Las Baladas Del Ajo
- Автор: Янь Мо
- Язык: испанский
- Переводчик: Carlos Osses Torron
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
– ¿Quieres comer? -gritó encaramado en la espalda del anciano-. ¡Ven aquí, que te voy a dar de comer!
Los dos hombres rodaron por el suelo, golpeándose el uno al otro mientras chillaban y gruñían. Eso hizo que los guardias se acercaran corriendo. Un guardia con la cara cuadrada apareció por la ventana, golpeando ruidosamente la culata de su rifle contra los barrotes.
– ¿Es que estos idiotas se han cansado de vivir? -dijo gruñendo-. ¿Así es como nos pagáis que os demos de comer? Muy bien, si no os separáis ahora mismo, os tendré a pan y agua durante tres días.
Dicho eso, se fue corriendo ruidosamente por el pasillo de regreso a su puesto.
Los dos prisioneros, el anciano y el joven, se miraron como si fueran dos contrincantes en una pelea de gallos -a uno apenas le quedaban plumas, mientras que el otro todavía esperaba que le aparecieran- tratando de intimidarse durante una pausa. Todavía atrapado en el puño del anciano prisionero se encontraba el bollo al vapor, su premio, y la causa de que tuviera una serie de cortes y cardenales en su cabeza rapada.
– Suelta ese bollo, maldito viejo -dijo el prisionero de mediana edad con voz contenida y autoritaria.
El temblor en las manos del anciano se hizo más acusado a medida que apretaba el bollo al vapor contra su ombligo.
– Si no lo haces -dijo el prisionero de mediana edad con voz amenazadora-, esta noche te meto la cabeza en el orinal y te ahogo.
Incluso bajo la luz difuminada de la celda, los ojos del prisionero de mediana edad parecían luminosos.
Los ojos del anciano se llenaron de lágrimas y, puesto que carecía de pestañas que pudieran controlar el flujo, resbalaron libremente por los conductos de sus infectados rabillos. Gao Yang se dio cuenta de ello con total claridad. El anciano prisionero estiró lentamente los brazos hasta que quedaron a veinte centímetros de su cuerpo y, a continuación, abrió las manos. Gao Yang contó siete longevos dedos enterrados en el bollo, que desde hacía tiempo había dejado de tener su forma original. El desconsolado anciano de repente se puso furio so, arrancó un pedazo de bollo y se lo metió en la boca. A continuación, arrojó lo que le quedaba en el charco de orina que Gao Yang fue incapaz de contener.
– ¿Lo quieres? ¡Entonces cógelo! -gritó.
El prisionero de mediana edad apretó los labios y dijo:
– ¿Así es como te gusta, maldito perro mestizo?
Se acercó a él y le agarró por el cuello con el brazo, inmovilizándole.
– O coges ese bollo y te lo comes o te meto la cabeza en el orinal. Elige.
Los ojos del anciano se pusieron en blanco.
– Muy bien, ¿qué piensas hacer? -preguntó el hombre de mediana edad empleando un tono comedido.
– Me lo voy a comer… Me lo voy a comer -contestó el hombre, respirando con dificultad.
El prisionero de mediana edad le soltó y se dirigió a Gao Yang.
– No pareces un tipo que vaya a darme problemas -gruñó-. Espero que así sea. Lo que ahora quiero que hagas es que te bebas a lengüetazos el pis que has dejado en el suelo.
– Venga, vamos a ver quién es capaz de beberse su propia orina -anunció Wang Tai, un estudiante de sexto curso de la escuela elemental de la aldea Gaotong, situada en el municipio Zanja del Árbol, mientras se encontraba en los aseos. Era el verano de 1960 y Wang Tai, cuyo padre era el líder del Equipo de Producción Número 2 de Gaotong, pertenecía a una familia de pobres campesinos.
Era la hora del recreo. En cuanto sonó la campana, los alumnos salieron en tropel de la escuela, fusionándose en un solo cuerpo hasta que alcanzaron la pista de atletismo, donde se dividieron por géneros, de manera que quedaron los chicos al este y las chicas al oeste. Las malas hierbas crecían por toda la pista de atletismo, cuyas canastas de madera para jugar al baloncesto ofrecían una espléndida cosecha de hongos y los aros estaban rojos por el óxido. Un viejo macho cabrío barbudo y de ojos azules, atado a un poste de madera en el borde oriental de la pista, miraba fijamente a la pandilla de niños demacrados, enjutos y desenfrenados.
Los aseos estaban situados en el borde meridional de la pista de atletismo: constaban de dos estructuras al aire libre, donde los aseos de los niños estaban en el este y los de las niñas en el oeste, separados por un muro bajo hecho con trozos de ladrillo. Gao Yang recordó que la pared apenas superaba la altura de su cabeza. Pero Wang Tai, que era el niño de mayor edad de la clase, era tan alto como el muro, así que le bastaba con ponerse de pie sobre unos ladrillos para ver lo que ocurría al otro lado.
Gao Yang evocó la imagen de Wang Tai de pie sobre tres ladrillos para curiosear el lavabo de niñas que había al otro lado de la pared. También recordó el aspecto que tenía el aseo de los chicos: una larga fosa en el centro protegida por una pequeña pared recubierta de ladrillos, donde los niños se situaban de pie alrededor de los cuatro lados orinando al mismo tiempo. El espacio que había alrededor de la abertura de la fosa lo llamaban «el precipicio», y su parte más recóndita estaba pulida por los pies de los niños. Algunas malas hierbas de un color negro impecable y algunos juncos rojos crecían en los extremos del mismo, junto a las verdolagas, con sus pequeñas flores amarillas.
– ¡Eh, escuchadme todos, no meéis ahora! Aguantaos para ver quién es capaz de beberse su propia orina -dijo Wang Tai desde el precipicio.
Como todos los chicos desde primero a quinto curso no podían orinar desde el precipicio, regaban las malas hierbas y las flores que se encontraban en el borde exterior, haciendo que crujieran ruidosamente.
– ¿Quién es el primero? -preguntó Wang Tai-. Vamos, Gao Yang, inténtalo.
Gao Yang y Wang Tai pertenecían al mismo equipo de producción. El padre de Wang Tai era el líder del equipo, mientras que el de Gao Yang era un antiguo terrateniente al que habían obligado a trabajar bajo la supervisión de los campesinos pobres y de clase media baja.
– Muy bien, yo el primero -respondió Gao Yang con alegría.
Un cuarto de siglo después, todavía se acordaba de aquel incidente.
Por entonces, Gao Yang sólo tenía trece años y, aunque su familia nunca tenía suficiente para comer ni para vestir ropas decentes, y se veía obligada a ahorrar y a apretarse el cinturón, al menos podía enviarle a la escuela durante el sexto curso. Su padre fue un terrateniente; su madre, la esposa de un terrateniente. Con un pasado así, ni con todo el talento del mundo se podía impedir que Gao Yang tomara el único camino que había despejado para éclass="underline" dentro de poco tiempo se iría directo a trabajar al Equipo de Producción Número 2 de Gaotong bajo la supervisión del padre de Wai Tang. Gao Yang estaba completamente seguro de que nunca iba a aprobar el examen de ingreso en la escuela media, aunque sacara las mejores notas en todas las asignaturas, algo que en todo caso sería imposible. Por eso, enseguida se mostró dispuesto cuando Wang Tai le dio la posibilidad de beberse su propia orina. Por entonces, llamar la atención de los demás, por la razón que fuera, era algo que le hacía feliz.
Cuando dijo que la probaría, estaba seguro de poder hacerlo, así que apuntó su firme y pequeño pájaro hacia el cielo y lanzó un chorro de orina amarilla por encima de su cabeza. Acercó rápidamente los labios a la columna acuosa, tomó una buena bocanada y se la tragó. Luego volvió a repetir el proceso.
Wang Tai soltó una carcajada.
– ¿Qué tal sabe? ¿Te ha gustado?
– Se parece al té -mintió.
– ¿Quién más quiere probar? -preguntó Wang Tai-. ¿Quién va ahora?
No hubo voluntarios.
Algunos de los muchachos más pequeños salieron corriendo hacia la pista de atletismo y gritaron.
– ¡Venid aquí, rápido! ¡Los de sexto curso están viendo quién se bebe su propio pis!