Entre limones. Historia de un optimista
- Автор: Stewart Chris
- Год: 2000
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Entre limones. Historia de un optimista». Краткое содержание книги:
A partir de entonces, y una vez su mujer Ana se traslada con él a sus recién estrenadas posesiones andaluzas, empieza para ellos dos una nueva etapa, en la que poco de lo que hasta ahora daban por supuesto les sirve para algo: urge aprender a desenvolverse en un entorno donde necesitarán construir casas y puentes, conocer las plantas, lidiar con todo tipo de animales, tratar con sus vecinos alpujarreños, y asumir, mal que les pese, que el Chris que conocían de toda la vida ha dejado paso, de una vez por todas, a Cristóbal.
Todos dejaron de comer y se pusieron a mirarme con interés.
– Se hace así, Cristóbal -sugirió Domingo, pero Eduardo ya había perdido la paciencia con su inepto huésped.
– Dale al hombre un tenedor y tráele vino, mujer -ordenó-, no puede comer en seco.
Apareció un vaso de costa y, mientras tomaba un sorbo, Eduardo se puso a mirarme fijamente.
– Mi sobrino me ha dicho que tiene una máquina de esquilar ovejas -aventuró-. La gente de aquí dice que esas cosas te fríen el rebaño.
Comenzó una animada discusión, durante la cual yo me jacté un poco de cómo podía esquilar cientos de ovejas en un solo día con el extraño artilugio. Domingo dijo que lo iba a probar en cuanto llegara la primavera, aunque los otros no parecían estar tan convencidos. Entonces Domingo, como para zanjar la cuestión, dejó caer que yo tocaba la guitarra.
Esta noticia hizo que Eduardo diera un entusiástico porrazo en la mesa.
– ¡Aja!, eso ya está mejor. Manuel, tenemos un músico en la casa, tráete las guitarras.
Manuel hizo lo que le pedían, entregándole una a su padre y sentándose luego a su lado con la otra. Las afinaron un poco, tocaron distraídamente unos acordes y pasaron a trancas y barrancas a una tonada popular alpujarreña.
Por mucho que me hubiera gustado describir cómo los dedos encallecidos por el trabajo del viejo Eduardo punteaban las cuerdas de la guitarra como ni siquiera el mismo Orfeo hubiera podido hacer jamás, y cómo me había quedado embelesado por el dominio que los campechanos músicos tenían de sus instrumentos y por la sencilla belleza de la canción, no puedo negar la verdad: la música era un horroroso canto fúnebre, estropeado por los juramentos ponzoñosos de Eduardo cada vez que, invariablemente, Manuel perdía el compás. Padre e hijo se pasaron toda la actuación mirándose con el ceño fruncido, consumidos de cólera por la incompetencia del otro.
Finalmente la espantosa sesión tocó a su fin.
– Maravilloso -dije con un suspiro-. ¿No conocen otras tonadas?
Eduardo y Manuel me analizaron frunciendo el ceño.
– De acuerdo, vamos a tocarle otra…
Me estaba bien empleado. Pinché un trozo de cabra y fingí quedarme extasiado por el ritmo, dando golpecitos con el pie en un vano intento de encontrar el compás. Mientras golpeaba con el pie masticaba con furia el detestable trozo de ternilla de cabra que tenía en la boca. La canción se paró de forma abrupta y, una vez más, los músicos me miraron inquisitivamente. Pero esta vez mi integridad como crítico musical fue salvada por la ternilla de cabra que oportunamente se me había quedado atragantada en la tráquea. Una mitad del correoso pedazo estaba atascada a mitad de camino, mientras que la otra, unida a la primera por una porción de fuerte goma elástica animal, permanecía en mi boca. Barboté y resoplé mientras todos me observaban consternados.
«Beba usted vino.» «Dadle golpes en la espalda.» «No, dadle agua.» «Dadle pan…»
Algo debió de acabar surtiendo efecto porque al fin conseguí volver a unir los dos extremos y recuperar el aliento, aunque no lo suficiente como para poder emitir mi opinión sobre la última pieza.
– Ahora usted -dijo Eduardo alargándome la guitarra con un toque de amenaza en la voz.
– Oh, realmente no soy capaz de… Sería difícil seguir esa última pieza… en realidad sólo toco para entretenerme.
– ¡Toque, hombre, toque!
Así pues, toqué.
– Sabe tocar -se dijeron con aprobación el uno al otro.
Toqué muy mal una música flamenca muy sencilla.
– Sabe tocar música española.
Mientras llegaba con dificultad al final de la pieza, con el rostro crispado cada vez que me equivocaba de nota y ponía mal los dedos, me di cuenta de que de todos modos nadie me escuchaba. Domingo les estaba hablando sobre mis planes de tener un rebaño de ovejas en El Valero.
– ¿Ovejas? ¿Allí abajo? Se asfixiarán. No se pueden tener ovejas en los valles. Cabras sí, pero ovejas… las ovejas no están hechas para vivir con el calor de los valles de los ríos. Si quiere ovejas, debería dárnoslas a nosotros para que se las cuidemos. Aquí estarán a gusto, con el fresquito que hace en las montañas. Podemos ponerle un buen precio, tenemos pastos todo el año.
Domingo me miró significativamente.
– Las ovejas se dan bien en los valles -dijo.
– ¿Y tú qué sabes de ovejas, primo? ¡Si las que tienes tendrían suficiente con el pasto que puede crecer en una maceta!
– Hay muchos rebaños de tamaño considerable alrededor de Órgiva -respondió Domingo-. Nunca suben a lo alto y están estupendamente.
– Tanto calor y tanto polvo… da pena de las ovejas. No tienen aire para respirar.
Esta era la manera de hablar habitual entre los pastores de montaña pero, como había dicho Domingo, de hecho había grandes rebaños en el fondo de los valles que nunca subían a la sierra en verano, pero que a pesar de eso estaban de maravilla.
Entonces pasamos al tema de las vigas de castaño.
– ¡Anda!, pero si tenemos un bosque entero de castaños, justo encima del antiguo pueblo abandonado. Tendrá que cortarlas, pero son vigas buenas, y desde allí hay un buen camino de herradura que llega hasta el pueblo. Cuatrocientas pesetas el metro es todo lo que le pido por ellas.
Parecía un acuerdo muy razonable, por lo que al día siguiente fuimos a inspeccionar las vigas. Eran justo lo que necesitábamos, y durante los últimos días de diciembre Domingo y yo hicimos frecuentes viajes al bosque para ir de acá para allá con la motosierra, disfrutando del vivificante y limpio aire de montaña y convirtiendo cada una de esas expediciones en un día de excursión en que admirábamos las vistas mientras asábamos salchichas y tocino en una hoguera de leña.
Tiempo de matanzas
El invierno en Las Alpujarras es la época de la matanza de los cerdos, ya que en cualquier otra época del año habría ingentes cantidades de moscas y de avispas que, en un paroxismo de pillaje, estropearían esta actividad colectiva entre vecinos que supone la matanza. Por esta misma razón el macabro acto del día comienza por la mañana temprano, cuando la temperatura es aún fresca.
Durante nuestro primer invierno hubo cuatro matanzas en el valle, empezando por la de Manolo en El Granadino, cerca de la entrada del desfiladero. Sus cerdos iban a ser despachados entre Navidad y Año Nuevo. Recordaba bien a Manolo de mi paseo a caballo como extranjero cautivo a lomos del viejo rocín de Pedro. A diferencia de la mayoría de las personas a quienes había conocido aquel día, él había insistido en serme presentado por su nombre, e incluso se había quedado unos momentos más para intercambiar unas palabras en un cuidadosamente enunciado español. Su amabilidad había dejado en mí una profunda impresión. Así pues, cuando Domingo nos trajo el recado de que podíamos asistir a la matanza de Manolo, yo estaba más que dispuesto a ir.
Pero Ana no estaba tan segura. Se le ocurrían pocas razones que la forzaran a levantarse de la cama antes del amanecer una fría mañana de invierno, y el ser testigo de la agonía de un cerdo ciertamente no se encontraba entre ellas. Sin embargo, el deber hacia un vecino es un argumento que casi nunca falla con Ana (si excluimos por un momento la posibilidad de que los cerdos del vecino podrían estar también incluidos en esta categoría), y el día señalado abandonamos temprano la cama matrimonial y echamos a andar río abajo.
En el cauce del río a las siete de la mañana de un día de invierno hace frío. Sin ningún otro sitio adonde ir, todo el aire helado de las montañas se acumula en el fondo del valle y hace que las extremidades de cualquier viajero que se aventure por allí se queden insensibles y congeladas. Pero durante unos breves momentos sobreviene también un espectáculo de gran belleza: cuando los primeros rayos del sol matutino rozan los altos acantilados de la Contraviesa, éstos se vuelven de color rosa dorado, y una luz suave inunda las curvas y pliegues de las colinas de más abajo. De algún modo esto te libera la mente de las preocupaciones que posiblemente estés sintiendo por los primeros síntomas de la congelación.