Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Las Baladas Del Ajo - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Las Baladas Del Ajo

Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:

Una tragedia oriental que nos introduce en una China recóndita y contemporánea, que aún continúa siendo algo desconocida a ojos occidentales.
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
1 ... 26 27 28 29 30 31 32 33 34 ... 87
Перейти на страницу:

Wang Tai se dirigió hacia los demás estudiantes de sexto curso.

– Li Shuanzhu, ve allá y ocúpate de esos mocosos.

Luego dijo bajando la voz:

– Eh, chicos, ¿sabéis cómo mean las niñas? Así.

Wang Tai abrió las piernas, se agachó y soltó un sonido siseante por la boca.

Los estudiantes de sexto soltaron grandes carcajadas.

A continuación, Wang Tai les alineó en el borde occidental del precipicio.

– Ahora veremos quién puede mear más alto -dijo-. Al ganador le doy un premio.

Una docena o más de alumnos formó en línea, con Wang Tai a la cabeza, y lanzó hacia el aire una serie de columnas acuosas: algunas de ellas amarillas y otras blancas, algunas claras y otras turbias. La mayoría de ellas fue a chocar contra la pared que dividía los aseos de los niños y de las niñas, pero al menos dos de ellas aterrizaron en el otro lado. Con diferencia, el torrente más turbulento pertenecía al propio Wang Tai. Gao Yang estaba completamente seguro de ello.

Del lavabo de las niñas salió un chillido agudo, seguido por una serie de improperios.

Gao Yang no se lo podía creer cuando Wang Tai le echó la culpa de todo.

El director llevó a rastras a Gao Yang hasta su despacho y le golpeó delante de los profesores.

– Los hijos de los héroes son sólidos como ladrillos, los hijos de los reaccionarios son todos unos gilipollas -anunció, antes de dirigirse a uno de los profesores más jóvenes-: Liu Yaohua, ve a la aldea Gaotong y di a los padres de Wang Tai y de Gao Yang que quiero verles.

Gao Yang se echó a llorar, temiendo que su padre volviera a sufrir de nuevo, y todo por culpa suya.

El prisionero anciano recogió el bollo del charco de orina de Gao Yang y lo apretó con las dos manos, emitiendo un sonido burbujeante mientras la pegajosa orina se derramaba a través de sus mugrientos y nudosos dedos. Después de haberlo escurrido para que se secara, se frotó las manos en los pantalones, arrancó un pedazo y se lo introdujo en la boca.

– Lo ves, compañero, se lo está comiendo. Ahora, adelante, a beber. Es tu propia orina, así que no puede hacerte daño -dijo con una sonrisa el prisionero de mediana edad, en voz tan baja que los guardas no podían escucharle.

Gao Yang lanzó una mirada de odio al supuesto asesino, sintiéndose por primera vez en su vida moralmente superior a alguien. ¡Asesino! ¡Ladrón! ¡Viejo cabrón incestuoso! Cuando los campesinos pobres y de clase media y baja me hicieron beber mi propia orina, lo hice. Y cuando los Guardianes Rojos me obligaron a bebería, lo hice. ¿Pero un delincuente común como tú?

– No pienso hacerlo -anunció desafiante.

– ¿Estás seguro? -preguntó el prisionero de mediana edad con una risa sutil.

– Completamente -replicó Gao Yang mientras miraba al anciano, que estaba engullendo el bollo empapado en orina, y sintió cómo una oleada de náuseas ascendía por su garganta.

– Será mejor que hagas lo que dice, por la cuenta que te trae -le apremió el prisionero joven.

– Si los guardias me ordenaran que lo bebiera, no tendría más remedio que hacerlo -respondió Gao Yang-. Pero no he hecho nada para ofenderos a ninguno de vosotros.

– Puede que no -dijo el joven piadosamente-. Pero las reglas son las reglas.

– Vamos, bébetelo -añadió el anciano, aumentando su ira-. Las personas tienen que aprender a comportarse gentilmente con humillación. Mírame a mí, me estoy bebiendo tu orina, ¿lo ves?

– No soy la clase de tirano que crees, amigo mío -dijo el prisionero de mediana edad con voz seria-. Créeme, es por tu propio bien.

Empezando a vacilar, Gao Yang se sintió verdaderamente conmovido por la aparente sinceridad de aquel hombre.

– Adelante, Hermano Pequeño. Bébetelo -gritó el anciano, con la garganta llena de pedazos de bollo al vapor.

– Haz lo que te dice, Hermano Mayor -le apremió el joven compañero de celda con los ojos llorosos.

A Gao Yang le empezó a doler la nariz -estaba a punto de llorar- y cuando observó a los tres criminales con los que compartía la celda, se sintió como un hombre a quien sus seres queridos tratan de engatusar para que se tome una dosis de medicina.

– La voy a beber… La voy a beber -dijo tensando la garganta hasta no poder hilar una frase completa.

– Buen chico, eso es lo que quería oír -exclamó el prisionero de mediana edad dándole una palmada amistosa en el hombro.

Gao Yang se puso lentamente de rodillas sobre el suelo de cemento en mitad de su propio charco de orina, que conservaba el intenso hedor del ajo. Mientras cerraba los ojos, por su mente pasaron las imágenes de su padre y de su madre. Su padre llevaba un sombrero cónico para la lluvia hecho jirones, por cuya punta asomaba un mechón de cabello ralo. Estaba encorvado y respiraba con dificultad. Su madre, arrastrando sus pies pequeños y estrechos, empujaba una carreta colina arriba en mitad de la nieve. Gao Yang alisó rápidamente sus febriles labios contra el frío suelo de cemento. El olor del ajo -¡ah, el olor del ajo!-. Bebió un sorbo de orina fría, y otro más, y un tercero… ¡Ah, el olor del ajo!

El hombre de mediana edad le agarró por los hombros y le ayudó a incorporarse.

– Hermano Pequeño -dijo-, ya es suficiente.

Después de que le condujeran hasta su catre, Gao Yang se sentó en el borde como si hubiera entrado en trance, sin decir una sola palabra durante la mitad de tiempo que se tarda en fumar una pipa entera. Un borboteo le subió por la garganta. Otra larga pausa antes de que sus labios se separaran y soltaran repentinamente, entre lágrimas:

– Padre… Madre… Hoy vuestro hijo… se ha bebido su propia orina… otra vez.

Su padre llevaba puesto su raído sombrero cónico para la lluvia y respiraba con dificultad. Entre sus manos sujetaba una vara mientras esperaba de pie en la oficina de la escuela, observando lastimosamente el rostro del casi apoplético director.

– Señor Director, señor, el chico no sabía lo que estaba haciendo…

– ¿Qué quiere decir con que no sabía lo que estaba haciendo? -bramó el director mientras golpeaba sobre la mesa-. ¡Es un pequeño vándalo!

– ¿Un ván… dalo?

– ¡Ha orinado encima de las niñas de su clase! ¿Qué tiene que decir a eso?

– Señor Director… Señor… Llevo muchos años leyendo a los clásicos… Benevolencia, justicia, ritos, conocimiento, confianza… Ningún contacto entre niños y niñas… -Su padre se echó a llorar antes de acabar.

– Olvídese de toda esa sarta de estupideces feudales -gruñó el director.

– No tenía la menor idea de que pudiera hacer algo tan vergonzoso como eso -dijo su padre, que temblaba de los pies a la cabeza, levantando la gruesa vara de sauce entre sus manos-. Voy… voy a matarle… Le voy a golpear hasta la muerte… Me has decepcionado, no vales para nada, pequeño hijo de puta… Como si ya no tuviera suficientes problemas, ahora vas y me haces esto…

El encorvado anciano tocado con su desvencijado sombrero cónico para la lluvia levantó la vara de sauce con ambas manos… Se inclinó hacia atrás apuntando a la cabeza de Gao Yang, pero la vara aterrizó en su hombro…

– ¿Qué cree que está haciendo? -bramó el director-. ¿Dónde se cree que está, cometiendo una locura como ésa?

Arrebató de golpe la vara de las manos del padre y la arrojó a un lado.

– Hemos decidido expulsar a Gao Yang. Lléveselo. Por lo que a mí respecta, una vez que lleguen a su casa, puede golpearle hasta la muerte.

– Señor Director, por favor, no me expulse, por favor, no lo haga… -Gao Yang se sentía muy mal.

– ¿Acaso esperas que tengamos aquí a un gamberro como tú? -El director le miró-. ¡Vamos, vete con tu padre!

– Señor Director… -El padre estaba todavía más encorvado, sujetando de nuevo la vara con las dos manos y respirando con dificultad, mientras las lágrimas resbalaban por su rostro-. Señor Director, se lo suplico… Deje que acabe el bachillerato, por favor.

1 ... 26 27 28 29 30 31 32 33 34 ... 87
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)