El susurro del diablo
- Автор: Миябэ Миюки
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El susurro del diablo». Краткое содержание книги:
Mamoru, un joven de dieciséis años, tratará de desenmarañar el misterio. Su tío es el taxista que ha atropellado a la tercera víctima y se encuentra en prisión preventiva, acusado de homicidio involuntario.
Decidido a ayudar a su tío y limpiar su buen nombre, el astuto joven descubre que la chica que encontró la muerte bajo las ruedas del taxi participó en una despiadada estafa, y que tres de las cuatro mujeres involucradas en la misma ya están muertas.
Cuando un influyente empresario se presenta ante la policía para desvelar nuevas evidencias que dan un vuelco a la investigación, Mamoru comienza la búsqueda de la única superviviente, que es también el siguiente objetivo del asesino.
Y, entonces, el asesino contacta con él…
De ahí que decidiera no llamar. Estaba absorta en sus cavilaciones mientras caminaba entre la multitud, rumbo a su apartamento. Su vida carecía de algo que no le proporcionaron las miradas de asombro de esas dos chicas que se tragaron cada una de sus palabras. A modo de oración, rezó: «Ojalá fuera real lo de HeartLux. ¿No sería maravilloso que existiera de verdad?».
Para cuando Mamoru regresó a casa ya era de noche. Le pesaba la cabeza y le dolían las sienes. Por lo menos, no volvía con las manos vacías. La información que había conseguido era valiosa y jugaría a favor del tío Taizo, aunque no se sintiera en absoluto contento con ello. Yoko Sugano escapaba de alguien la noche en la que la atropello el taxi. Quizás intentara huir de sí misma. Mamoru ya se figuraba que podían ser muchas las razones que la empujaron a salir corriendo aquella noche.
Pero había muerto. Nada podía salvarla, era imposible rebobinar la cinta hasta antes del accidente. Lo que había averiguado en las últimas veinticuatro horas, de salir a la luz, supondría una condena de muerte póstuma. Mamoru quería ayudar a su tío sin tener que recurrir a esa información y mancillar así la memoria de Yoko. Todo el camino de regreso a casa, estuvo pensando en las alternativas.
– ¡Estoy en casa! -En cuanto Mamoru puso un pie dentro, alguien se le acercó corriendo por el pasillo. Era Maki, de vuelta tras su breve fuga. Se le lanzó a los brazos-. ¡Espera un momento! ¿Qué ha pasado? -preguntó el chico, conmocionado.
Maki lo sujetaba por el cuello de la camisa y no podía dejar de llorar. Por fin, Yoriko apareció, con la mitad de la cara cubierta por una venda, y la otra mitad luciendo una sonrisa.
– Recibimos una llamada del señor Sayama poco después de que llegara a casa esta mañana. Ha aparecido un testigo.
Maki se enjugó la cara con la camisa de Mamoru, y finalmente se encontró la voz.
– Alguien presenció el accidente. Dice que el semáforo de papá estaba en verde, y que la señorita Sugano se le echó encima. -Maki agarró a su primo por el brazo y lo zarandeó mientras repetía-: ¿Me estás escuchando? Alguien estaba allí. Alguien que lo vio todo. ¡Tenemos un testigo!
Capítulo 4
Efecto en cadena
Una y otra vez, una y otra vez.
El interrogatorio policial se repetía implacable, sin darle tregua. Se sentía como un actor mediocre al que obligaban a repetir varias veces la misma escena hasta que alguien decidía que ya era suficiente.
– Voy a preguntárselo de nuevo -le advirtió por quinta o sexta vez. No obstante, él prefirió actuar con docilidad. El detective que había retomado el mando del interrogatorio inició su intervención con una frase que ya le resultaba bastante familiar-: Detengámonos una vez más en este punto.
Todos los humanos no eran iguales: unos eran pobres y otros ricos; algunos nacían con un don y otros no; los había que sufrían enfermedades y los que gozaban de buena salud. El tribunal de justicia era el único lugar donde todos eran tratados por igual. Alguien mencionó esa frase cuando él aún era estudiante y, desde entonces, la llevaba grabada a fuego en la memoria.
Y en esos momentos, tenía una aportación que hacer a dicha premisa: los humanos también eran tratados por igual en las comisarías. Nada de lo que dispusiera le podía ser útil ahí. Sus amigos, que tanto habían hecho por él en el pasado, no le servían de nada. Todos los detectives mostraban una cortesía impecable e incluso le dejaban prender un cigarrillo cuando se le antojaba fumar. Las preguntas, en cambio, seguían repitiéndose sin piedad. Si los agentes detectaban algún tipo de variación en la respuesta, por muy ínfima que fuese, lo interrumpían en seco. «Espere un momento, ¿acaso no ha dicho otra cosa distinta antes?».
En esos momentos, se sentía como un trozo de queso rancio que los detectives, cual ratones, iban poco a poco mordisqueando y haciendo migas. Un trocito por aquí, otro por allá… Su destino ya estaba sellado. Por suerte para él, despertó rápido de su ensueño. Ya no había ni ratones ni queso.
«No sería capaz de soportar semejantes vejaciones si la verdad no fuese algo tan simple», pensó. Esa faceta de su personalidad que siempre era capaz de poner en tela de juicio sus propias acciones admiró la persistencia de los detectives.
– ¿Dónde se encontraba cuando presenció el accidente?
– Quizá a unos diez metros de distancia. Ella corría hacia la intersección. Se alejaba cada vez más de donde yo me encontraba.
– ¿Y qué estaba haciendo usted allí?
– Paseando.
– ¿Qué hora era?
– Pasada la medianoche.
– ¿Y hacia dónde se dirigía exactamente a esas horas de la noche?
– Una amiga mía vive en un apartamento que queda cerca. Iba a hacerle una visita.
– ¿Cómo de cerca?
– En el mismo barrio. A unos diez minutos a pie.
– Es una buena caminata. ¿Por qué iba a pie entonces? Ha dicho que se apeó del taxi en la misma calle donde bajó Yoko Sugano y que luego echó a andar. ¿Por qué? ¿Por qué no pidió al taxista que lo dejara en casa de su amiga?
– Siempre hago la misma ruta. La mitad del viaje en taxi, y la otra mitad a pie.
– Es una práctica algo extraña. ¿A qué se debe?
– Soy un empresario de éxito.
– De mucho éxito, diría yo.
– Pues sí, gracias. Comprenderá entonces que he de ser discreto. En otras palabras…
– Deje que le ayude a acabar su frase. En otras palabras, cuando usted, el vicepresidente de la compañía Shin Nippon, decide ir a visitar a una señorita en mitad de la noche, toma las precauciones necesarias para pasar desapercibido. Sería todo un escándalo y, si su mujer se enterase, podría verse arrastrado a una situación desagradable. ¿Es eso lo que insinúa?
– Exacto.
– Esa «amiga» de la que habla es Hiromi Ida, de veinticinco años.
– Sí.
– Usted paga el alquiler de su apartamento que es además su lugar de encuentro. Y puesto que es usted muy discreto, solo acude allí de noche, ¿verdad?
El hombre agachó la cabeza.
– ¿Admite entonces que Hiromi Ida es su amante?
– Supongo que es una manera de decirlo.
– Pues digámoslo así, entonces. Bien, Hiromi Ida es su amante. Usted iba de camino a su apartamento cuando presenció el accidente. ¿Estoy en lo cierto?
– Sí.
– ¿Conoce su esposa la existencia de esa mujer?
– Tal vez. No lo sé. De todos modos, no tardará mucho en enterarse si es que no lo ha hecho ya.
– ¿De qué color era el taxi que vio?
– De color verde oscuro… Pero no puedo afirmarlo con seguridad. De lo que no me cabe la menor duda es que era oscuro.
– ¿Había algún pasajero en su interior?
– Creo que iba vacío.
– ¿Podía usted ver el semáforo desde donde estaba?
– Sí, perfectamente. Solo hay una carretera.
– ¿Y reparó en la señal?
– Sí.
– ¿Por qué motivo?
– ¿En serio necesita un motivo? Yo caminaba por la carretera en esa dirección y pretendía cruzar en cuanto pudiese. Miré por instinto.
– ¿Recuerda la matrícula del taxi?
– ¿Cómo?
– La matrícula del coche, ¿se fijó en ella?
– No, lo siento.
– ¿Sabe usted si dicho vehículo formaba parte de la flota de una compañía de taxis o era privado? ¿Reparó en la señal que a tal efecto lucen en el techo?
– No. No me acuerdo. Todo ocurrió muy deprisa.
– Entiendo. ¿Qué hizo después de que el accidente tuviera lugar?