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El susurro del diablo

Электронная книга - «El susurro del diablo». Краткое содержание книги:

Tres muertes se suceden en un breve intervalo de tiempo: una chica salta desde la azotea de un edificio de seis plantas; otra, cae del andén al paso de un tren; y una tercera es atropellada de noche por un taxi. Pero ¿qué relación guardan estos tres casos? ¿Accidentes, suicidios… o asesinatos?
Mamoru, un joven de dieciséis años, tratará de desenmarañar el misterio. Su tío es el taxista que ha atropellado a la tercera víctima y se encuentra en prisión preventiva, acusado de homicidio involuntario.
Decidido a ayudar a su tío y limpiar su buen nombre, el astuto joven descubre que la chica que encontró la muerte bajo las ruedas del taxi participó en una despiadada estafa, y que tres de las cuatro mujeres involucradas en la misma ya están muertas.
Cuando un influyente empresario se presenta ante la policía para desvelar nuevas evidencias que dan un vuelco a la investigación, Mamoru comienza la búsqueda de la única superviviente, que es también el siguiente objetivo del asesino.
Y, entonces, el asesino contacta con él…
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– Seguí mi camino… hacia casa de Hiromi.

– ¿Y eso? ¿No se le ocurrió detenerse para atender a las víctimas?

– No quería verme involucrado. La gente empezaba a asomarse para averiguar qué había sucedido. Y supuse que ellos se encargarían de alertar a las autoridades.

– ¿A qué se refiere con «verse involucrado»? Usted no tuvo nada que ver en el accidente.

– No quería que nadie me viese allí.

– ¿Confiesa que huyó de la escena?

– Bueno… Sí.

– ¿Y a qué hora llegó al apartamento de Hiromi Ida?

– Tomé una especie de desvío y llegué allí justo después de las doce y media.

– Imagino que regresaría muy tarde a casa. ¿No le preguntó su esposa dónde había estado?

– Digamos que está acostumbrada.

– Claro. Entiendo sus razones. Se alejó cuanto antes de la escena para que nadie pudiera situarlo a una hora y en un lugar que podían comprometerlo. Vamos, que estaba cagado.

– Agente, tenga cuidado con lo que dice. No creo que «cagado» sea el término más adecuado.

– Mis disculpas. Tendré más en cuenta a quién me estoy dirigiendo. Al fin y al cabo, su esposa es la presidente de la compañía Shin Nippon e hija única de su fundador.

– Sí, pero yo soy quien está al mando.

– Si usted lo dice. Sigamos. ¿Le contó a Hiromi Ida lo del accidente?

– No.

– ¿Y por qué no?

– No quise preocuparla.

– Porque si ella se empecinaba en ir a echar un vistazo y su relación con ella salía a la luz, estaría usted en un callejón sin salida. ¿A eso se refiere con lo de no querer preocuparla?

– Correcto.

– Entiendo. Veamos, está usted en un punto donde puede ver con claridad la intersección. La víctima se aleja corriendo. El semáforo para el taxi…

– Estaba en verde. No me cabe la menor duda.

– ¿Está diciendo que Yoko cruzó un semáforo de peatones en rojo?

– Es más, ni siquiera se aseguró de que no viniese ningún vehículo.

– ¿Y a qué cree que se debió ese comportamiento? ¿Qué sensación tuvo cuando la vio?

– Era tarde. Pensé que tenía prisa por llegar a casa. Era una chiquilla. Por otra parte, están construyendo un edificio junto a la carretera por la que circulaba el taxi, y la verdad es que la obra entorpece la vista del peatón. Yo mismo avisté el taxi cuando ya era demasiado tarde. Lo mismo pudo sucederle a ella. Accidentes así ocurren a miles.

– ¿Qué ropa llevaba la víctima?

– No pude verlo con claridad. Quizá un traje de color oscuro. Tenía el pelo largo y era muy bonita.

– ¿Cómo pudo verle la cara si caminaba detrás de ella?

– Hablé con ella minutos antes.

– ¿Cómo que habló con ella?

– Cuando se apeó del taxi, la vi en la carretera antes de doblar la esquina de la calle donde se encuentra la intersección. Le pregunté la hora. Tenía el reloj ligeramente adelantado.

– ¿Para qué quería usted saber la hora?

– Me pareció buena idea tenerlo en cuenta antes de ir a ver a Hiromi. Quizá ya estuviese durmiendo.

– ¿Siempre se deja caer por su apartamento sin avisar?

– Así es.

– Descríbame el momento en el que le preguntó la hora.

– Se sobresaltó al ver que un desconocido la abordaba. Le pregunté con mucha educación, y ella me contestó. Nada más.

– ¿Y qué hora era?

– Las doce y cinco. Eso me dijo.

– ¿Y entonces echó a correr?

– No, siguió caminando durante un momento. Dudo que yo le inspirara algún tipo de recelo, pero puede que le asustase saber que alguien anduviera detrás, a poca distancia. Empezó a caminar cada vez con más rapidez hasta que echó a correr.

– ¿A usted le pareció extraño?

– No, lo achaqué al comportamiento típico de una joven. Y me sentí mal por ello.

– ¿Fue entonces cuando la atropello el taxi?

– Sí, y en parte me siento responsable de lo que sucedió.

– Si empezamos a hablar de responsabilidades podemos tirarnos aquí toda la noche. Centrémonos en su empeño por desaparecer de la escena.

– De acuerdo.

– A propósito, ninguno de los individuos que interrogamos mencionó que alguien se marchara precipitadamente del lugar del accidente.

– Lógico. No me marché en seguida. No solo estuve allí cuando sucedió todo, sino que además permanecí un buen rato agazapado en la sombra.

– ¿Cómo dice?

– Sabía que si me marchaba de inmediato, llamaría la atención, incluso levantaría sospechas. Esperé hasta que aparecieron unos cuantos vecinos y me uní a ellos en la intersección. Al cabo de unos minutos, aproveché que todo el mundo estaba distraído para marcharme.

– Algo no cuadra. Después de tomarse tantas molestias para pasar inadvertido, de repente, decide dar la cara y prestar declaración.

– Como ya sabrá, tengo amigos en el cuerpo de policía. Amigos íntimos.

– Sí, estamos al tanto.

– Hablamos de lo ocurrido. Me enteré de que no había ningún otro testigo, y que el taxista corría el riesgo de ser acusado de homicidio involuntario. No podía pegar ojo. Y luego está esa noticia que publicaron… La conciencia no me permitía dejar que saliese a la luz una versión equivocada de los hechos.

– ¿Entonces, según usted, el taxista dice la verdad?

– Absolutamente. Su semáforo estaba en verde. La señorita Sugano ignoró el semáforo de peatones y se echó encima del taxi. Lo vi todo con mis propios ojos. Lamento muchísimo haber huido. De haberme quedado y haber dado la cara, no se habrían llevado arrestado al taxista.

El hombre alzó la vista y miró a los detectives a los ojos.

– Sí, tengo una amante y no me llevo bien con mi mujer. Tengo problemas como todos… Aun así, no permitiré que un hombre inocente sufra. Por eso estoy aquí.

– Ha hecho usted lo correcto.

* * *

Tras una noche más sin conciliar el sueño, los tres miembros de la familia Asano, sentados a la mesa, intercambiaban miradas.

– Voy a quedarme en casa todo el día a esperar la llamada del señor Sayama -anunció con sosiego Yoriko mientras preparaba el café. Daba la sensación de que intentaba mantener el control para que los chicos no se preocupasen-. Que haya aparecido un testigo no significa que todo haya acabado.

– Creo que yo también me quedaré -dijo Maki.

– Y yo -añadió Mamoru.

– No hay razón alguna para que vosotros… -Yoriko empezó a protestar, pero los dos jóvenes la interrumpieron en el acto.

– ¡Eso lo decidiremos nosotros! -exclamaron al unísono.

Yoriko los envió a sus respectivas habitaciones para poder limpiar abajo. Cargó a Maki con una cesta de la colada que debía poner a secar en la terraza.

– ¡Y tiéndela bien para que no se arrugue!

Maki soltó un gruñido, pero al abrir la puerta del segundo piso que conducía hasta la terraza, esbozó una sonrisa.

– ¡Qué bonito día de otoño! ¡Tengo un buen presentimiento!

Mamoru deseaba tanto como su prima que las cosas se arreglasen por fin, aunque sus razones eran bastante más complejas. Y ese testigo… ¿Quién sería en realidad? ¿Lo creería la policía? ¿Jugaría su declaración a favor o en contra de su tío? Mamoru rezaba para que el caso quedase cerrado sin tener que recurrir al sórdido pasado de Yoko Sugano. El chico no le había contado ni a su tía ni a su prima lo que había averiguado el día anterior. Su ejemplar de Canal de Información estaba escondido, oculto detrás de los libros que guardaba en su estantería.

Lo que le preocupaba por encima de todo era Yukiko, la hermanita de Yoko. Recordó su sonrisa en la fotografía donde aparecía vestida con quimono. ¿Qué sucedería si la chica se enteraba de que su hermana estuvo involucrada en una estafa millonaria? ¿Qué había pasado sus últimos días huyendo, aterrada por algún tipo de amenaza?

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