Las Baladas Del Ajo
- Автор: Янь Мо
- Язык: испанский
- Переводчик: Carlos Osses Torron
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
– Hermano Mayor Gao Ma, tengo miedo, y también frío…
– No temas, Jinju. Estoy aquí.
Gao Ma la sujetó con firmeza, y la fuerza de sus brazos reavivó en ella una serie de recuerdos que llevaban mucho tiempo dormidos. Sólo unos meses atrás, aquel hombre me había agarrado tal y como lo hace ahora y había apretado su boca barbuda contra la mía. Pero ahora Jinju no disponía de la voluntad ni de la fortaleza necesaria para responder a la llamada de sus labios ardientes, que desprendían un fuerte hedor a ajo enmohecido.
Jinju volvió su rígido cuello y le abrazó con fuerza.
– Tengo frío… por todo el cuerpo…
Gao Ma la soltó y las rodillas de Jinju se doblaron. Cogió el abrigo de donde ella lo había dejado y, mientras lo sacudía, una nube de destellos verdes salpicó el yute, aumentando y apagándose, resplandeciendo y difuminándose.
Gao Ma le cubrió los hombros con el abrigo. El aire húmedo de la noche lo había vuelto pesado y despedía el apestoso hedor de una repugnante piel de perro. Gao Ma le ayudó a tumbarse en el suelo para masajearle las articulaciones con sus manos encallecidas. Cada uno de los dedos, cada uno de los músculos y tendones fueron frotados y masajeados, y todas sus articulaciones fueron pinchadas y punzadas por las manos de Gao Ma. En cada punto que tocaba se extendía una sucesión de corrientes eléctricas. Una ola de calor le recorría de pies a cabeza y regresaba de nuevo a los pies. Cerrando los ojos hasta que no fueron más que unas simples hendiduras, Jinju alargó el brazo para atrapar las chispas verdes que flotaban alrededor de la espalda desnuda de Gao Ma, que era delgada y enjuta. Pero lo que encontró más atractivo de él fueron sus oscuros pezones masculinos del tamaño de un guisante, que repentinamente Jinju se sintió tentada a pellizcar.
Algunas veces, Gao Ma aplicaba sobre sus músculos una fuerte presión, otras veces su mano apenas pasaba por encima de su piel; algunas veces pinchaba sus articulaciones con fuerza y otras apenas las punzaba. La respiración de Jinju se agitaba cada vez más y su corazón empezaba a latir con fuerza, haciendo que borrara de su mente todas las cosas que había pensado hacía sólo unos minutos. El cuerpo de Gao Ma estaba frío y húmedo junto al calor del suyo, respirando en bocanadas heladas que ahora emitían un olor ligeramente mentolado. Jinju se puso en tensión al sentir lo que estaba por llegar.
Cuando los dedos de Gao Ma se separaron de su piel, Jinju reaccionó con una mezcla de temor y curiosidad, levantando los brazos como si quisiera protegerse de algo. Pero las ásperas manos de Gao Ma acariciaban sus pechos, haciendo que sintiera multitud de escalofríos que le tensaban la piel, mientras un torrente de sacudidas eléctricas recorría todo su cuerpo.
Alrededor de Gao Ma relucían unos puntos verdes; se posaban en los arbustos de yute, bailaban, volaban, describían arcos irregulares, densos y deliciosos… Gao Ma estaba casi envuelto en esas chispas verdes, que aparecían incluso sobre sus dientes.
Jinju escuchó sus propios gemidos.
Una multitud de chispas verdes, una multitud de luciérnagas que chisporroteaban mientras volaban por el aire. Jinju dobló la columna, apoyándose en su espalda como si estuviera agarrando las chispas que se iluminaban sobre Gao Ma. «No siempre son verdes. Observa cómo cambian de color: ahora son de un escarlata intenso…, ahora son verdes…, ahora escarlata…, ahora verdes otra vez… Y, por último, presentan un reluciente manto de oro».
No se levantaron hasta poco antes del amanecer. Sólo cuando estaba acurrucada en sus brazos, Jinju percibía que aquello era real; en cuanto sentía su abrazo, todo cobraba forma, pero no sustancia.
– Debes estar agotado, Hermano Mayor. ¿Te encuentras bien?
La boca de Gao Ma estaba pegada a la oreja de ella, respirando en su interior bocanadas de aire mentolado.
Las estrellas, diminutos fragmentos de jade verde, parpadeaban en el cielo pálido. La bruma era cada vez más intensa, como también lo era el apestoso hedor de la tierra húmeda. Los insectos, rendidos después de resonar durante toda la noche, dormían plácidamente. Ningún sonido salía de los rostros congelados de los arbustos de yute. Con el retumbar de las olas en sus oídos, los párpados humedecidos y pegajosos, Jinju enterró su cabeza en el pliegue del codo de Gao Ma, y allí cayó en un profundo sueño, con los brazos envueltos firmemente alrededor de su cuello.
Los trinos de los pájaros anun-ciaron la llegada del amanecer. Las gotas de perla del rocío cubrían las verdes hojas del yute que, una vez recuperada toda su energía, apuntaban directamente hacia el cielo. Los tallos -de color rojo intenso que de vez en cuando se tornaba amarillo claro- permanecían erguidos e imponentes. El sol de la mañana enviaba sus rayos rojos hacia la tierra hasta iluminar el rostro de Gao Ma. Era un rostro enjuto, aunque claro y despierto. Un brillo irrefrenable de felicidad centelleaba en sus ojos. En ese momento, supo que Jinju ya no podría apartarse de él ni siquiera! 22i minuto. Su fuerza le atraía hacia él como si fuera un imán, hasta el punto de que los ojos de Jinju seguían todos sus movimientos. Los recuerdos de la noche que acababan de pasar hacían que su corazón latiera con fuerza y que la sangre se precipitara sobre su rostro. Una vez más, Jinju se arrojó a sus brazos, incapaz de controlar sus emociones, mordisqueándole el cuello. Tragó con avidez su propia saliva, mezclada con la mugre salada y sudorosa de su amado. Cuando le mordió en la arteria carótida sintió su poderoso palpitar, una sensación que la transportaba a un mundo de encantamiento y de maravillas, donde perdía el control sobre sí misma. Jinju le mordió, le chupó, acarició la piel con sus labios y, mientras lo hacía, sintió cómo sus órganos internos se abrían como si fueran flores nuevas.
– Hermano Mayor Gao Ma -dijo-, Hermano Mayor Gao Ma, no hay nada que pueda hacerme arrepentir de esto, ni siquiera la muerte.
Las perlas de rocío golpeaban contra el suelo y las ramas parecían estar recubiertas de una capa de aceite que emitía un brillo deslumbrante, mientras que de la tierra emanaba una humedad vaporosa. De algún lugar situado a su espalda llegó el grito de una codorniz moteada, un sonido interminable y ahogado como si, por arte de magia, el ave hubiera introducido su pico en la tierra para amortiguar su grito. Otra codorniz devolvió la llamada desde algún lugar situado enfrente. El aire de la primera hora de la mañana permanecía inmóvil, sujetando los arbustos de yute como un arrecife de coral que permanece inerte en un mar rojo.
– Tenemos que comer algo -dijo Gao Ma apartándola.
Ella le dedicó una sonrisa y volvió a tumbarse, levantando la mirada hacia las caóticas chispas verdes y a los fragmentos de luz del sol de color rojo dorado. Enseguida se concentró en algún punto oculto que se encontraba en el hueco de su mente donde permanecía el sonido de las mareas crecientes, distantes y misteriosas. Deseando poder sumergirse eternamente en ese reino, permaneció completamente inmóvil y contuvo la respiración; las chispas, como diminutos glóbulos de mercurio, se congelaron en el espacio y se estremecieron brevemente, como si quisieran mostrar que podían deslizarse en cualquier momento.
– Vamos, levántate a comer -dijo Gao Ma, sacudiéndole la muñeca. Sacó algunas tortas y un poco de ajo de su fardo. Después de pinchar las puntas secas y marchitas y los extremos bulbosos de los tallos, dejando únicamente las partes intermedias frescas y verdes, enrolló seis de ellos en una de las tortas y se la entregó a Jinju.
La joven sacudió la cabeza, ya que todavía estaba inmersa en las placenteras sensaciones que había sentido un momento antes y quería aferrarse a ellas el mayor tiempo posible. El olor acre del ajo le puso los pelos de punta -con el tiempo, había llegado a odiarlo-.
– Come algo, así nos podremos poner de nuevo en marcha -dijo Gao Ma.
Jinju cogió a regañadientes el rollo de torta, pero esperó hasta que él hubiera empezado la suya antes de realizar su primera tentativa. La torta era fina, dura y resistente como un trapo congelado. La mandíbula de Gao Ma rechinaba, sus mejillas se contraían y Jinju escuchaba el sonido del ajo crudo y frío que crujía repugnantemente en su boca. Por fin se decidió a morder su ración de ajo, que se partió fríamente, como si fuera un bambú cortado con un cuchillo. La boca se le llenó de saliva, pero su corazón, que ahora estaba crudo y frío, se arrugó en su interior.