Электронная книга - «El traje del muerto». Краткое содержание книги:
«La primera y apasionante novela de Joe Hill está repleta de momentos tan espeluznantes que te hielan la sangre o tan escalofriantes como una llamada telefónica de un viejo amigo muerto».Entertainment Weekly.
«Inquietante… con tantos giros y sustos que los lectores al llegar al final se quedarán pálidos agarrando con fuerza los brazos de su sillón». Denver Post.
– Parece que vayas a un funeral. Ten cuidado. Podría ser el tuyo.
Un cuervo que se había posado en el cubo de agua donde había estado el sombrero levantó el vuelo moviendo furiosamente las alas y salpicó a Jude cuando pasó tambaleándose como un borracho. Dio un paso más y llegó junto al Mustang. Se dejó caer dentro del coche y cerró la puerta de golpe.
A través del parabrisas, veía la moderna carrocería moviéndose como una imagen reflejada en el agua. Efecto de la reverberación. Estaba empapado de sudor y jadeaba en busca de aliento, metido en el traje del muerto, que estaba demasiado caliente, era demasiado negro, demasiado rígido. Algo olía ligeramente a quemado. El calor era mayor en la mano derecha. La sensación que tenía en ella no podía ser descrita como dolor. Era, más bien, un peso envenenado, hinchado, no por acumulación de sangre sino de mineral licuado.
La radio digital XM había desaparecido. En su lugar estaba la radio original del Mustang, una AM de serie. Cuando la encendió, su mano derecha estaba tan caliente que dejó una borrosa huella de piel derretida del pulgar en el botón del dial.
– Si hay una palabra que puede hacer cambiar vuestras vidas, amigos míos -decía en la radio una voz, urgente, melodiosa, inconfundiblemente sureña-, si hay sólo una palabra, permítanme decírsela. ¡Esa palabra es «Divinoyeternojesús!».
Jude apoyó la mano en el volante. El plástico negro empezó a reblandecerse de inmediato, derritiéndose para adaptarse a la forma de sus dedos. Observó aturdido, curioso. El volante comenzaba deformarse, fundiéndose.
– Sí, si conservas esa palabra en tu corazón, la abrazas junto a tu corazón, la acunas como lo haces con tus hijos, puede salvar tu vida, realmente puede salvarla. Yo lo creo. ¿Escucharás mi voz ahora?
Una vez más, la voz radiofónica tomó súbitamente derroteros siniestros:
– ¿Escucharás sólo mi voz? He aquí otra palabra que puede hacer que tu mundo se revolucione y abras los ojos a las infinitas posibilidades del alma viviente. Esa palabra es «anochecer». Permíteme repetirla otra vez. «Anochecer». Finalmente, el anochecer. Los muertos arrastran a los vivos hacia el fondo. Recorreremos el camino de la noche, el sendero de la gloria juntos, aleluya.
Jude quitó la mano del volante y la puso sobre el asiento, que comenzó a echar humo. Alzó el brazo y lo agitó, pero entonces el humo negro ya estaba saliendo de la manga, del interior de la chaqueta del muerto. El viejo coche marchaba por un extraño camino, un trecho largo, recto y asfaltado que avanzaba por el bosque del sur, con los árboles estrangulados por enredaderas que ahogaban todos los espacios entre troncos y ramas. El asfalto parecía torcido y distorsionado a lo lejos, visto entre las ondas de calor que subían desde el suelo.
El sonido de la radio se interrumpía por momentos, y a veces podía escuchar el fragmento de alguna otra cosa, superponiéndose la música a la voz del predicador de la radio, que en realidad no era un predicador, sino Craddock, que usaba la boca de otra persona. Se oía una canción doliente y arcaica, quizá de un disco de música folclórica, triste y dulce al mismo tiempo, interpretada con una sola guitarra que sonaba en modo menor. «Puede hablar, pero no puede cantar», pensó Jude, que razonaba sin sentido aparente.
El olor reinante en el automóvil era cada vez peor, un tufo de lana que comenzaba a chisporrotear y a quemarse. Jude también entraba en combustión. El humo ya salía de las dos mangas y del interior del cuello. Apretó los dientes y empezó a gritar. Siempre supo que terminaría de esa manera: quemado. Siempre supo que la rabia es inflamable, difícil de conservar indefinidamente bajo presión, como la había mantenido toda su vida. El Mustang avanzaba por interminables caminos secundarios, con el humo negro saliendo del capó, escapando por las ventanillas, de modo que apenas podía ver a través de semejante nube. Los ojos le ardían, la visión se hizo borrosa, obstaculizada también por las lágrimas. No importaba. No necesitaba ver hacia dónde se encaminaba. Pisó el pedal.
Jude se despertó de un salto, con una sensación muy desagradable de calor en la cara. Estaba echado sobre el brazo derecho, y cuando se incorporó no sentía la mano. Aunque ya despierto, aún podía percibir el hedor de algo que se estaba quemando, un olor como de pelo chamuscado. Se miró a sí mismo, medio esperando verse vestido con el traje del muerto, como en su pesadilla. Pero no, todavía llevaba su viejo y descuidado albornoz sobre la ropa interior.
El traje. La clave era el traje. Todo lo que tenía que hacer era venderlo otra vez. Tanto al traje como al fantasma. Resultaba tan obvio que no supo por qué había tardado tanto en llegar a esa conclusión. Alguien lo querría; tal vez mucha gente querría poseerlo. Había visto a sus admiradores patalear, gritar, morder y arañar, peleándose por los palillos de percusión arrojados a la multitud. Estaba seguro de que desearían hacerse con un fantasma de la casa de Judas Coyne. Algún estúpido desgraciado se lo quitaría de las manos, y el fantasma partiría. Lo que le ocurriera al comprador después no afectaba demasiado a la conciencia de Jude. Su propia supervivencia, y la de Georgia, le preocupaban más que cualquier otra cosa.
Se levantó, tambaleándose, y flexionó la mano derecha. La sangre empezaba a circular de nuevo, causándole una sensación de helado escozor. Iba a dolerle mucho.
La luz, pálida y débil después de atravesar los visillos, era distinta ahora. Se había desplazado a otro lado de la habitación. Era difícil precisar cuánto tiempo había dormido.
El olor, aquel hedor a algo que se estaba quemando, le impulsó a ir abajo, a la oscurecida sala principal, a la cocina y a la despensa. La puerta que daba al patio trasero estaba abierta. Allí se encontraba Georgia, visiblemente muerta de frío, con una chaqueta vaquera negra y una camiseta de Los Ramones que dejaba a la vista la curva suave y blanca de su abdomen. Tenía unas tenazas en la mano izquierda. Su aliento se transformaba en vapor al contacto con el aire frío.
– Sea lo que fuere lo que estés cocinando, lo estás echando a perder -le dijo Jude, señalando el humo con un movimiento de la mano.
– De ninguna manera -replicó ella, y le dedicó una sonrisa orgullosa y desafiante. En ese instante, la chica estaba tan hermosa que era un poco sobrecogedora: la blancura de su garganta, el hueco que aparecía en ella, la delicada línea de sus apenas visibles clavículas-. Comprendí lo que teníamos que hacer. He descubierto la manera de hacer que el fantasma se vaya.
– ¿Y cómo es eso? -quiso saber Jude.
Ella recogió algo con las tenazas y luego lo levantó. Era una solapa de tela negra, en llamas.
– El traje -explicó-. Lo he quemado.
Capítulo 16
Una hora después ya había anochecido. Jude estaba sentado en el estudio, mirando cómo desaparecía del cielo la última luz del día. Tenía una guitarra en el regazo. Necesitaba pensar. Guitarra, reflexión. Las dos cosas iban juntas.
Estaba en una silla, orientada para mirar hacia una ventana que daba al cobertizo, la caseta de los perros y los árboles situados al otro lado. Jude la había abierto un poco. El aire que entraba llevaba en su seno una sensación punzante. No le molestó. Necesitaba aire fresco, agradecía el olor a manzanas pasadas y hojas caídas, típico de mediados de octubre. Era un alivio, comparado con el hedor de los gases de tubo de escape. Incluso después de una ducha y cambiarse de ropa, todavía notaba en sí mismo aquella desagradable peste.
Jude estaba de espaldas a la puerta, y cuando Georgia entró en la habitación vio su reflejo. Llevaba un vaso de vino tinto en cada mano. El vendaje del dedo pulgar la obligaba a sostener con torpeza uno de los recipientes, y se derramó un poco de líquido encima cuando se dejó caer de rodillas junto a la silla. Se lamió la piel para quitarse el vino, y luego puso un vaso frente a él, sobre el altavoz colocado cerca de sus pies.