertemente alrededor de su poderoso cuello. Cuando cruzaron el río Corriente Favorable, abandonando un condado y entrando en otro, sentía que todos los lazos que había entre ella y su pasado, entre ella y su hogar, entre ella y sus familiares -si es que todavía seguía considerándolos como tales-, se habían cortado de un solo golpe. Dejó de escuchar los gritos de su padre y de su hermano, pero sentía que todavía estaban a su espalda. Lanzados con dardos dorados, bailaban en el aire antes de volar por el río y se enganchaban en las puntas de los arbustos de yute. Con los ojos cerrados, se pudo concentrar en el sonido que emitía el cuerpo de Gao Ma mientras atravesaba el campo de yute, tan densamente tupido que incluso detenía el viento, creando un suave sonido de olas oceánicas.
El yute se movía agitado, rompiéndose como el agua para dejar un pasillo por el que poder atravesarlo para después cerrarse al instante. Había momentos en los que Jinju se sentía como si se encontrara navegando en un pequeño bote -algo que nunca había hecho en la vida real- y cuando abrió los ojos tuvo ante sí un panorama extraordinariamente colorido. Así que los cerró de nuevo y sintió el sosiego que se apoyaba sobre la base del agotamiento. La respiración agitada de Gao Ma sonaba como los soplidos de un temible toro mientras corría a través del yute, como una interminable extensión de grilletes suaves y flexibles contra los cuales forjaban un camino fijo -al menos, así es como ella se sentía-. En su mente, un sol enorme del color del bronce se hundía lentamente en un cielo velado en la punta de un universo caótico. Un racimo de palabras desconocidas inundaba el aire -ella ni las entendía ni recordaba dónde las había oído antes- y se desvanecía con la misma rapidez con la que apareció, dejando tras de sí la majestuosa presencia del cielo y la tierra. El yute se doblaba dulcemente con el fresco viento del anochecer y después se ondulaba ligeramente antes de enderezarse con lentitud: era como un mar de color escarlata. Ella yisu hombre se habían transformado en un pez que se había olvidado de nadar.
El yute, todos los arbustos de yute estáis en su camino, y en el mío. Vuestros labios verdes se amohinan y vuestros astutos ojos de ébano miran de soslayo; os reís con inusitada alegría y estiráis las piernas con los rostros sonrientes, extremidades traicioneras.
Gao Ma se tropezó y cayó al suelo y, mientras su cuerpo amortiguó la caída de Jinju, ésta sintió cómo el yute cedía bajo su peso. Un mar de yute aumentó y golpeó por encima de ellos como las olas de la marea, tragándolos completamente. Sin atreverse a abrir los ojos, trató de sumergirse en un estado de letargo. Los sonidos del mundo se perdieron en la distancia hasta que todos sus sentidos se agudizaron para captar la suavidad del yute.